Desde la heterodoxia

Reactivemos, ¡ya!, la inversión productiva

Como saben ustedes desde este blog prevemos una reactivación y profunda intensificación de la Gran Recesión, en lo que bautizamos como “La Segunda Fase de la Gran Recesión”. El ciclo secular de huida hacia adelante iniciado hace 30 años está a punto de terminar, y con ello las políticas económicas neoconservadoras apoyadas en la ortodoxia neoclásica. Deuda, burbujas, caída de la productividad y empobrecimiento de la inmensa mayoría de la población –factor trabajo- son los rasgos que definen dicho ciclo secular. Pero en el trasfondo, la ausencia presente de inversión productiva y el absoluto desprecio a la industria como sector clave para mantener el bienestar de un país.

La inmensa mayoría de la deuda generada es improductiva, ligada a activos financieros e inmobiliarios

La inmensa mayoría de la deuda generada es improductiva, ligada a activos financieros e inmobiliarios, deuda esparcida para beneficiar a unas élites corporativas miopes, cortoplacistas, profundamente egoístas, iletradas. Primero deuda privada; ahora, además, deuda pública. El juego se acabó. La práctica totalidad de los activos financieros de riesgo globales están fuertemente sobrevalorados, de manera que sus precios corregirán a la baja. Como consecuencia la tendencia de crecimiento de la deuda, en su inmensa mayoría improductiva, terminará, y la economía se desplomará.

De esta Segunda Fase de la Gran Recesión solo se saldrá con tres reformas concretas. Primero, mediante el inicio de un proceso de reducción del tamaño del sector bancario a costa de acreedores y gerencias. Es vital cortar las alas a quien esparció la deuda improductiva por incentivos inadecuados. Segundo, a través de una reestructuración del volumen de deuda total. Tercero, vía inicio y fomento de una intensa fase de inversión productiva, pero no por recortes salariales o menores costes financieros –las políticas de oferta han fracasado-. La reestructuración de la deuda, la demanda efectiva, la generación de flujos de caja, y los beneficios retenidos deben guiar la reactivación del ciclo de inversión. Es necesario desempolvar los modelos de inversión de Kaldor, Kaldor y Pasinetti, reinterpretarlos y actualizarlos como han hecho los economistas postkeyenesianos Bernardo, Stockhammer y Martínez en A Post-Keynesian Theory for Tobin’s q in a Stock-Flow Consistent Framework.

La ortodoxia neoclásica y la inversión

Permítanme, ahora que nadie nos escucha, una estridencia. ¡Estoy harto de las recomendaciones de políticas económicas ofrecidas por la ortodoxia! Son profundamente ineficientes. En materia de incentivo de la inversión productiva, dos son sus recetas usuales, bajadas de los costes financieros y de los costes salariales. ¡No funcionan, a los datos me remito! En realidad, la inversión empresarial es mucho más una función de las ventas o demanda efectiva esperada –flujos de caja-.

Dentro de las malas, malísimas ideas de la ortodoxia, hay una de ésas asumida ya no solo en determinados ambientes académicos, sino también en el oxímoron de la sabiduría convencional, es decir, entre los que habitan en el mundo real. Nos referimos a la maximización del valor de los accionistas. Los daños causados por el foco unívoco y exclusivo del gobierno corporativo hacia la maximización del valor de la acción son amplísimos y afectan a toda la sociedad. En primer lugar la disminución y las bajas tasas de inversión de las empresas. En segundo lugar la desigualdad creciente; y, finalmente, y relacionado con el punto anterior, una participación del factor trabajo sobre el PIB cada día más baja.

El crecimiento de nuestro país se basa en consumo privado, consumo público, intentos de reactivar el ciclo inmobiliario y no en nuevo modelo productivo

El caso de España

Si hay un ejemplo donde la ausencia de inversión productiva, más allá del sector de la automoción, y el estallido de la actual burbuja financiera será brutal, ése es España. El crecimiento de nuestro país se basa en consumo privado, consumo público, intentos de reactivar el ciclo inmobiliario y no en nuevo modelo productivo. En ausencia de rentas salariales, el crecimiento se está financiando con más deuda, sin mejora alguna del aparato productivo y de nuestra fuerza trabajo. La vulnerabilidad de unos pasivos tan elevados frente al exterior se pone de manifiesto al ver que cada año España tiene que captar entre 250.000 y 300.000 millones en el exterior para refinanciar la deuda. Cuando aumente la prima de riesgo, por el estallido de la actual burbuja financiera, estaremos en un gravísimo aprieto.

España debería haber iniciado una fase de incremento y modernización del aparato productivo. Las rentabilidades de las distintas industrias patrias lo permiten. La inversión en un período genera el rendimiento sobre la inversión contratada en períodos previos. Es decir, una inversión con éxito en el período actual depende del comportamiento de las inversiones futuras. Esta dinámica genera un proceso de auto-reforzamiento: un incremento en los gastos de inversión expande los beneficios sobre los rendimientos previos, activando un mayor apetito por el riesgo, y más inversión. Por ello, ante la ausencia de inversión privada, es fundamental introducir la política industrial mediante la implementación de un programa nacional de inversión pública en sectores futuros estratégicos y de impulso a la innovación que ejerza un efecto “crowding in” o de arrastre a la inversión privada. Y cualquier reforma fiscalencaminada a recaudar más impuestos, además de redistribuir, ante todo, debería canalizar estos recursos hacia la inversión productiva –olvídense por favor de la inmobiliaria–.


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