Desde la heterodoxia

Vivienda, desahucios y rigideces económicas

Durante las últimas semanas dos hechos inconexos han puesto de manifiesto la realidad sobre la marca España. Por un lado, el resurgir de ese género literario tan típicamente español, la novela picaresca, nacido entre el Renacimiento y el Barroco, y perfectamente representado en la actualidad, entre otros, por la figura del Pequeño Nicolás. Por otro, el caso de la octogenaria desahuciada, Carmen Martínez Ayuso, reflejo de la inacción de una clase política que, en un momento de miserias y sufrimiento como el actual, ha sido incapaz de ofrecer una ley hipotecaria y una política de vivienda mínimamente decentes.

Son dos reflejos, pequeñas pinceladas, sobre la profunda crisis moral que atraviesa nuestra querida España. Sin embargo hay rasgos diferenciales respecto a esos personajes tan “entrañables” del Siglo de Oro de la literatura española. Los pícaros del Barrocoprocedían de un estamento o rango social muy bajo, descendientes de padres sin honor, abiertamente marginales o delincuentes.

La picaresca actual la ejercen, en cambio, personajillos con una cómoda posición económica, surgidos a la vera de unas élites extractivas patrias que no dejan de chuparnos la sangre

La picaresca actual la ejercen, en cambio, personajillos con una cómoda posición económica, surgidos a la vera de unas élites extractivas patrias que no dejan de chuparnos la sangre, a la par que corrompen a una clase política, en líneas generales, mediocre, insensible, sin escrúpulos. Todos ellos son, en realidad, los auténticos antisistema. De nosotros va a depender que no se vayan de rositas, y sufran, finalmente, las consecuencias de tanta codicia, y de una inacción calculada por quienes nos han desgobernado en las últimas décadas.

Rigidices, vivienda y desahucios

Si realmente las élites patrias hubiesen querido implementar profundas reformas estructurales, además de reestructurar un sistema bancario insolvente a costa de gerencia y acreedores, deberían haber atajado las auténticas rigideces de la economía española, que obviamente no tiene nada que ver con el factor trabajo, por muchas correlaciones espurias que diversos servicios de estudios de postín nos quieran presentar. Hagan frente de una puñetera vez al problema de la vivienda, factor que limita y de qué manera la movilidad geográfica, a la vez que acelera un catastrófico envejecimiento poblacional. Metan en cintura a un sector eléctrico caro e ineficiente. Den un toque de atención a los oligopolios de telecomunicaciones y petroleros, cuyos servicios, además de onerosos son, en líneas generales, deficientes. Por favor interioricen en sus cabecitas, y aprendan de esta crisis, una máxima, la necesidad de un control del crédito ex-ante para que no vuelva a ocurrir una crisis sistémica como la actual. Aquel país donde la deuda y el crédito crecen por encima de las rentas generadas está literalmente abocado al desastre. Véase España.

Estas rigideces ponen de manifiesto el modelo productivo dominante en nuestro país, basado e impulsado por cuatro grandes grupos constructores y los antiguos monopolios naturales, con el apoyo del sistema bancario patrio y la connivencia de los gobernantes de turno. La única sana excepción es el País Vasco, donde la emprendeduría, la innovación y el desarrollo están más extendidos.

Vivienda, política económica y riesgo moral

Si realmente se quisiera cambiar nuestro modelo productivo, se debería favorecer condiciones generales materiales de la producción. Nos referimos no solo al gasto en capital físico o humano, tendente a aumentar la productividad de la fuerza de trabajo y el excedente de la economía, sino también al consumo social. Es necesario, desde los sectores públicos, favorecer proyectos que permitan reducir los costes de reproducción de la fuerza de trabajo, aumentando así el excedente y la tasa de beneficio.

En realidad fueron el sector bancario y las grandes empresas no financieras quienes llevaron a nuestro país, alrededor de una burbuja, a un endeudamiento récord

Nos referimos a esas mercancías consumidas colectivamente por el factor trabajo -viviendas de protección oficial, guarderías infantiles, residencias de la tercera edad, seguros, pensiones,…- En este sentido, hoy más que nunca debemos transformar la vivienda en una bien de uso y no en un bien de inversión. Para ello hay que favorecer una red pública de viviendas en alquiler, limitar el precio de los arriendos, imponer un impuesto confiscatorio del 100% sobre las plusvalías por la venta del suelo por encima de su valor catastral. Y por favor cambien drásticamente esa infame ley hipotecaria recientemente aprobada, y que tanto daño está infligiendo a gran parte de nuestra ciudadanía.

Aquellos que nos gobiernan, además, deben dejar yade introducir un sutil sentimiento de culpabilidad en la ciudadanía. Ustedes saben que la inmensa mayoría de los españoles no vivieron por encima de sus posibilidades. En realidad fueron el sector bancario y las grandes empresas no financieras quienes llevaron a nuestro país, alrededor de una burbuja, a un endeudamiento -total y externo- récord. Conforme avanzaba la crisis, ustedes, nuestros gobernantes, fueron “lavando” la deuda de estos grupos a costa de los contribuyentes.

En este contexto, es una obligación moral evitar los desahucios como los de la octogenaria Carmen Martínez Ayuso. Ello no genera ningún problema de riesgo moral. Ya hace tiempo que economistas como Hyman Minsky o Steve Keen tienen una respuesta a esa duda, ¿por qué suponer que el problema surge de aquellos que se han endeudado en exceso, y no de los prestamistas que han prestado demasiado? Si tenemos ciclos de apalancamiento, la respuesta radica entonces en ¡la necesidad de un control de crédito ex ante, en lugar de castigar a los deudores a posteriori! Al menos aprendan algo.


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