Desconfíen siempre del Gobierno

La unanimidad y la volatilidad

Solemos oir hablar mucho de la volatilidad de los mercados. Dicho así simplemente: volatilidad, ha adquirido connotaciones negativas. Decir que hay mucha volatilidad en los mercados es sinónimo de problemas. No sabemos por qué exactamente es así. La volatilidad no es más que lo que los estadísticos denominan una medida de dispersión, medida que sirve para evaluar la bondad de una media. Ya saben ustedes: lo de la Renta per cápita y el pollo. No es lo mismo una situación en la que alguien se come dos pollos y otro ninguno, que otra en la que uno come pollo y medio y otro sólo medio pollo, y en ambos casos la media es un pollo por cabeza. La dispersión (la volatilidad) en el segundo caso es menor y la situación mejor, sin embargo, la media es la misma: la magia de la estadística. La volatilidad de los mercados en los últimos años tiene mucho que ver con lo que yo denomino comportamientos gregarios de los agentes que operan en los mismos y dichos comportamientos tienen, a su vez, mucho que ver con los sistemas de incentivos que reciben dichos operadores.

Me explico. Los operadores prefieren equivocarse todos juntos que acertar de manera separada. Si tomas una decisión minoritaria y aciertas tu bono será alto, pero si te equivocas estarás en la calle porque hay que ser burro para hacer lo que nadie hace. Si tomas una decisión mayoritaria, mejor si es unánime,y aciertas habrá bono y si te equivocas: ¿quién iba a preverlo? Así, casi todos nos ponemos vendedores a la vez, aunque no vendamos todos los que queremos vender porque no hay compradores suficientes, y viceversa. Esto hace que los precios que se publican, aquellos a los que se han cerrado algunas operaciones, sufran grandes oscilaciones y, por tanto, que la volatilidad (recuerden: la dispersión respecto del precio medio) sea muy elevada. Casi diría que a mayor unanimidad, mayor volatilidad. Sin embargo, un mercado para funcionar necesita exactamente lo contrario: poca unanimidad sobre lo que valen las cosas o sobre lo que debe hacerse. El que vende debe pensar que el dinero que recibe vale más que el activo que entrega y el comprador lo contrario.En política viene a pasar algo parecido últimamente: las autoridades internacionales quieren acuerdos unánimes y equivocarse todas juntas en el peor de los casos. Así, cuando Gran Bretaña decide equivocarse sola se la tilda de insolidaria o se la amenaza con un negrísimo futuro de aislamiento más allá del que comporta su insularidad. Este fin de semana hemos asistido a toda una serie de declaraciones en tal sentido por parte de los dirigentes de la Europa continental. No voy a pronunciarme hoy sobre quien creo que acierta, pero sí sobre el derecho de Gran Bretaña a no participar en decisiones unánimes si no le convencen. Al menos, sus autoridades, las británicas, demuestran más coraje que las nuestras, porque si yerran deberán enfrentarse a un electorado que podrá decirles aquello de que mira que hay que ser burro para hacer lo que nadie hace. Las nuestras, las de los europeos continentales, podrán escudarse en la unanimidad de su error y seguir exigiendo nuestro apoyo.


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