Desde la heterodoxia

Vendiendo humo

Llevamos bastantes meses en los que nuestro Gobierno -elecciones tocan-, los distintos organismos multilaterales y hasta la propia Comisión Europea, tratan de vender una historia de éxito, la nuestra. Lo necesitan, pura cuestión de supervivencia. Hay que justificar una serie de decisiones económicas que en última instancia nos han llevado a una profunda crisis social y a un aumento de la pobreza sin parangón en nuestra historia moderna. Vuelven a vendernos humo, trufado con un olor nauseabundo.

Si analizamos la evolución de ciertos indicadores coyunturales patrios se observa como en la segunda mitad del año pasado hubo una mejoría. Se trata de una ilusión meramente estadística, vinculada por un lado a la reversión de los efectos negativos de la subida del impuesto sobre el valor añadido (IVA) -en septiembre de 2012- sobre la actividad económica; y, sobre todo, por el tirón de la demanda global.

Las cosas, sin embargo, están cambiando. Se desaceleran los países emergentes, Estados Unidos vuelve a sentir la espada de Damocles y los efectos estadísticos positivos se diluyen como un azucarillo. Como consecuencia, los indicadores cíclicos vuelven a empeorar conforme avanza 2014. Las ventas de grandes empresas, véase dato de febrero, una excelente proxy sobre la marcha de la economía patria, se paran; su componente de ventas interiores vuelve a entrar en terreno negativo, y el ritmo de crecimiento de las ventas al exterior se frena.

Ocurre exactamente igual con otros indicadores de actividad. El consumo de energía eléctrica, ajustado por estacionalidad, tras la recuperación de finales de 2013, vuelve a caer con ímpetu, al igual que el consumo de productos petrolíferos. Y así toda una batería de indicadores que desde febrero se están dando la vuelta.

Resuenan los tambores de la deflación

Como consecuencia resuenan con fuerza los tambores de la deflación por endeudamiento. Al igual que la grasa, la deflación tiene dos vertientes, una buena, por avances tecnológicos, y, otra que, como la grasa mala, recoge un problema de sobrepeso. En nuestro caso es grasa de la mala, un volumen de deuda insostenible y un sistema bancario zombi.

Recuerden que fuimos nosotros, con muchísima antelación, quienes desde estas líneas mencionamos la bicha. Y ahora toca que todos aquellos que promovieron una serie de decisiones económicas erróneas que nos han sumido en un proceso deflacionista muestren, cínicamente, su más honda preocupación. Véase el último informe del FMI sobre España, que, frente a las interpretaciones entusiastas de ciertos voceros mediáticos, es aterrador.

Desde estas líneas ya alertamos como la actual crisis sistémica está a punto de entrar en una nueva fase de profundización de la misma, en una depresión económica que se conoce como deflación por endeudamiento. Pues es ahora, demasiado tarde, cuando la ortodoxia empieza a hablar de ello. Olvídense de inútiles reformas laborales, ajustes presupuestarios, y de sandeces similares. Afronten, de una vez por todas, nuestro auténtico drama: una monstruosa deuda privada y pública cuyo montante total supera al 427% del PIB, y que no se podrá pagar. En este contexto, obviamente, nuestro sistema bancario, que fue quien la concedió mayoritariamente, es insolvente en su conjunto.

Nuevos errores de política económica

Desde la ortodoxia se exige ahora que el Banco Central Europeo aplique una expansión cuantitativa igual que la Reserva Federal de los Estados Unidos. De nuevo aquellos que nos han llevado hasta aquí demuestran un profundo desconocimiento. La Teoría Monetaria de Milton Friedman y Ben Bernanke es falsa. Lo estamos comprobado ex-post. El principal efecto de un cambio en la base monetaria, como consecuencia de la expansión cuantitativa del balance de la FED o de cualquier otro banco central, es cambiar la velocidad monetaria y los tipos de interés a corto plazo. Sin embargo, una vez que los tipos de interés a corto plazo caen a cero, las expansiones adicionales en la base monetaria simplemente inducen un colapso proporcional en la velocidad de circulación del dinero, y la economía entra en la trampa de la liquidez.

Esta política monetaria es, a su vez, tremendamente injusta, ya que de la generación de burbujas financieras o inmobiliarias que conlleva, y que suponen una creación temporal de riqueza, sólo se benefician las clases de renta más alta, abriéndose aún más la brecha entre ricos y pobres. Y es justamente el mantenimiento del statu quo de las élites la razón por la que no se afronta la única reforma estructural necesaria. Nos referimos a la reestructuración y reducción del sistema bancario occidental a un tamaño más acorde con la economía real, obviamente a costa de gerencia, accionistas y acreedores, y que conlleve además una importante quita y restructuración de la deuda las economías.

Desde finales de los 80 hasta principios de los 2000, muchos académicos notables intentaron reescribir la historia argumentando que fue la política monetaria y no la fiscal la que permitió a los Estados Unidos salir de la Gran Depresión. Para ello utilizaron el argumento de que la oferta monetaria se incrementó significativamente desde 1933 a 1936. Sin embargo, ninguno de estos académicos se tomó la molestia de mirar qué ocurrió en el lado de los activos de los balances bancarios. Si lo hubiesen hecho, ahora estarían temerosos, muy temerosos.

Por eso, cuando los mercados financieros, tremendamente sobrevalorados, estallen, las dinámicas 'olvidadas' de acumulación de deuda adicional durante la crisis –véase España, Reino Unido, Estados Unidos…- reaparecerán con nitidez. Entonces se iniciará la siguiente fase de reducción de deuda que nos llevará de nuevo a una recesión global. Y todo, como advertimos desde estas líneas, por no reestructurar de manera coordinada una deuda privada que Occidente no va a poder pagar y que, por errores de política económica, ha acabado contaminando a las deudas soberanas. Y el ejemplo más claro es nuestra querida España


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