Desde la heterodoxia

Liberalismo, proteccionismo y salarios

Saben ustedes que desde estas líneas somos tremendamente pesimistas sobre el devenir coyuntural de la economía global y patria. Estamos en los albores de lo que en su momento denominamos la Segunda Fase de la Gran Recesión y que inexorablemente conllevará el final de un ciclo secular iniciado a mediados de los ochenta, el súper ciclo de la deuda. Supondrá el final del Consenso de Washington y la teoría neoclásica que daba soporte a la misma.

La libertad económica es, en definitiva, indispensable, pero no tal como la ha pregonado el liberalismo dominante

De nuevo el liberalismo ha sido incapaz de evitar el aumento de las desigualdades, la pobreza y las crisis de deuda y producción que en realidad activó. Pero ello no quiere decir que la alternativa sea el dirigismo o el proteccionismo. Todo lo contrario. La libertad económica es indispensable, fundamental frente a un dirigismo que tampoco nos ha dado el progreso moral indispensable para asegurar el buen uso del enorme poder material que el progreso técnico ha puesto en nuestras manos. La libertad económica es, en definitiva, indispensable, pero no tal como la ha pregonado el liberalismo dominante.

Los defensores a ultranza del liberalismo, aquellos que se alzan contra el papel del Estado en la economía, no solo no han manifestado especial interés hacia el bienestar de las clases trabajadoras ni deseo de elevar sus salarios, sino que han negado toda justicia al empleo de los poderes gubernamentales con ese propósito. La doctrina liberal dominante se han entremezclado con las teorías que arrojan sobre las leyes de la Naturaleza la responsabilidad de la miseria de las clases trabajadoras, y fomentan una profunda indiferencia y culpabilidad hacia sus padecimientos. Por ello los liberales condenan la intervención gubernamental respecto de las horas de trabajo, del tipo de los salarios, del empleo de las mujeres, de la acción de los sindicatos, proclamando que la ley de la oferta y la demanda es el único regulador verdadero y justo. Han ignorado de manera sistemática la monstruosa injusticia de la distribución actual de la renta y la riqueza.

El aumento de los salarios es un fin legítimo de la política económica

En defensa del salario

La salida a la actual crisis sistémica pasará ineludiblemente por una reestructuración de un sistema bancario sobredimensionado, y de una deuda global en líneas generales impagable. Pero también requiere de una defensa ineludible del salario. Disiento profundamente de quienes dicen que al Estado no le incumbe ocuparse del nivel de los salarios, ni del salario mínimo o máximo, ni de la jornada laboral, ni del salario de las mujeres. Todo lo contrario, el aumento de los salarios es un fin legítimo de la política económica. Elevar y mantener los salarios es el objetivo que deben buscar todos aquellos que viven de los mismos, y los trabajadores tienen el derecho de defender toda medida que conduzca a este resultado. En realidad el liberalismo que emergió con la llegada de Margaret Thatcher y Ronald Reagan al poder tenía como objetivo último debilitar al factor trabajo y reducir los salarios. En ese contexto el único elemento demejora social fue la deuda, diseminada además por un sistema bancario que fue desregulado y abandonado a la suerte de la autorregulación, toda una infamia económica. Pues bien es ese súper ciclo de deuda el que está a punto de estallar.

A lo largo del súper-ciclo de deuda, aderezado con multitud de ideas tendentes a destrozar al factor trabajo, los buscadores de rentas han actuado a sus anchas, con el consentimiento o aquiescencia del poder político. Durante esta fase, los salarios de los trabajadores han perdido poder adquisitivo, mientras se cerraban empresas bajo el pretexto de buscar mayores ganancias a través de la explotación de mano de obra barata en el extranjero. Durante este período, los grandes evasores de impuestos se frotaban las manos observando cómo no se hacía nada contra los paraísos fiscales -Luxemburgo, Suiza, Singapur…-. Durante ese tiempo, excluyendo la tierra y la vivienda, el capital se mantuvo constante. Durante esos años, el principal motor de la actividad económica fueron actividades especulativas financiadas con deuda. Pero llega a su fin.

La eficacia del trabajo es mayor donde los trabajadores viven mejor, tienen más descanso, reciben salarios más altos

Por eso va a ser necesario revertir la pérdida de participación del factor trabajo en la renta nacional, a la vez que se debe disminuir la participación de todos aquellos rentistas que han vivido a costa de trabajadores y productores. La verdad universal es que un bajo nivel salarial no significa un bajo coste de producción. Todo lo contrario. En líneas generales un país donde los salarios son más altos producen con mayores economías de escala, asociadas a una mayor formación, mayor ingenio, mayor habilidad. Los grandes avances tecnológicos se han producido allá donde los salarios eran comparativamente más altos. Y la eficacia del trabajo es mayor donde los trabajadores viven mejor, tienen más descanso, reciben salarios más altos.

En realidad el efecto inmediato de una reducción general de salarios en cualquier país por parte de quienes lo promovieron fue únicamente alterar la distribución de la riqueza. Del conjunto de la producción iría menos a los trabajadores y más a aquellos que participan del resultado de la producción sin contribuir a ella, es decir, los rentistas.


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