OPINIÓN

¡Exijamos una política industrial activa!

España desde mediados de los 80, justo con la entrada en vigor del Tratado de Adhesión a la Comunidad Europea, es un ejemplo de por qué el libre mercado y la globalización, tal como se ha diseñado, no funciona.

¡Exijamos una política industrial activa!
¡Exijamos una política industrial activa!

Vivimos en un mundo cada día más complejo, cambiante, interconectado, donde muchas cosas no son lo que aparentan. Si queremos entender la naturaleza de los problemas debemos ir a la raíz de los mismos, y constatar que en muchísimas ocasiones existe una enorme brecha entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace. Por eso cuando uno lee lo que se publica en los medios de comunicación patrios uno no sale de su asombro. Últimamente nos inundan de páginas donde se constata que España ha salido de la crisis, pero más adelante muestran su enorme preocupación por la pirámide poblacional, el futuro de las pensiones, el estancamiento de los salarios, el crecimiento de la deuda, la temporalidad y precariedad del empleo generado, el precio de la energía, la creciente desigualdad, el aumento de la pobreza... ¿En qué quedamos? El problema es que no se ofrece un relato que permita explicar de manera integrada lo que está sucediendo en nuestra querida España. Permítanme detallarles el mío.

La mayor parte del crecimiento económico patrio obedece a factores que no tienen nada que ver con la hoja de ruta diseñada en los despachos del actual ínclito monclovita

En primer lugar constatar lo obvio, España desde 2014 está creciendo. Como ya hemos detallado hasta la saciedad, la mayor parte del crecimiento económico patrio obedece a factores que no tienen nada que ver con la hoja de ruta diseñada en los despachos del actual ínclito monclovita. Los motores de crecimiento patrios son, por un lado, la relajación del ajuste presupuestario, con el consentimiento expreso de Bruselas -desde 2014 se ha producido un incremento del déficit estructural-. Por otro, la entrada de flujos financieros derivados de la política monetaria del Banco Central Europeo. Inicialmente fueron inyecciones directas de liquidez al sistema bancario, vía préstamos a largo plazo a coste irrisorio; ahora, a través de la expansión cuantitativa, mediante la compra en mercado secundario de deuda pública por parte del regulador patrio (están en el balance del Banco de España). A ello hay que añadir la bajada no prevista del precio del petróleo y otras materias primas.

A pesar de todo ello, la mejora de las cifras macroeconómicas no ha servido de acicate para arreglar la situación económica de las familias españolas. Los salarios continúan estancados; los empleos generados no garantizan salir de la pobreza; sigue habiendo bastantes deudas que pagar; la vivienda es cada día más inalcanzable para muchas familias, especialmente las más jóvenes; el déficit de la Seguridad Social crece exponencialmente; se pagan pensiones con deuda…. Todo ello se puede resumir en una afirmación: los grandes damnificados de una ausencia total de una guía clara de política económica durante las últimas décadas son los jóvenes. Solo conocen el desempleo, salarios miserables, desesperación, marginación, exilio... Y además, sin que ellos lo sepan, están subsidiando a los rentistas patrios. Por un lado, con el hundimiento de sus salarios. Por otro, mediante la financiación de rescates a terceros y el pago de las pensiones con deuda. Y todo ello sin recibir nada a cambio, ni una mísera política pública de vivienda.

El abandono de la política industrial activa

Pero echemos la vista atrás. España desde mediados de los 80, justo con la entrada en vigor del Tratado de Adhesión a la Comunidad Europea, es un ejemplo de por qué el libre mercado y la globalización, tal como se ha diseñado, no funciona. Se exigió a España una reconversión industrial y una liberalización y apertura de sus mercados de bienes y servicios, que unidos a la libre movilidad de capitales, ha acabado siendo absolutamente nefasto para nuestro devenir futuro. El papel que nos “asignaron” implicaba una desindustrialización masiva, una tercerización de la economía y una bancarización excesiva. Y dejémonos de tonterías, solo la industria garantiza salarios altos; todo lo demás, pamplinas. ¡Inmenso Nicholas Kaldor!

España, salvo el País Vasco, no aplicó una política industrial activa

España, salvo el País Vasco, no aplicó una política industrial activa. En esos mismos años, Corea del Sur optó exactamente por lo contrario que nuestro país. Hizo crecer diversas industrias nacientes gracias a aranceles, subsidios y otras formas de apoyo hasta que fueron lo suficientemente fuertes para soportar la competencia internacional. Todos los bancos estaban en poder del gobierno, por lo que podía dirigir el crédito a los distintos sectores productivos. Algunos grandes proyectos fueron ejecutados directamente por las empresas estatales, aunque el país tenía un enfoque pragmático, más que ideológico, en lo que respecta a la propiedad estatal de los medios de producción. Si las empresas privadas trabajaban bien, perfecto. Pero si no invertían en sectores importantes, el gobierno no tenía ningún reparo en crear empresas estatales. Y si las empresas estaban mal dirigidas, el gobierno las adquiría, las reestructuraba, y por lo general luego las vendía. El gobierno coreano también tenía el control absoluto sobre el comercio exterior. También controlaba fuertemente la inversión extranjera, acogiendo con los brazos abiertos las inversiones en algunas áreas y cerrando completamente sus puertas a otras, de acuerdo con los imperativos del plan nacional de desarrollo.

Pujanza y asalto a nuestro sector exterior

Pero de manera sorprendente, y a pesar de la ausencia de un cuadro de mando de política económica, básicamente industrial, en nuestro país se fue tejiendo una red de pequeñas y mediana empresas exportadoras muy competitivas, a partir de las miles de ideas que bullían en la cabeza de auténticos emprendedores. España, frente a la verborrea oficial, jamás ha perdido competitividad en los últimos 25 años. Nuestro país ha mantenido e incrementado su cuota de exportaciones, ya no solo por margen intensivo, sino también por aumentos en el margen extensivo, la exportación de nuevos productos y hacia nuevos destinos. Nuestras élites políticas de tanto hablar con los rentistas patrios, el Ibex 35, siempre confundían productividad aparente del trabajo con competitividad. España tenía una baja productividad por que el modelo de crecimiento propuesto por las élites patrias –políticas, financieras, inmobiliarias, y oligopolistas- era intensivo en mano de obra, pero muy lucrativo para ellas.

Distintos vehículos de inversión volvieron su mirada sobre la propiedad de empresas familiares españolas de tamaño medio, además de otras de gran tamaño

Pero tras la Gran Recesión, y frente a la inopia de nuestras autoridades económicas, la situación de nuestro sector exterior se ha empezado a torcer por un hecho que ha pasado desapercibido para la opinión pública: el asalto del capital foráneo a las joyas de la corona. En un momento donde la rentabilidad ex-ante de la inmensa mayoría de los activos financieros de riesgo globales es muy baja, sino negativa, los negocios de actividad real ofrecen rentabilidades muy atractivas y competitivas. En este contexto distintos vehículos de inversión -fondos de inversión, capital-riesgo…-, fundamentalmente foráneos, volvieron su mirada sobre la propiedad de empresas familiares españolas de tamaño medio, además de otras de gran tamaño, buscando rendimientos ex ante atractivos. Como consecuencia se disparó la solicitud de concentraciones donde el comprador era o es, o bien un fondo extranjero, o bien una compañía mediana controlada en último término por un fondo de capital-riesgo, generalmente foráneo. Y aquí, nuestras autoridades políticas y económicas aún no se han enterado que es vital mantener la propiedad de los distintos negocios exportadores en manos de capital español. Por que cuando pasan a manos extranjeras, la realidad es que acabamos subsidiando a los trabajadores del país de la empresa que finalmente controla el capital. ¡Que se lo digan a los trabajadores de las empresas automovilísticas instaladas en nuestro país! Son meras mulas de carga. Perdonen, igual no he sido políticamente correcto, solo son meros ensambladores.

En resumidas cuentas, la ausencia de una política industrial activa, la orientación de nuestra economía hacia sectores intensivos en mano de obra -turismo y construcción- muy ligados a la especulación en torno al suelo, y la pérdida paulatina de la propiedad patria de nuestras empresas exportadoras, son los grandes rasgos que determinan el devenir de nuestro país.


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