Desconfíen siempre del Gobierno

La temeridad política

El domingo estamos llamados a votar con las manos, esa manera menos eficiente de votar que la de votar con los pies: la verdaderamente relevante porque es más peligrosa para los que ejercen el poder que la primera. Votar con los pies es ejercer el derecho a aceptar el gobernante. Votar con los pies es el verdadero baluarte de las minorías ante mayorías opresoras. ¡Qué más hubieran querido los judíos alemanes en la Alemania nazi o los disidentes soviéticos que haber podido ejercer ese derecho! Sin embargo, no es un derecho que tengamos tan reconocido como el primero, porque los gobernantes, para serlo, necesitan población y si ésta puede decidir sustraerse al sistema, incluso al democrático, el invento puede terminarse.

Votando con las manos

El domingo votaremos con las manos. Me parece percibir entre mis compatriotas, y creo que también entre el resto de los europeos por lo que van diciendo las encuestas, un hartazgo que parece que es con el sistema, pero no lo es. Los partidos establecidos durante décadas comienzan a ver con preocupación el crecimiento de múltiples partidos, a derecha e izquierda, que amenazan su posición dominante. La reacción de los partidos establecidos no parece tanto la de una corrección de sus errores y los del sistema, como la malditización de los nuevos (ahí tienen esa ironía de Ramón Jauregui acusando a los nuevos partidos de no haber demostrado nunca nada para justificar el voto en favor de los dos grandes en España) o las llamadas a los gobiernos de concentración nacional (González dixit) que, en España, tiene más los visos de práctica colusoria en el mercado político, que de patriotismo bien entendido.

Sin embargo, lo que me preocupa es la actitud que encuentro entre mis concolegiales electorales. En el fondo más conformista con la situación actual de lo que ellos creen. Su descontento suele venir de la sensación de que la clase dirigente, al margen de sus abusos, no ha cumplido con su principal obligación: la de arreglarles la vida. Porque eso es lo que durante décadas ha prometido dicha clase: la solución de los problemas materiales de la gente. Es cierto que no lo han logrado pero, sin embargo, eso no es lo grave porque cualquiera que supiera un mínimo, y no digo de Economía como ciencia, sino de lo que es la vida, habría sabido que esa era una promesa de imposible cumplimiento. Incumplir promesas que se pueden llegar a satisfacer no es grave, salvo que medie la mala fe, si lo que aconteció fue la mala suerte o circunstancias insalvables. Las autoridades no han incumplido su promesa por falta de ganas. Ni siquiera, en muchos casos, por negligencia. ¡Qué más hubieran querido para mantenerse de por vida en sus puestos que darnos satisfacción! Han incumplido porque la promesa era de imposible cumplimiento. Eso es lo grave: adquirir compromisos que no podemos satisfacer. Ahora la clase política se ve arrollada por esta temeridad suya.

Trabajo para siempre

Sin embargo, el cuerpo electoral no le exige a los partidos políticos, los establecidos y los nuevos, el fin de la temeridad prometedora, sino que cumpla con sus promesas de seguridad material. No avanzamos mucho. Hace ya poco más de cien años Hilaire Belloc (aquel anglofrancés que, candidato al parlamento inglés, espetó a un asistente a uno de sus mítines, y que le reprochó su origen extranjero, que no le interesaba representar a individuos como dicho asistente, lo que no le impidió ganar abrumadoramente las elecciones) nos advirtió que si a los millones de familias que hoy viven de un salario se les propone un contrato vitalicio de trabajo que les garantice la perpetuidad del empleo, con el salario íntegro que cada uno considere que gana normalmente, ¿cuántos lo rechazarían? (…) un contrato así que en lo sucesivo destruiría el contrato y restablecería un estatus de índole servil, sería mirado actualmente como una bendición por la gran mayoría. (…) Algunas generaciones atrás, apremiado un hombre a decir por qué abjuraba de su hombría en cualquier asunto, hubiera contestado que porque temía el castigo impuesto por la ley; hoy diría que porque teme quedarse sin trabajo.

Este era el problema que veía Belloc en su “El Estado Servil” en 1911 y este es el problema de nuestro censo electoral: sólo quiere que los gobernantes le aseguren ese contrato de trabajo que, insisto, no pueden salvo en condiciones de esclavitud, como ocurre y ha ocurrido en......... (rellene usted los espacios en blanco)

La conquista del poder

El domingo vamos a votar con las manos, a derecha e izquierda, la actuación clásica del sistema en el que pretendemos incidir, que no corregir. Actuación que, como bien indica Pascal Salin, otro francés pero contemporáneo, Aumentando el número de los posibles beneficiarios del “saqueo legal”, la democracia proporciona a los legisladores los medios para conceder privilegios a algunos a costa de otros, con una apariencia de legitimidad mayor respecto a un poder no democrático. Así Salin da de lleno en el modo en que la democracia moderna se convierte en un sistema totalitario cuando dice que, frente al incentivo del individuo para impedir que el poder político viole sus derechos individuales que aparece en los sistemas no democráticos, en los democráticos no es así porque en lugar de intentar limitar el poder, se trata de apoderarse de él. Los políticos pretenden apoderarse del poder y nosotros se lo damos todo con una sola condición: hágame esclavo pero alimentado. ¡Cómo si fuera posible!

Cuando seamos reducidos a la esclavitud, querremos votar con los pies pero no nos dejarán. Será muy tarde ya.


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