Desde la heterodoxia

Olvídense de los brotes verdes

Durante los últimos meses no solo no se ha producido ninguna mejoría en las perspectivas económica globales y patrias sino que se ha acelerado la recesión o se ha producido una recaída en las principales áreas económicas globales. El crecimiento económico de la zona Euro profundiza su caída con una contracción interanual próxima al 1%, nuestra querida España se despeña con un descenso intertirmestral anualizado próximo al 3%, Gran Bretaña se aproxima a un “triple dip”, tras el espejismo del tercer trimestre, y Japón vuelve a la recesión.

Pero como ya venimos advirtiendo desde este blog la sorpresa negativa en 2013 será Estados Unidos que entrará en recesión. Los datos publicados durante la semana confirman dicha expectativa. Se hunde el índice de confianza empresarial, aumentan de manera sorpresiva las peticiones de desempleo semanales, mientras la renta y riqueza de las clases medias se evapora.

En todas las áreas occidentales el brutal endeudamiento privado, la concentración de la riqueza y el retraso del crecimiento en el salario medio en relación a la productividad, limitan el impacto de cualquier expansión fiscal. Mientras, los Bancos Centrales implementan una política monetaria que solo genera inflaciones de activos, sin ningún impacto en la renta al hundirse la velocidad de circulación del dinero. El panorama no puede ser más desolador.

La crisis del pensamiento económico moderno

La pregunta que se hacen muchos ciudadanos es por qué la inmensa mayoría de los economistas han sido incapaces de prever lo que está sucediendo. Tal como afirmaba el filósofo francés Edgar Morin, "la economía, que es la ciencia social matemáticamente más avanzada, es la ciencia social y humanamente más retrasada, pues ha abstraído las condiciones sociales, históricas, políticas, psicológicas y ecológicas inseparables de las actividades económicas… Quizá la incompetencia económica haya pasado a ser el problema social más importante“.

La actual crisis económica y financiera ha puesto de manifiesto el vacío intelectual y el escaso soporte empírico de la mayoría de las teorías macroeconómicas y microeconómicas que se enseñan en las Facultades de Ciencias Económicas y Empresariales de todo el mundo. La crisis en cuestión es consecuencia de la ausencia de una visión, de un conjunto de aquellos conceptos políticos y sociales compartidos, de los que depende, en última instancia, la economía. A la decadencia de la perspectiva económica le han seguido diversas tendencias cuyo denominador común era una impecable elegancia a la hora de exponer los términos, acompañada de una absoluta inoperancia en su aplicación práctica.

Pero no todos los economistas han errado en sus previsiones. En este blog hemos detallado nuestra visión heterodoxa apoyada en los análisis de Hyman Minsky, Steve Keen, Richard Koo, Willem Buiter o Amir Sufi. De manera silenciosa está emergiendo un nuevo pensamiento económico que trata de encontrar el paradigma perdido. Ello implica un replanteamiento de la teoría y política económica, que permita una anticipación económica y política. Es necesaria una revisión de las finanzas, cuya teoría financiera moderna se construyó a partir de presupuestos metodológicos e hipótesis falsas. Se necesita una nueva explicación sobre el papel de la empresa y la gestión de las organizaciones que recojan los nuevos registros empíricos sobre el comportamiento de las empresas. Y este proceso imparable ya ha comenzado.

No ha habido ningún cisne negro

La actual crisis económica global es de naturaleza sistémica, y presenta una serie de rasgos comunes a otros episodios de crisis similares que se han dado en la historia. Por encima de todos ellos, destaca el perverso papel que jugó el sistema financiero, que se convirtió en sí mismo en un fin último de la economía, y no en un medio para mejorar el sistema productivo. Estas fases suelen acabar en inflaciones de activos y endeudamientos privados descomunales, de manera que cuando se desploma el precios de los activos colaterales que soportan el endeudamiento, se produce una brutal caída de la riqueza, un descenso de la renta, un aumento del desempleo, un aumento de las quiebras de entidades privadas y públicas, incluidos Estados, posteriores períodos deflacionistas, o hiperinflacionistas, y depreciaciones de divisas. Bajo este análisis, que algunos venimos aplicando desde 2005, la economía global no ha experimentado ningún “black swan” o cisne negro, sino que simplemente están revirtiendo a la media diversas variables macro.

Por un lado, revierte a la media la tasa de ahorro. El sobreendeudamiento, retroalimentado por una riqueza ficticia, favoreció un crecimiento del consumo por encima de la renta disponible, y propició procesos de sobreinversión en capital. El desapalancamiento significa un consumo privado más bajo, menor inversión privada, y por lo tanto tasa de ahorro más alta. Cuando se intensifica el desapalancamiento, con una política fiscal contractiva, la economía suele acabar en depresión.

Por otro lado, revierte a la media en el crecimiento de la riqueza. La clase baja y media han perdido en esta crisis toda su riqueza acumulada en los últimos veinte años. Lo que ha pasado demuestra que la riqueza neta nacional debe, y empíricamente ocurre, crecer en el largo plazo a la tasa de expansión del PIB. En los siguientes meses se acelerará la reversión a la media en el crecimiento de la riqueza,es decir, disminuirá la riqueza pero esta vez la concentrada en los más ricos. Finalmente, seguirá sin circular el dinero. La velocidad de circulación se ha hundido, revirtiendo a la media histórica (desapalancamiento más efecto retirada de los procesos de innovación financiera), y al no haber demanda efectiva los aumentos de los agregados monetarios llevan implícitos un descenso del multiplicador monetario, y ausencia total de presiones inflacionistas.

Fracaso de la ortodoxia

La ortodoxia económica no ha dado una en los últimos 12 años, desde el estallido de la burbuja tecnológica. No ha entendido el papel de la deuda privada en esta crisis. Como consecuencia su diagnóstico ha sido erróneo, y sus propuestas han acelerado la actual crisis sistémica.

Para salir de la crisis se nos impuso como recetas una combinación de política fiscal restrictiva, política monetaria expansiva (ampliación de los balances de la FED o del BCE), y deflación salarial, bajo una serie de hipótesis que han resultado ser falsas.

El multiplicador monetario no ha funcionado, al estar en trampa de la liquidez. El impacto negativo de las restricciones presupuestarias sobre el crecimiento económico ha sido casi cuatro veces superior al estimado por los modelos del FMI, y ya no digamos frente a las tonterías de la austeridad expansiva. El abaratamiento generalizado de los salarios y del despido ha acabado hundiendo la demanda efectiva, es lo que se conoce como paradoja de costes. Han fracasado, y, como corolario, han empezado a revisar y revisarán de manera continuada y adaptativa sus previsiones económicas. Pero aún no han dado su brazo a torcer.

Lo más urgente para una reactivación económica en el largo plazo pasaba por una reordenación y reducción del tamaño del sistema bancario patrio y global, que además conllevara una disminución de la deuda privada y pública existente, y donde los acreedores sufrieran la correspondiente quita. Sin embargo, y tristemente, aún no se ha hecho nada en este sentido. La razón es muy sencilla, si se reestructura el sistema bancario y se redujera su tamaño acorde con la economía real, serían los más ricos y poderosos los grandes perdedores. Como no querían asumirlo, diseñaron una estructura de ahorro para la economía en la que su riqueza se mantenía, así como las instituciones que la controlan, y lo hicieron a nuestra costa. Sin embargo, ello toca a su fin, y la realidad les llevará a asumir nuestras propuestas, pero tarde y mal, después de tantos destrozos y miserias.


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