Desde la heterodoxia

La ceguera del pensamiento económico moderno

Hace más de diez años el economista e historiador del pensamiento económico Robert Heilbroner y su pupilo William Milberg publicaron un libro con un título muy sugerente, La crisis de visión en el pensamiento económico moderno. Siempre lo recomiendo a mis alumnos, anticipaba el vacio intelectual y las falacias que había detrás de los elegantes modelos matemáticos de la economía neoclásica o neoliberal, y que nos ha llevado a la actual crisis económica y financiera.

Heilbroner y Milberg afirmaban ya en 1995 que una demoledora crisis, más amplia y profunda que nunca, estaba afectando a la teoría económica moderna. La crisis en cuestión era consecuencia de de la ausencia de una visión, de un conjunto de aquellos conceptos políticos y sociales compartidos, de los que depende, en última instancia, la economía. A la decadencia de la perspectiva económica le han seguido diversas tendencias cuyo denominador común era una impecable elegancia a la hora de exponer los términos, acompañada de una absoluta inoperancia en su aplicación práctica.

Las mentiras de la ortodoxia

Desde este blog hemos combatido la falacia de los mercados eficientes y la hipótesis de las expectativas racionales. La fe ciega en la eficiencia de los mercados de capitales y en la perfecta racionalidad de los inversores espoleó toda una corriente económica, política y académica que, entre otras cosas, defendió a toda costa la desregulación y unos modelos de remuneración salarial de los ejecutivos absolutamente ineficientes, injustos, y que favorecieron un masivo fraude contable. Las consecuencias ya las conocemos todos: la mayor crisis económica sistémica desde la Gran Depresión.

También hemos explicado hasta la saciedad que la actual crisis económica es consecuencia de una brutal deuda privada que no se va a poder pagar y, como corolario, de la insolvencia del sistema bancario que la otorgó. Los sectores privados están en una profunda recesión económica. Las familias disminuyen el consumo y recuperan ahorro, las empresas no financieras no invierten, destruyen capital ya instalado, y despiden a trabajadores. Las entidades financieras cortan el grifo del crédito, en un contexto de incremento de la mora, y tratan de recapitalizarse a costa de los contribuyentes. Nos encontramos en una recesión de balances.

En este escenario, los ingresos públicos se hunden, aumenta el déficit público y se incrementa la deuda del Estado. Si en el año 2007 la deuda de las administraciones públicas se situaba en el 41% del PIB en el último dato disponible, a finales de 2011 alcanzaba el 77%. La relación causa-efecto es del sector privado al público, y no al revés.

Si estamos en una recesión de balances, ¿por qué se implementan políticas de austeridad?; ¿por qué el rescate del sistema bancario no corre a cargo de los gerentes, accionistas y de los bonistas que han permitido semejantes tropelías?; ¿por qué se permite el aumento brutal de las desigualdades y de la pobreza que se está produciendo en nuestra querida España? Muy sencillo, por ideología y defensa de los intereses de las élites que tienen atrapados a la acción política. En definitiva por una falta de visión en el pensamiento económico moderno

Crisis de la zona Euro

La ortodoxia pide a Europa que implemente medidas de política económica fracasadas como, por ejemplo, una expansión del balance del BCE, o una recapitalización de los bancos europeos con dinero público, sin limpiar balances ni tocar acreedores. Además reclaman un ajuste fiscal en los países periféricos del sur de Europa, y un control salarial en los mismos. Todo para favorecer a unos acreedores que asumieron un riesgo excesivo y proteger a una élite bancaria cuya actuación solo se guiaba por una avaricia desmedida.

Existe una clara alternativa a las recetas propuestas, que forzosamente pasaría, en países como España, Reino Unido, o Estados Unidos, por una reducción del tamaño del sector bancario, obligando a que la mayor parte del coste del ajuste del sistema financiero global recaiga sobre los acreedores, siguiendo la experiencia del rescate sueco de 1992 o la experiencia islandesa 2008. Como consecuencia del reconocimiento del menor valor del activo del sistema bancario, y su ajuste en el pasivo a través de los acreedores, se produciría una reducción de la deuda privada y pública mediante quitas de deuda para familias y empresas, siguiendo la experiencia del Home Owner´s Loan Corporation de Roosvelt en la Gran Depresión.

No a los gobiernos tecnócratas

He de confesar mi perplejidad y sorpresa cuando en los diferentes medios de comunicación se propone o se habla de que es la hora del gobierno de los técnicos, de los tecnócratas. Quizás deberíamos entender el posicionamiento de estos medios de opinión desde otra perspectiva. Todos ellos atraviesan una difícil situación económica, en parte por la megalomanía de sus directivos y propietarios, y están participados por distintas empresas vinculadas a los dos grandes sectores causantes de la actual crisis económica, la banca y las constructoras. Además de ser un atropello democrático, la solución debería ser la contraria.

Pero ¿quiénes son los Mario Draghi, Mario Monti, Allan Greenspan, Ben Bernanke…? Son aquellos que bajo la apariencia de técnicos conocedores de verdades indiscutibles han aplicado y recomendado políticas económicas erróneas que nos han llevado a la crisis actual. Los políticos les escucharon e implementaron sus recetas, sin evaluar sus consecuencias sociales, tal como está haciendo ahora el gobierno de Rajoy. Aún me vienen a la cabeza los argumentos de la actual ministra de sanidad o del ministro de educación de que los recortes en las prestaciones sanitarias y educativas son por nuestro bien. Nos meten la mano en la cartera, nos roban, y encima hemos de estarles agradecidos.

El problema es que la economía de manera orgullosa y prepotente en los últimos años ha liderado a la sociología y a la política. Actualmente la política ocupa un segundo lugar con respecto a la economía, puesto que se supone que la economía habla con el tono imparcial de la racionalidad en un contexto de asociación institucional con la libertad política, mientras que la política habla con un tono que no supone racionalidad interna y desde un pasado asociado muy a menudo con distintas formas de opresión. La economía no es apolítica, no existe el orden apolítico.

El mayor desafío de los economistas exige entender que la economía se reconozca a sí misma como una disciplina que debería seguir la estela de la sociología y de la política en lugar de liderarlas orgullosamente. No existe el orden apolítico, existen organizaciones más o menos responsables, eficaces, y justas de la existencia humana colectiva. Una sociedad cuya actividad económica es conducida por visiones políticas autoconscientes y que utiliza análisis de medios y fines, no empeorará los peligros siempre presentes de una politización de su vida. Sólo incorporará a la política en la agenda de una sociedad que quiere verse gobernada por sus propias decisiones, y no por una obediencia ciega.


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