Desde la heterodoxia

Austeridad, miedo, desigualdad y autoritarismo

Foto Gtres.

Austeridad y miedo van de la mano, son inseparables. Las continuas llamadas a la austeridad por parte de quienes la reclaman van más allá de un mero deseo impulsado por el mercado para castigar a los pobres, a las clases trabajadoras o a la clase media. Mediante las prerrogativas de clase, utilizando la austeridad, se opta por una forma de hacer política dirigida a desmantelar esferas e instituciones que nutren los valores democráticos y las relaciones sociales, incluida la educación pública y superior.

En realidad no se trataba solo de imponer la austeridad. Conscientemente ansiaban desmantelar el “estado de bienestar”, eliminar prestaciones sociales y promulgar leyes de pobres, suprimir un buen sistema laboral e imponer uno de cuasi-esclavitud. El objetivo era otro, favorecer de manera permanente a la clase dominante, los más ricos, los intereses corporativos, mientras que dejan a los ciudadanos más pobres con una sensación de impotencia y desesperación política y, al mismo tiempo, mantienen a las clases medias colgando entre el temor al desempleo y las expectativas de una fantástica recompensa una vez que la nueva economía se recupere. Austeridad y miedo van de la mano.

Las políticas de austeridad encarnan una ideología que produce tanto zonas de abandono como formas de muerte civil y social, a la vez que se infunde a la sociedad una cultura de crecientes dificultades

Las políticas de austeridad encarnan una ideología que produce tanto zonas de abandono como formas de muerte civil y social, a la vez que se infunde a la sociedad una cultura de crecientes dificultades. También deja claro que las armas utilizadas para garantizar las prerrogativas de clase no se encuentran sólo en los modos opresivos utilizados por el Estado, sino también en las políticas que causan miseria y sufrimiento en gran parte de la población.

En la actual coyuntura histórica la gente joven se ve forzada a vivir bajo la carga de una deuda acuciante. En medio de una creciente desigualdad -riqueza, ingreso y poder-, trabajadores,  jóvenes, inmigrantes y en líneas generales la gente pobre, están siendo sumergidos en empleos de baja remuneración o un futuro sin empleo decente. Ya no hace falta irse lejos para detectar enfermos, familias y ancianos que deben elegir entre alimentos, luz y medicinas. Es este escenario el que permite al Estado, a su vez, reducir impuestos a grandes corporaciones.

Estado autoritario y destrucción creativa

Desigualdad y autoritarismo van de la mano. Este régimen de creciente desigualdad, que impone enormes limitaciones en las opciones de lo que la gente puede hacer, es la condición previa para un Estado autoritario donde emergen y proliferan las ideologías extremistas, una creciente militarización y una criminalización de todos los aspectos de la vida cotidiana y el comportamiento social.

La austeridad es otra carga extrema más impuesta a la economía mundial por la actual crisis sistémica, adicional a los millones de trabajadores que sufren desempleo, a la reducción del comercio mundial, a la deflación por deuda… Se trata de una carga que recae sobre el 99% de la población, como última etapa de una apropiación despiadada del poder, librada por determinadas élites, indiferentes a la violencia local y a la miseria sin control que ejercen sobre gran parte de la humanidad.

El actual Totalitarismo Invertido  “a la Sheldon Wolin” en que se ha convertido el capitalismo dominante, se ha apropiado de nuestra libertad. Para ello nos infunde constantemente temor, miedo, y avanza a través de la destrucción creativa. Se están destruyendo los medios de vida y la dignidad en sus innumerables formas. La destrucción creativa armada con el poder mortífero de las medidas de austeridad despiadadas beneficia a la elite financiera y, al mismo tiempo destruye el estado social, mientras fija paralelamente las bases del estado represor. Austeridad y miedo van de la mano; desigualdad y autoritarismo van de la mano.

Tras la ruptura del consenso keynesiano, gobiernos occidentales y sociedades autoritarias comparten un factor importante, se preocupan cada día más por la consolidación del poder en manos de la élite política, empresarial y financiera. Y lo hacen a costa de la inversión en el futuro de nuestros jóvenes y de la ampliación de los beneficios del contrato social.

Libertad económica y autoritarismo

Las historias que ahora dominan el paisaje de Europa y América del Norte no tienen nada que ver con ningún proceso reformista. No ha habido ninguna reforma económica en los últimos años tendente a mejorar las condiciones de vida de la ciudadanía, destinada a promover un progreso técnico. Todo lo contrario, los fundamentalistas del mercado, ampliamente infiltrados en las esferas gubernamentales, acabaron imponiendo su dogma.

En nombre de la libertad económica, recetaron medidas de austeridad de choque y pavor, recortes de impuestos que servían a los ricos y poderosos, destrucción de programas gubernamentales que ayudaban a los menos favorecidos, eliminación del pensamiento crítico, y un ataque programado contra las prestaciones sociales en sus distintas variantes.

Sabemos que el ingrediente más importante para una recuperación económica sostenida es la reforma de los abusos que permitieron una burbuja espectacular, una mala asignación del capital productivo y los efectos negativos de los monopolios y los fraudes financieros en la economía real. Una auténtica política reformista exige hacer frente a los monopolios empresariales y financieros. Frente a ello nuestros gobiernos nos sorprenden cada día con nuevos recortes sociales, con nuevas leyes más represivas, con menos libertad


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