Desde la heterodoxia

Discrepo, el crecimiento del tercer trimestre será negativo

Los últimos indicadores económicos conocidos (producción industrial, ventas al por menor, exportaciones, índices de actividad PMI…) han supuesto todo un jarro de agua fría para aquellos que desde el Ejecutivo han lanzado cantos de sirena sobre la recuperación económica española. La dinámica de los mismos ha empeorado e implica un crecimiento económico negativo en el tercer trimestre. Con razón el ministro de Economía, Luis de Guindos, se mostraba tremendamente cauto al afirmar que “la recuperación económica va a ser frágil y tenue”.

Utilizando cifras ajustadas por estacionalidad, el índice general del comercio minorista cayó en agosto respecto a hace un año más de un 4%, concretamente -4,5% frente al -3,4% de julio; el índice de producción industrial descendió en el mismo mes respecto al año anterior -2,0% frente a -1,2% en julio; las exportaciones del mes de julio, último dato disponible, registraron una caída interanual del -0,13%. Y así toda una batería de indicadores cíclicos de actividad.

Para entender bien la evolución de la economía española en el tercer trimestre un indicador representativo es el índice de actividad compuesto PMI, servicios e industria, correspondiente al mes de septiembre publicado por Markit. Éste se situó por debajo de 50, concretamente 49,6, siendo el único de los cuatro grandes países de la zona euro que continúa por debajo de 50, en territorio contractivo. Tal como señalaba en su explicación: "España fue el principal punto débil en septiembre, ya que el retorno al territorio de contracción de la actividad comercial del sector servicios más que neutralizó el continuo modesto crecimiento de la producción manufacturera. Aunque la tasa de recortes de empleo en España se moderó hasta su mínimo en veintiocho meses, siguió siendo la más pronunciada de las cuatro principales economías de la zona euro".

Por lo tanto, la dinámica en la que está envuelta la economía española no permite aún ver la luz al final del túnel. Muy al contrario, tal como ya hemos expuesto desde estas líneas, la combinación no puede ser más explosiva: insostenibilidad de la deuda, deflación por endeudamiento, destrucción de empleo y pérdida de competitividad. Y como venimos avisando, las tremendas desigualdades sociales, unidas a la explosión de una burbuja financiera global, nos darán la puntilla final.

Vuelta al diagnóstico

La mayoría de los análisis que se están haciendo sobre la economía española desde el comienzo de la crisis presentan dos clarísimas deficiencias. En primer lugar, hacen un diagnóstico erróneo sobre las razones que han provocado la actual crisis económica. En segundo lugar, y derivado de lo anterior, las recetas ofrecidas no hacen sino ahondar aún más el empobrecimiento de nuestro país.

Los gobernantes actuales achacan los males de la economía española a la ineficiencia del sector público y a una baja productividad del factor trabajo, que deberá compensarse vía salarios más bajos. En base a este diagnóstico aplican el recetario de la Teoría Neoclásica dominante, bajo el cual se educaron. Consiste en un cóctel peligroso para la salud de los españoles: política fiscal restrictiva, política monetaria expansiva (papel del BCE) y deflación de salarios. Como consecuencia, la economía española se ha visto abocada a una recesión económica que en términos técnicos se conoce como deflación por endeudamiento.

Frente a este análisis, desde mi punto de vista erróneo, venimos ofreciendo desde este blog un diagnóstico diferente. España es un claro ejemplo de recesión de balances privados por un endeudamiento excesivo, que al final ha acabado contaminando también a la deuda pública o soberana, absolutamente desbordada.

En España el sector privado presenta problemas de solvencia. La deuda de las familias, empresas y entidades financieras supera el 315% del PIB, y el precio del colateral que soportaba la mayor parte de la misma se ha desplomando. La banca española, que de manera irresponsable concedió dicha deuda, es insolvente. En los más de cinco años que llevamos de crisis apenas se han corregido estos dos problemas. Si bien hay una reducción tenue de la deuda de familias y empresas no financieras, el sector financiero, que fue quien concedió esa deuda, continuó incrementando la suya en plena crisis.

Como consecuencia del descenso del colateral y los elevados niveles de endeudamiento, las familias disminuyen el consumo y recuperan ahorro, las empresas no financieras no invierten, destruyen capital ya instalado y despiden a trabajadores. Las entidades financieras cortan el grifo del crédito, en un contexto de incremento de la mora, y tratan de recapitalizarse a costa de los contribuyentes.

En este escenario, los ingresos públicos se hunden, aumenta el déficit público y se incrementa la deuda del Estado. Si en el año 2007 la deuda de las administraciones públicas se situaba en el 41% del PIB en el último dato disponible (segundo trimestre de 2013) alcanzaba el 108%. La relación causa-efecto es del sector privado al público, y no al revés.

Condiciones necesarias para un crecimiento sostenible

Si estamos ante una crisis de deuda privada y bancaria, que ha acabado contaminando, y de qué manera, a la deuda pública, es necesario atacar el origen de la misma. Por ello como condición necesaria, aunque no suficiente, se debería haber promovido un saneamiento del sistema financiero insolvente a costa de gerencia, propietarios y acreedores. La banca presenta un problema de solvencia y se ha convertido en un sumidero de dinero público, frente a la actitud inoperante y, en muchos casos, de connivencia, de reguladores y dirigentes políticos. Resulta imprescindible detener esta sangría de fondos hacía un sistema financiero que no cumple el papel que tiene asignado.

Siguiendo los estudios de aquellos economistas que fueron capaces de entender el papel de la deuda en la actual crisis sistémica (ver Steve Keen), España, para poder crecer de manera sostenible en el tiempo, debería reducir su deuda privadahasta niveles próximos al 150% del PIB, cuando en la actualidad más que la duplica. Por ello es necesaria una restructuración de la deuda privada. El Gobierno podría, a la vez que sanea el sistema financiero, reducir el valor facial de ciertas hipotecas a un nivel que los propietarios de casas pudieran permitírselo, evitando ejecuciones masivas de las mismas. Ello reduciría la deuda de las familias. Los mecanismos de reducción de la deuda, la limpieza de balances y de reordenación del sistema financiero ya se implementaron con éxito en el pasado en países como Estados Unidos, Suecia o Islandia.

Sin embargo, ni se ha saneado aún la banca a costa de gerencia y acreedores, ni se ha planteado ninguna reestructuración de la deuda de las familias. Por ello, la crisis continuará.


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