Desde la heterodoxia

Ojo con la concentración bancaria

En nuestro país asistimos impotentes a una profunda quiebra social y económica. Sin embargo, siendo esto preocupante, lo peor es observar como de nuevo las élites, cuan aves rapiñas, intentan consolidar la formación de monopolios u oligopolios que les permita apropiarse aún más del esfuerzo y el trabajo del resto de la ciudadanía. Por eso las autoridades reguladoras y supervisoras deberían vigilar con lupa la actual concentración bancaria. Aunque si les digo la verdad, no espero nada bueno.

El ingrediente más importante para una recuperación económica sostenida de nuestro país es la reforma de los abusos que permitieron una burbuja espectacular, una mala asignación del capital productivo y los efectos negativos de los monopolios y los fraudes financieros en la economía real. Y de eso nada de nada. Al revés, las élites han acabado imponiendo su hoja de ruta, la austeridad. Sin embargo, después de un colapso financiero sobre la base de desequilibrios fraudulentos, la austeridad no va a funcionar y conducirá al desorden civil.

El sistema financiero vendió ilusiones

La actual crisis económica de naturaleza sistémica presenta una serie de rasgos comunes a otros episodios similares que se han dado en la historia. Por encima de todos ellos, destaca el perverso papel que jugó el sistema financiero, que se convirtió en sí mismo en un fin último de la economía, y no en un medio para mejorar el sistema productivo.

El mayor peso del sistema financiero en la economía, se suele producir en períodos donde el “laissez-faire, laissez-passer” constituyen la ideología dominante, de manera que se deja que el comportamiento de los mercados financieros y del sistema bancario se autorregule por normas de buen comportamiento. Qué error y qué horror.

Teniendo en cuenta que los dos motores que conducen la toma de decisiones en el sector financiero son la avaricia y el miedo, estas fases, cuando no hay una adecuada regulación y supervisión, suelen acabar en burbujas financieras y endeudamientos privados descomunales. Para entender las consecuencias simplemente echemos una ojeada a nuestra querida España

Oligopolio financiero

El problema de la economía española es el brutal volumen de deuda privada que no se va a poder pagar, y que habrá que reducir mediante quitas. Y como corolario, la insolvencia de la banca que a la postre fue quien concedió de manera irresponsable dicha deuda. La mayoría de los bancos privados españoles, en sus actuales circunstancias, no son instrumentos validos para canalizar el ahorro hacía inversiones a largo plazo. En este contexto la economía deja de crecer y la insolvencia bancaria acaba arrastrando a la deuda soberana. Además del rescate del sistema bancario es necesaria una reordenación adecuada del mismo.

Sin embargo las cosas no pintan bien. En vez de reducir el tamaño del sistema bancario, limitar sus niveles de apalancamiento, y evitar bancos cuyo tamaño alimente el riesgo sistémico, se está haciendo lo contrario. Se está favoreciendo las concentraciones bancarias sin limpiar los balances de las entidades financieras, confundiendo capital regulatorio con saneamiento, y creando auténticos monstruos.

Evitar el demasiado grande para quebrar

La actual crisis financiera ha puesto de manifiesto varios hechos relacionados entre sí. Aquellos bancos o cajas de ahorro que son demasiado grandes para quebrar tienen incentivos perversos; si apuestan y ganan, se retiran con las ganancias; si fracasan, los contribuyentes pagan la cuenta. Las instituciones financieras están demasiado entrelazadas como para quebrar. Y aunque los bancos individuales sean pequeños, si se involucran en un comportamiento correlacionado, sus acciones pueden alentar el riesgo sistémico.

En este contexto, al evaluar su propio riesgo, los bancos no analizan las externalidades que ellos, o su quiebra, le impondrían a los demás, razón por la cual necesitamos antes que nada una dura regulación. Los bancos han hecho un mal trabajo a la hora de evaluar el riesgo: los modelos que utilizaban eran profundamente defectuosos. Los reguladores y supervisores, que supuestamente tenían que entender de todo esto e impedir toda acción que desate un riesgo sistémico, fallaron.

Por lo tanto, en primer lugar, antes de emprender cualquier concentración bancaria, habría que limpiar los balances de las entidades financieras a cargo de la gerencia, propietarios y acreedores. En segundo lugar habría que disolver aquellas instituciones que son demasiado importantes para quebrar. Donde esto no sea posible, habría que restringir rigurosamente lo que pueden hacer, e imponer mayores impuestos y requisitos de adecuación de capital. Aún si fijamos estructuras de incentivos bancarios a la perfección, a fecha de hoy impensable, los bancos seguirán representando un gran riesgo. Cuanto más grande sea el banco, y cuanta más toma de riesgo se les permita asumir, mayor será la amenaza a nuestra economía y a nuestra sociedad.


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