Desde la heterodoxia

Pongamos fin a la austeridad

La misma semana en la que nuestro Gobierno presentaba las grandes líneas de los Presupuestos Generales del Estado para 2014, una auténtica tragicomedia, se dieron a conocer los resultados de una investigación desarrollada por los profesores Carlos Vegh y Guillermo Vuletin, de la Johns Hopkins University y de la Brookings Institution, respectivamente. Se analiza, en dicho estudio, cómo se ha utilizado la política fiscal, tanto desde el lado del gasto público como de impuestos, según la fase que nos encontremos del ciclo económico –recesión o expansión- en una veintena de países desarrollados, entre ellos el nuestro, y en cuarenta y dos en vías de desarrollo.

Los resultados para nuestro país no pueden ser más descorazonadores, teniendo en cuenta la fase recesiva en la que nos encontramos. La política fiscal –tanto de impuestos como de gasto público- de nuestra querida España a lo largo de la reciente historia ha sido claramente procíclica, con niveles de correlación con el crecimiento económico cercanos a países tan “prósperos” como Ghana o México. Ello quiere decir que, en medio de una recesión como la actual crisis sistémica que atraviesa nuestro país, se contrae el gasto público y se aumentan los impuestos. Esta trampa procíclica sólo empeorará la recesión y retrasará nuestra recuperación.

España, alejada de los países más desarrollados

Por el contrario, no es sorprendente que los Estados Unidos, Alemania o el Reino Unido figuren entre los países industriales con políticas fiscalesmás anticíclicas. Frente a ellas, las políticas fiscales de Grecia, España o Italia han sido procíclicas. En un mundo de alta volatilidad en los países en vías de desarrollo, junto con la novedad de los grandes shocks endógenos derivados del pinchazo de las burbujas financieras e inmobiliarias inducidas por los bancos centrales, el carácter procíclico de la política fiscal priva a los responsables políticos de una herramienta crítica de estabilización macroeconómica.

El gasto público en los países en desarrollo ha sido básicamente procíclico. En otras palabras, el gasto público ha aumentado en los buenos tiempos y se ha contraído en los períodos recesivos, lo que agrava el ciclo económico subyacente. La incapacidad de ahorrar en tiempos de bonanza para construir un botín de guerra para los malos tiempos ha llevado a menudo a crisis financieras y de deuda soberana desgarradoras. Ocurre exactamente igual con los impuestos: en los países en desarrollo básicamente se suben en los periodos de vacas flacas. En marcado contraste, el gasto público en los países industrializados ha sido típicamente anticíclico, siendo la respuesta de política óptima.

Los resultados para nuestro país ponen de manifiesto que nuestro sistema fiscal se asemeja al de un país en vías de desarrollo. Se han ofrecido varias explicaciones para analizar el comportamiento desconcertante del gasto público en los países en desarrollo, que van desde el acceso limitado a los mercados de crédito internacionales en los malos tiempos, a políticas distorsionadoras que tienden a fomentar el gasto público durante los períodos de auge.

Pero, mientras que algunos mercados emergentes han sido capaces de graduar y disminuir el problema de prociclicidad de la política fiscal, el nuestro, por obra y gracia de los mitos y mentiras de la política de austeridad, la ha intensificado, aumentando impuestos y recortando gasto social y servicios públicos básicos en plena crisis.

Es curioso ver cómo en nuestra querida España, desde que se están recortando los servicios básicos a la ciudadanía, se promueven políticas de reducción salarial, se incrementan los impuestos, a lo que se añade ahora la pretensión de disminuir las pensiones, la deuda pública se ha incrementado como nunca en nuestra historia moderna. Desde mayo de 2010, la fatídica fecha en que España es intervenida de facto, la deuda pública ha crecido alrededor de un 50% en términos nominales y más de 30 puntos porcentuales sobre PIB. Y todo para proteger a aquellos acreedores foráneos que tomaron riesgos excesivos y a una élite financiera y política que llevo nuestro sistema bancario a la insolvencia.

Pongamos fin a la austeridad

En la situación actual, todos los países europeos que han implementado programas de austeridad, sin imponer pérdidas a los acreedores privados, tienen ahora más deuda que cuando comenzaron. Por ejemplo, según las estimaciones oficiales, la deuda pública española, que solo llegaba al 36% del PIB cuando comenzó la crisis, casi se ha triplicado –y es posible que el verdadero monto sea mucho mayor. Nuestras estimaciones sugieren que llegará al 140% del PIB en 2015. Y más revelador es que los países que más recortaron el gasto experimentaron los mayores aumentos en el rendimiento de los bonos y el crecimiento más significativo de sus deudas.

La lógica subyacente a la austeridad es que los recortes presupuestarios, al reducir el peso de la deuda y devolver la confianza, en última instancia aumentan la estabilidad y apoyan el crecimiento. Pero, cuando un país y sus principales socios comerciales buscan simultáneamente la austeridad, la demanda global se desploma, todas esas economías se contraen y, a su vez, aumenta la relación entre sus deudas y sus PIB.

Pero el problema de la austeridad en la zona del euro es más de diagnóstico: los responsables políticos intentan solucionar una crisis de deuda soberana, cuando el problema real es una crisis bancaria. El sistema bancario europeo triplica en tamaño y duplica en apalancamiento a su contraparte estadounidense y el BCE carece de autoridad como prestador de última instancia. Los líderes de la zona euro deben reconocer que los recortes del gasto no harán nada por estabilizar los balances de los bancos. Hasta que Europa rechace la austeridad a favor de un enfoque orientado al crecimiento, todos los signos de recuperación serán ilusorios.


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