OPINIÓN

¿Subimos salarios? ¡Sí, ya!

Las subidas salariales constituyen, hoy más que nunca, una condición necesaria, aunque no suficiente, para evitar un colapso de la economía mundial.

¿Subimos salarios? ¡Sí, ya!
¿Subimos salarios? ¡Sí, ya! Gtres

Distintos voceros del actual ejecutivo empiezan tímidamente a reclamar lo obvio, la necesidad de subidas salariales. Sin embargo, por obra y gracia de la última reforma laboral, que ellos promovieron, será una tarea ardua, muy difícil, prácticamente improbable. Lo peor, sin embargo, es que de nuevo hierran en el diagnóstico, no entienden lo que está pasando, y cuando vengan mal dadas, pronto, no sabrán cómo reaccionar.

Pero volvamos a los orígenes, la justificación teórica de las distintas reformas laborales por parte de la academia. Al igual que ingente cantidad de teorías neoclásicas, los supuestos e hipótesis detrás de las mismas no se ajustan a la realidad de los datos. Otra vez más se produce la confrontación entre la economía normativa, lo que debería de ser, frente a economía positiva, lo que realmente es.

La mayor parte de estudios empíricos que avalan la idea de que con una bajada de sueldos aumentaría el empleo y se produciría un incremento de rentas salariales y del PIB se basan en análisis empíricos que son meras correlaciones espurias. La clave para analizar estos estudios está en los supuestos o hipótesis de partida utilizados. Y es aquí donde surgen los problemas.

La paradoja kaleckiana de costes

Estos análisis parten de una función de producción tradicional neoclásica (Cobb-Douglas) con posible sustitución entre capital y trabajo, la mayoría con rendimientos a escala constantes. Estos supuestos no se adaptan a la realidad de las empresas. A partir de esta función de producción obtienen la relación asumida entre PIB y empleo, y entre empleo y salarios.

En realidad la relación entre la cantidad de máquinas utilizadas y el número de trabajadores, por una parte, y el producto de la empresa por otra, son coeficientes técnicos fijos, al menos en tanto la empresa produzca por debajo de su capacidad práctica, es decir, la capacidad de producción tal como es cuantificada por los ingenieros. A partir de aquí, la forma de las curvas de costes de las empresas, los procedimientos de fijación de los precios, y los determinantes del margen de beneficios nada tienen que ver con los asumidos por la ortodoxia dominante.

La subida del salario real acarrea un nivel de ocupación más elevado

Pero la mayor discrepancia se produce sobre la forma de la curva de demanda de trabajo. Para los defensores de la reforma laboral, dado un gasto autónomo real, existe una relación negativa entre el nivel del salario real y la demanda de trabajo de las empresas. Por el contrario, para aquellos que defendemos el principio de demanda efectiva, bajo unos supuestos microeconómicos realistas, existe una relación positiva entre el nivel del salario real y la demanda de trabajo de las empresas. Un aumento del salario real comporta un desplazamiento a lo largo de la curva de demanda efectiva de trabajo, de manera que la subida del salario real acarrea por tanto un nivel de ocupación más elevado. Esta relación positiva es paradójica. Lo que es cierto para una empresa, puede ser falso a nivel macroeconómico. Es la paradoja kaleckiana de costes.

¿Por qué deben subir los salarios?

La economía española a fecha de hoy simplemente reparte la miseria mientras permite que continúe la mayor acumulación de renta y riqueza en unas pocas manos. Las distintas medidas de tasas de paro españolas ajustadas por precariedad, temporalidad y parcialidad no deseada (tasas U6 y U7) son la más altas de la OCDE, próximas al 30%. El empleo que se crea es de baja calidad, precario, inestable y poco productivo. Y los salarios, miserables, no permiten a muchos trabajadores salir de la pobreza.

Las razones reales de la actual expansión son otras: una expansión fiscal encubierta y modesta; y un ciclo brutal de propensión al riesgo en los mercados financieros, espoleados por una expansión cuantitativa que ha desvirtuado el precio de los activos financieros e inmobiliarios, mantiene artificialmente un sistema bancario roto. Este juego se acabó.

El coctel preparado por el Consenso de Washington es una mezcla de moderación salarial, “financiarización” de la economía, repudio a la política fiscal, y uso y abuso de la política monetaria

En este contexto, las subidas salariales constituyen, hoy más que nunca, una condición necesaria, aunque no suficiente, para evitar un colapso de la economía mundial. Es parte de la composición futura de todo antídoto que se pretenda elaborar para frenar el avance del veneno inoculado por la ortodoxia neoclásica a lo largo de tantos años de destrozo. El coctel preparado por el Consenso de Washington, y maquiavélicamente “mejorado” a lo largo de las últimas décadas, es una mezcla, en diferentes dosis, de moderación salarial, “financiarización” de la economía, repudio a la política fiscal, y uso y abuso de la política monetaria. Sus efectos son bien conocidos: incremento y persistencia del desempleo, ausencia de inversiones productivas, crecimiento económico mediocre acompañado de una mayor volatilidad –inestabilidad financiera-, descenso del peso de los salarios en la renta, incremento de la pobreza, aumento de la desigualdad, mayor peso de los rentistas y lobistas.

Comentario final

El liberalismo ha sido incapaz de evitar el aumento de las desigualdades, la pobreza y las crisis de deuda que en realidad activó. La libertad económica es indispensable pero no tal como la ha pregonado el liberalismo dominante. Los defensores a ultranza del liberalismo, aquellos que se alzan contra el papel del Estado en la economía, no solo no han manifestado especial interés hacia el bienestar de las clases trabajadoras ni deseo de elevar sus salarios, sino que han negado toda justicia al empleo de los poderes gubernamentales con ese propósito.

La doctrina liberal dominante se ha entremezclado con las teorías que arrojan sobre las leyes de la Naturaleza la responsabilidad de la miseria de las clases trabajadoras

La doctrina liberal dominante se ha entremezclado con las teorías que arrojan sobre las leyes de la Naturaleza la responsabilidad de la miseria de las clases trabajadoras, y fomentan una profunda indiferencia y culpabilidad hacia sus padecimientos. Por ello los liberales condenan la intervención gubernamental respecto de las horas de trabajo, del tipo de los salarios, del empleo de las mujeres, de la acción de los sindicatos, proclamando que la ley de la oferta y la demanda es el único regulador verdadero y justo. Han ignorado de manera sistemática la monstruosa injusticia de la distribución actual de la renta y la riqueza.

En realidad el liberalismo que emergió con la llegada de Margaret Thatcher y Ronald Reagan al poder tenía como objetivo último debilitar al factor trabajo y reducir los salarios. En ese contexto el único elemento de mejora social fue la deuda, diseminada además por un sistema bancario que fue desregulado y abandonado a la suerte de la autorregulación, toda una infamia económica. Pues bien todo ello está a punto de acabar.


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