Desde la heterodoxia

Buscando el paradigma perdido (I)

Desde estas líneas venimos denunciando como la actual crisis económica y financiera ha puesto de manifiesto el vacío intelectual y el escaso soporte empírico de la mayoría de las teorías macroeconómicas y microeconómicas que se enseñan en las Facultades de Ciencias Económicas y Empresariales de todo el mundo. Hoy es más necesario que nunca enmendar la plana a los distintos programas académicos impartidos y buscar, en definitiva, ese paradigma perdido que permita acercar la ciencia económica a los hechos reales, más allá de prejuicios ideológicos.

La crisis en cuestión es consecuencia de la ausencia de una visión, de un conjunto de aquellos conceptos políticos y sociales compartidos, de los que depende, en última instancia, la economía. A la decadencia de la perspectiva económica le han seguido diversas tendencias cuyo denominador común era una impecable elegancia matemática a la hora de exponer los términos, acompañada de una absoluta inoperancia en su aplicación práctica. Recobran pleno sentido aquellas palabras del sociólogo Edgar Morin: “La economía, que es la ciencia social matemáticamente más avanzada, es la ciencia social y humanamente más retrasada, pues ha abstraído las condiciones sociales, históricas, políticas, psicológicas y ecológicas inseparables de las actividades económicas… Quizá la incompetencia económica haya pasado a ser el problema social más importante“.

Sin embargo, de manera silenciosa, está emergiendo un nuevo pensamiento económico que trata de encontrar el paradigma perdido. Implica, sobretodo, un replanteamiento de la teoría y política económica que permita una anticipación económica y política. Va a ser necesaria una revisión de las finanzas, cuya teoría financiera moderna se construyó a partir de presupuestos metodológicos e hipótesis falsas. También se requiere de una nueva explicación sobre el papel de la empresa y la gestión de las organizaciones. Hay que enseñar y publicitar los nuevos registros empíricos sobre el comportamiento de las empresas.

Desmontando a la ortodoxia

Detrás del actual “pensamiento único” o “consenso de Washington”, lo que se presenta como verdades indiscutibles, en realidad reflejan juicios de valor, alimentados por la ideología dominante, esa que surge tras la llegada al poder de Margaret Thachert y Ronald Reagan. Con el fin de eliminar la inflación, preservar el tipo de cambio, incrementar la tasa de crecimiento de la productividad, y crear puestos de trabajo estables se propugnan políticas económicas basadas en la austeridad, liberalizaciones y privatizaciones. Si bien los fines u objetivos pueden ser idóneos, no así los medios. La ortodoxia económica propone una serie de recetas económicas basadas en una serie de “verdades indiscutibles”, cuando en realidad no representan nada más que juicios metodológicos, sino ideológicos, previos.

La puesta en práctica de las mismas ha acabado generando desde los años ochenta un crecimiento económico alimentado por el mayor proceso de endeudamiento de la historia, alrededor siempre de inflaciones o burbujas financieras e inmobiliarias, revirtiendo los logros en la lucha contra la pobreza conseguidos en las tres décadas posteriores a la Segunda Guerra mundial. De eso ya hemos hablado largo y tendido. Pero veamos esas verdades indiscutibles.

Propugnan, Bancos Centrales Independientes, cuando en realidad la Reserva Federalde los Estados Unidos o el Banco Central Europeo sólo han servido, y siguen defendiendo, a la élite dominante que ha generado la crisis actual, el lobby bancario. Detrás del origen, expansión, y estallido de todas y cada una de las burbujas o inflaciones de activos de los últimos veinte años se encuentran los bancos centrales. Temerosos de caer en un proceso de deflación por endeudamiento se han dedicado a gestionar el riesgo. Para ello relajaban excesivamente la política monetaria, hecho que continúan haciendo, como consecuencia de la preocupación que les generaba determinados eventos que, aunque tuvieran una baja probabilidad, pudieran tener un impacto muy negativo en la actividad económica.

Se trata de una política monetaria preventiva de estabilización que genera un tremendo problema de riesgo moral, porque al final los inversores terminan incrementando aún más su apetito por el riesgo, aumentando su apalancamiento, haciendo todavía más vulnerable a la economía global. Desde el punto de vista de la valoración, se modifica el perfil temporal de los rendimientos de los activos mobiliarios e inmobiliarios, inflándolos hiperbólicamente. Al final estas exuberancias irracionales acaban pinchándose, pero cuando estallan, terminan provocando recesiones-depresiones. Han ignorado la hipótesis de inestabilidad financiera de Hyman Minsky y se ha demostrado que la independencia del Banco Central no ha traído mejora alguna en el diseño de la política monetaria.

Flexibilidad laboral y otros condimentos ideológicos.

De manera machacona desde los distintos organismos multilaterales, y en los diferentes medios de comunicación se recomiendan una combinación de sindicatos débiles, mayor flexibilidad del trabajo, y congelación y reducción de salarios. La realidad en cambio es muy tozuda. Los países de mayor formación, prosperidad económica, y menor corrupción se caracterizan por lo contrario: participación de los sindicatos en la gestión empresarial, altos salarios, y protección del empleo.

Otro de los mantras de la ortodoxia es la continua exigencia de una reducción de los servicios públicos e impuestos, recuerden la tristemente célebre Curva de Laffer, cuando en realidad aquellos países desarmados fiscalmente y con servicios públicos mediocres es donde más golpea la crisis. Recordemos dos ejemplos de países desarmados fiscalmente, España y Grecia.

Para rematar, la ortodoxia dominante propugna la cuasi desaparición de los déficits públicos y fija límites a la deuda pública. Aún no se han enterado de que la actual crisis sistémica se debe a una acumulación sin precedentes de deuda privada, y que los errores de asignación de recursos del sector privado están detrás de la brutal crisis actual.

Finalmente consideran que es necesaria la privatización de numerosas empresas públicas y el desmantelamiento de numerosas reglamentaciones que regulan mercados para que estos sean más flexibles. El deterioro de una cantidad enorme de servicios públicos guiados por esta premisa empieza a ser escandaloso y una fuente más de generación de desigualdades y miserias. Digámoslo claramente, la ortodoxia económica ha fracasado, carece de respuestas económicas, energéticas, medio ambientales y sociales. ¡Hay que buscar una alternativa ya!


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