Desde la heterodoxia

Bancos centrales independientes: ¿para qué?

Detrás del actual “pensamiento único” o “consenso de Washington”, lo que se presenta como verdades indiscutibles, en realidad reflejan juicios de valor alimentados por la ideología dominante, en nuestro caso la neoliberal. Una de esas verdades indiscutibles es la necesidad de Bancos Centrales independientes, pero ¿para qué? Por un lado, favorecieron subidas artificiales en los precios de los activos financieros, y, por otro, no ejercieron su labor de supervisión correctamente.

En un blog anterior detallé cómo los Bancos Centrales, a través de una política monetaria excesivamente laxa, fueron parte del problema en la actual crisis económica sistémica. Por un lado, incentivaron una toma de riesgo excesivo por parte de los agentes económicos, lo que generó una sobrevaloración en activos financieros e inmobiliarios. Por otro lado, facilitaron un exceso de endeudamiento en los sectores privados, que se retroalimentaba a través de la generación de burbujas o inflaciones de activos que los propios Bancos Centrales provocaban. Las consecuencias ya las conocemos: crisis de deuda privada y pública, y un sistema financiero insolvente.

Fallos en su labor de supervisión

Pero donde realmente la actuación de los Bancos Centrales ha sido más deplorable es en su labor de supervisión y guardián del sistema bancario. La razón es evidente: al frente de la inmensa mayoría de los bancos centrales se encuentran economistas educados en los principios neoclásicos. Por lo tanto, parten de un prejuicio favorable respecto a los mecanismos de mercado, la libre empresa, y el “laissez-faire”. Cuánto menos regulación y supervisión mejor.

Los Bancos Centrales, especialmente la Reserva Federal, ayudaron intelectualmente a eliminar la separación entre los bancos comerciales (que se prestan dinero) y los bancos de inversión (que organizan la venta de bonos y acciones). Como compensación propusieron la creación de murallas chinas para asegurarse de que los problemas del pasado no se repetirían.

Sin embargo, prevaleció el poder de los incentivos económicos que dirigió el comportamiento humano hacia el autointerés y el corto plazo, y no hacia el interés propio bien entendido. Ello era especialmente grave en un momento donde la cultura de la banca de inversión estaba en su pleno apogeo. Había una demanda de altos rendimientos que podían obtenerse sólo a través de un alto apalancamiento y una toma de riesgo grande. Los Bancos Centrales miraron a otro lado, y cuando llegó 2008 ya era tarde.

Rescates bancarios a costa de los contribuyentes

Lo peor aún estaba por llegar. Tras ser uno de los grandes responsables de la crisis de deuda en la que estamos inmersos, y de la actual insolvencia del sistema financiero, los Bancos Centrales propugnaron rescates bancarios con dinero público, es decir, a costa de los contribuyentes. En su labor de “independencia” siempre han defendido a los acreedores, cuando las experiencias más exitosas, especialmente el rescate bancario sueco de 1992, quienes pagaron fueron la propiedad, los bonistas, y el equipo de dirección. Eso sí constantemente nos bombardean sobre la necesidad de reformas estructurales, cuyo objetivo último es pagar las consecuencias de su mala supervisión e intervención del sistema bancario.

El ejemplo más claro es el rescate irlandés. En un magnífico artículo publicado en el Irish Time, que adjunto, Morgan Kelly, un reputado académico irlandés, detalla las discusiones sobre el rescate del otrora "tigre celta" de finales de 2010. Frente al interés del FMI de que hubiera quitas -magnifica visión de la actual crisis económica y financiera del mal logrado Strauss Kahn-, el BCE y el secretario del Tesoro estadounidense y hombre de Wall Street, Timothy Geithner, se opusieron. Defendieron a los acreedores, de manera que finalmente el rescate corrió a cargo del gobierno irlandés, es decir, sus contribuyentes. Como explica Morgan Kelly, lo que realmente subyacía en el rescate de Irlanda era lanzar un aviso a España de no tocar a los acreedores.

Todos estos errores se resumen en uno: la carga real de la acumulación de deuda del Estado que implican los rescates bancarios, al ser financiados por los contribuyentes y no por los acreedores privados, tendrá que ser devaluada a través de la inflación, o implicará unos reclamos tan onerosos, que afectará a la producción e inversión en capital futura del país. ¿Para qué la independencia de los bancos centrales?


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