Desde la heterodoxia

Frente a la crisis, una sociedad libre y justa

Mis perspectivas de fondo tanto a nivel global como en lo referente a nuestra querida España, como bien saben ustedes, son negativas, tremendamente alejadas del consenso del mercado. Nada de todo aquello que nos han traído hasta aquí se ha solucionado. Al revés, en muchos casos los problemas se han agudizado. Sin embargo, déjenme que esta vez adopte una interpretación, además de económica, filosófica.

Casi todos los pánicos y colapsos son precedidos por períodos sostenidos de crecimiento artificial, que no se basan en ninguna mejora de la productividad o en las condiciones de vida de la ciudadanía, sino en una falsa expansión artificial del dinero, con la complicidad de los especuladores, banqueros y financieros. A pesar de que no actúan en cooperación abierta, sin embargo, hay una colusión inconfundible en sus acciones y dinámicas. El objetivo siempre es el mismo, forrarse a toda costa, da igual los efectos colaterales.

En la actualidad sigue pasando exactamente eso. Hay que mantener artificialmente altos los precios de los activos financieros e inmobiliarios para evitar nuevas quiebras bancarias y así seguir manteniendo los emolumentos y la riqueza de la superclase. En Europa, por ejemplo, el Banco Central Europeo da barra libre a los bancos privados, que a su vez financian a los diferentes Tesoros. El último eslabón del acuerdo tácito entre las élites contempla que los distintos Estados europeos, salvo honrosas excepciones, rescatan y avalan a la banca con dinero de los contribuyentes, contaminando así la deuda pública. Se trata de una deuda ilegítima que algún día habrá que repudiar.

Eliminando las salvaguardas

Con el fin de evitar que los comportamientos de ciertos grupos económicos tuvieran impactos sistémicos demoledores para la sociedad, las democracias más avanzadas crearon sus propios elementos de salvaguarda. Legisladores y reguladores acotaron acertadamente las reglas de juego. Sin embargo la avaricia es muy poderosa. Los lobbies bancarios compraron y pagaron por eliminar todo tipo de regulación, desmantelando así casi todas las salvaguardas que evitaban que hubiésemos llegado a donde al final nos han conducido. Y, no se molesten, siguen en ello.

Lo que más asusta a los bancos a fecha de hoy es cualquier crítica que vaya más allá de las reclamaciones de codicia, fraude o incompetencia, en concreto todas aquellas que cuestionen el sistema en sí mismo. Lo que los banqueros están comprometidos a proteger y a defender a toda costa es la “santidad y perfección” del sistema y su derecho a "autorregularse". Porque en última instancia es el sistema lo que les da su condición social y riqueza. Y es aquí donde son vulnerables.

Ya es hora de cuestionar no sólo la probidad u honradez, o incluso la solvencia de los grandes bancos mundiales, sino su fundación intelectual. La élite financiera ha pasado estos últimos años reescribiendo la historia para que la culpa de la actual crisis económica y bancaria no recayera sobre ellos. Han sido otros los culpables, braman en voz alta, la culpa es del pueblo y de naciones enteras que tomaron deudas que no podrían pagar. Y aquí entra en juego otro elemento clave de lo que está pasando, una disminución a mínimos de toda conciencia moral, tanto en políticos como en las élites económicas.

Una sociedad libre y justa

Casi todos los pánicos y hundimientos económicos y financieros involucran a grupos relativamente pequeños de personas que parecen estar en el meollo de la cuestión. Éstos están estrechamente vinculados entre sí en pequeños cárteles que negocian entre ellos de manera corrupta, e involucran la acumulación de enormes fortunas personales. Esta situación se suele producir cuando los gobiernos son débiles y la supervisión brilla por su ausencia, predominando el culto a la autorregulación.

Por último, siempre existe una sobre extensión del crédito y un apalancamiento excesivo. Siempre. Así es como crece el esquema Ponzi que precede a una situación de crisis y pánico. Se produce una sobrevaloración irracional y una expansión en las concentraciones de activos provocadas de nuevo por un número relativamente pequeño de prohombres, vinculados entre sí a través de determinadas asociaciones empresariales o lobbies de poder.

Pero la labor de estos grupos y lobbies de poder es muy sibilina. Alienta a los ciudadanos a desconfiar de su gobierno y de los políticos, a concentrarse en sus propios intereses, a quejarse de los impuestos; a cambiar el compromiso activo por gratificaciones simbólicas de patriotismo. Sobre todo, se promueve la despolitización envolviendo a la sociedad en una atmósfera de temor colectivo y de impotencia individual: miedo a la pérdida de puestos de trabajo, incertidumbre de los planes de jubilación, gastos en educación y sanidad en ascenso.

Si realmente deseamos evitar el caos, y caer en una sociedad egoísta, superficial y autodestructiva, hoy más que nunca es necesario movernos y hacer frente a aquellos que actúan exclusivamente guiados por la codicia, el miedo o el odio. Una sociedad libre y justa no es un premio que se gana o un regalo que se nos da, sino que es un compromiso recurrente, y una obligación permanente.


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