Desde la heterodoxia

Rajoy, el ariete de las élites extractivas

El proceso de globalización impulsado hace tres décadas por las élites financieras y empresariales ha colapsado. Pero en vez de corregirlo y subsanar el daño causado, las élites extractivas no quieren perder un ápice de lo acumulado. Quieren más, son insaciables. Y en nuestra querida España cuentan con el apoyo inestimable del gobierno de Rajoy, rodeado de economistas vacuos, cuyo diagnóstico de los males de nuestra economía es erróneo, y sus propuestas peligrosas para nuestra salud.

En realidad, todos aquellos economistas, académicos, empresarios, y financieros, que aún siguen defendiendo la austeridad, como auténticos inquisidores; o jadeando el abaratamiento del despido y los recortes de derechos, lo que en última instancia están protegiendo son los privilegios de una élite que aún no ha asumido las consecuencias de sus acciones.

Objetivos del pensamiento único, Bancos Centrales, y académicos

Dos eran los objetivos fundamentales del pensamiento único, dentro de lo que genéricamente se denomina el Consenso de Washington. Por un lado, abaratar el coste del factor trabajo, y, por otro, mediante desregulaciones, especialmente en el sector financiero, generar riqueza de la nada a favor de unas élites extractivas. ¿Cómo? Mediante un brutal endeudamiento del resto de la economía. Para ello contaron con la ayuda inestimable de los Bancos Centrales, la auténtica semillanegra del proceso. Era todo un plan programado para la acumulación de renta y riqueza en favor de una minoría.

Sin embargo, no fueron los Bancos Centrales los únicos responsables de lo ocurrido. Las élites extractivas contaron con la inestimable ayuda de parte del mundo académico, todos aquellos que, desde sus lobbies y previo talonario, justificaron la fe ciega en la eficiencia de los mercados de capitales y en la perfecta racionalidad de los inversores. Las autoridades económicas y financieras a lo largo del mundo utilizaron sus argumentos para legitimar decisiones económicas y políticas, que acabaron por generar una superabundacia de bienes de consumo, una sobreoferta de productos agrícolas, desempleo, pobreza, y stress medioambiental, y que en el fondo han constituido el germen de la actual crisis económica y financiera.

Se defendió a toda costa la desregulación, especialmente del sector financiero. Se justificó toda una familia de teorías que predecían que el riesgo de los mercados financieros era muy pequeño, completamente valorable y manejable. Se validó intelectualmente los extremadamente peligrosos niveles de endeudamiento privado. Se refrendaron unos modelos de remuneración salarial de los ejecutivos absolutamente ineficientes, injustos, y que favorecieron un masivo fraude contable. Las consecuencias ya las conocemos todos: la mayor crisis económica sistémica desde la Gran Depresión, la Gran Recesión.

Austeridad y reestructuración bancaria

Si los bancos occidentales quebrados se hubieran disuelto, el 80% de los ciudadanos no habrían perdido casi nada. Por el contrario, el 5% habría perdido la gran mayoría de su riqueza, y por lo tanto su poder. Por ello las élites extractivas decidieron al margen de la ciudadanía que los bancos fueran rescatados. A diferencia de nosotros, la élite bancaria y empresarial tiene la mayor parte de su riqueza financiera en activos de deuda y derivados de todo tipo, que se evaporarían si se dejasen caer a los bancos.

No estaban dispuestos a asumir un proceso de reestructuración bancaria global, donde gerencia y acreedores corrieran con los costes del mismo. Por eso espolearon, desde su poder económico y mediático, toda una serie de medidas de política económica, que ha acabado con la riqueza neta acumulada por las clases medias y bajas en los últimos 20 años.

Austeridad y sector público

Pero ahí no queda todo. Son insaciables. No les bastaba con haber protegido su riqueza a costa de la miseria de los demás. Querían más, mucho más. Como demuestra la teoría económica y la realidad, la austeridad no está funcionando, al revés está empeorando la crisis. Sin embargo, algunos persisten en la idea. Básicamente porque quieren, por un lado, deslegitimar y desmantelar el sector público, y, por otro, promover un cambio el modelo social, de privatizar, de ganar pasta.

Para ello en nuestro país están contando con la ayuda inestimable de una élite política mediocre, acostumbrada a desviar la atención de los problemas reales del país, a mentir de manera descarada, a tratarnos como niños, a no asumir sus responsabilidades, a dejarse embaucar. Les da igual todo, son insensibles a la desesperación.

Rajoy el ariete de las clases extractivas

El gobierno Rajoy tenía distintas alternativas de política económica y libremente decidió inmolar a nuestra querida España, siguiendo sus principios ideológicos y ciertos intereses de clase. De manera consciente o inconsciente, da igual, se ha implementado una política de austeridad que además de hundir el ciclo económico, desmantela el sector público, que se lo repartirán, como siempre, los amigos de pupitre.

Si a eso añadimos una reforma laboral encaminada a abaratar el despido, que en realidad está acelerando la destrucción de empleo; y un rescate bancario, a costa de los contribuyentes, donde nadie asume ninguna responsabilidad, el coctel explosivo estaba servido. Nuestra querida España, si nadie lo remedia, se encamina inexorablemente a una quiebra de deuda soberana.

Las medidas adoptadas además de ser ineficientes desde un punto de vista económico, reavivan una brutal lucha de clases en nuestro país. De un lado, los protegidos, que no son otros que los acreedores que tomaron riesgos excesivos, la élite bancaria insolvente, y la clase empresarial que siempre ha jugado con las cartas marcadas. De otro, los perdedores, la ciudadanía en su conjunto, representada por los trabajadores, los emprendedores y los empresarios industriales.


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