Desde la heterodoxia

Discrepo: no me gusta este Nobel de Economía

Seguro que hoy habrá multitud de artículos alabando y analizando las contribuciones a la economía de los dos nuevos nobel, Christopher A. Sims y Thomas J. Sargent. Permítanme, sin embargo, desviarme del consenso generalizado, y adoptar una visión crítica. Una de las principales contribuciones de estos autores, según la academia, han sido sus “aportaciones en el área de las expectativas racionales”.

Las expectativas racionales constituye una de los paradigmas de teoría económica que ha permitido justificar la asunción de riesgos y toma de posiciones en el mercado que nos ha llevado a donde estamos hoy: una crisis económica profunda, de naturaleza sistémica.

El galardón me genera  sentimientos contradictorios. Por un lado, valoro su enorme contribución, especialmente de C. Sims, al desarrollo de modelos econométricos  causales, donde se trata de analizar relaciones causa-efecto y posibles correlaciones espurias entre variables, y contrastes para determinar ¿qué causa qué? Estos modelos han sido muy utilizados en política monetaria.

Sin embargo, cuando la academia sueca valora su contribución en el área de las expectativas racionales, me surge una terrible duda; y, por qué no decirlo, no comparto este premio.

La Teoría Neoclásica, cuyos fundamentos macroeconómicos alimentan la mayoría de las escuelas económicas dominantes, considera que si los mercados son eficientes, los recursos se colocarán automáticamente de manera óptima, en línea con los objetivos de largo plazo de la sociedad. Mientras el concepto inicial de la Economía de la Incertidumbre de Kenneth Arrow consideraba que los agentes tenían diversas opiniones sobre el futuro, y regularmente se equivocaban en sus previsiones, la Escuela de Chicago impuso el dogma de las expectativas racionales: los agentes saben y están de acuerdo sobre la distribución de probabilidad verdadera de las noticias futuras, de manera que los mercados ciegamente valoran correctamente los activos.

Detrás de las expectativas racionales, y de la hipótesis de mercados eficientes, está  el origen de toda una familia de teorías en gestión de carteras, valoración de activos, y control de riesgo, que predicen que el riesgo de los mercados financieros es muy pequeño, completamente valorable y manejable. Mediante este razonamiento, se justificaba intelectualmente los extremadamente peligrosos niveles de endeudamiento y apalancamiento que han llevado al colapso de la economía, mientras que en el mundo real la mayor parte del riesgo era endógeno.

Las autoridades económicas y financieras a lo largo del mundo han utilizado estos argumentos para legitimar decisiones económicas y políticas, que acabaron por generar una sobreabundancia de bienes de consumo, una sobreoferta de productos agrícolas, desempleo, pobreza, y estrés medioambiental, y que, en el fondo, han constituido el germen de la actual crisis económica y financiera.


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