OPINIÓN

Estimado Monarca, no interprete la realidad

El rey no tiene necesidad de interpretar la realidad política, social y económica de España. Al hacerlo, muchos españoles, y con razón, pensarán que es una pieza de engranaje del sistema.

Estimado Monarca, no interprete la realidad.
Estimado Monarca, no interprete la realidad.

El mensaje navideño del rey Felipe estuvo sin duda alguna condicionado por su discurso del 3 de octubre. En aquellas fechas, ante la dejación de responsabilidades políticas del gobierno Rajoy, tuvo que ser el monarca quien cogiera la sartén por el mango. Pero, desde mi punto de vista, el inmiscuirse en los asuntos políticos de nuestra querida España no es el papel de un monarca constitucional. En otras latitudes con una larga tradición democrática, los monarcas en sus discursos a la nación se limitan a destacar elementos de cohesión, desde valores colectivos basados en la solidaridad, el sacrificio, la esperanza o el esfuerzo, hasta menciones especiales a grupos damnificados, como por ejemplo las víctimas de atentados terroristas.

Nunca he entendido esa aparente obligación de nuestros monarcas patrios de hacer referencia en sus discursos a la nación a cuestiones que implican una interpretación política

Nunca he entendido esa aparente obligación de nuestros monarcas patrios de hacer referencia en sus discursos a la nación a cuestiones que implican una interpretación política o incluso de valoración económica sobre la situación del país. No es su labor. La razón es obvia, multitud de españoles pueden no sentirse representados en absoluto por la interpretación que nuestro monarca, o quien le redacte el discurso, haga de la realidad. Y es en parte lo que sentí tras escuchar atentamente al rey Felipe en su discurso de Navidad.

Respecto al tema catalán, solo haré un breve comentario. Lo que dijo, tanto en la forma como en el fondo, sonó razonable, e incluso adecuado. Ha habido unas elecciones, limpias y con total garantía, y los catalanes han hablado. Volverá a gobernar el bloque independentista pero sabiendo que ya no podrá olvidarse de la otra mitad de los catalanes. Y dijo algo obvio, es hora de que se pongan a trabajar en los asuntos que afectan a la vida de todos los catalanes. Sin embargo, esta interpretación ya no es compartida por la mitad independentista catalana que siempre le reprochará el discurso del 3 de octubre. Y todo por la inacción de Mariano Rajoy.

No comparto su visión de la realidad patria

Pero lo que no comparto en absoluto son las referencias en su discurso a la situación política y económica de nuestro país. Y vuelvo a repetir, no tiene obligación de hacerlo. España no es una democracia madura estimado monarca. Medran los oportunistas, actúan a sus anchas los extractores de rentas, se destroza al disidente, no hay separación de poderes, unos pocos acumulan cada día más, y el cuarto poder no existe. Ya se lo explique en su momento, España es un ejemplo de libro de Totalitarismo Invertido. Y por favor deje de hablar del esfuerzo colectivo. Todo el peso de las recesiones recae en los de siempre, los trabajadores, los jóvenes, los más desfavorecidos. Mientras en la época de vino y rosas solo acumulan deudas.

¿Dónde estaban estos patriotas de hojalata cuando las grandes corporaciones no asumían su responsabilidad fiscal con la ciudadanía?

Permítame hablarle brevemente sobre las élites hispanas que, salvo muy honrosas excepciones, cual patriotas de hojalata, no aportan casi nada a este país, salvo desazón. Ni arrimaron el hombro en plena Gran Recesión, ni cedieron un ápice de su riqueza, obtenida en muchos casos de manera no lícita. Al revés, con la colaboración de los gobiernos de turno se dictaron leyes para mantener e incrementar lo amasado. Le sugiero, estimado monarca unas reflexiones a modo de preguntas. ¿Dónde estaban estos patriotas de hojalata cuando las grandes corporaciones no asumían su responsabilidad fiscal con la ciudadanía? ¿Dónde estaban estos patriotas de hojalata cuando era más necesario que nunca la búsqueda de un nuevo modelo productivo, asociado de manera ineludible a una profunda reforma y catarsis colectiva? ¿Dónde estaban estos patriotas de hojalata, cuando en un contexto de pérdida de derechos sociales, de pérdida de capital humano y productivo, de más deuda, de menos salarios, de más riqueza efímera asociada a las burbujas, España se convertía en la campeona de la pobreza en Europa?

La sociedad ha permitido con su voto que las élites de siempre, reunidas en el Ibex35, rentistas desde las épocas inmemorables de la Mesta, dirijan nuestro destino

España cada día que pasa, estimado monarca, pierde relevancia, influencia, y, sobre todo, prestigio en la esfera internacional. No pintamos nada. Somos una población endeudada hasta las cejas, envejecida, con empleos precarios, donde la desigualdad aumenta hasta límites insoportables. A ello unamos la pésima calidad de nuestra democracia, donde solo medran los adláteres, los oportunistas. Es cierto, que la culpa es nuestra. La sociedad ha permitido con su voto que las élites de siempre, reunidas en el Ibex35, rentistas desde las épocas inmemorables de la Mesta, dirijan nuestro destino. Y quienes podían cambiar las cosas, los jóvenes, hace tiempo que tiraron la toalla, de manera que aquellos formados han ido partiendo al exilio exterior.

Conclusión

Estimado monarca, vuelvo a repetirlo, no tiene necesidad de interpretar la realidad política, social y económica de España. Al hacerlo, muchos españoles, y con razón, pensarán que usted es una pieza de engranaje del sistema. Por eso le sugiero que simplemente exponga y reclame algo en lo que la mayoría de los españoles estarán de acuerdo. Exija para nuestro país esa libertad inseparable de la justicia. En España predominan los monopolios, los oligopolios, los rentistas del suelo, que acaban con los emprendedores, los productores, los trabajadores, fomentando una distribución injusta de la renta y riqueza, generando pobreza. Esa es la realidad de nuestro país. Por eso, estimado Felipe VI, si nos pinta un mundo irreal corre el riesgo de que al final muchos españoles no se sientan identificados por su figura. Y en vez de ser un elemento de cohesión, acabe siendo exactamente lo contrario, de disensión.


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