Desconfíen siempre del Gobierno

La supervisión de Perogrullo

Ahora que ha estallado el caso Gowex volvemos a discutir sobre qué hacen los supervisores y si lo hacen bien, y si sirven para algo, y sobre quién supervisa al supervisor… y sobre todos los tópicos (en el sentido inglés) que este debate, el de la supervisión pública, genera. Y nadie concluye que lo que ha funcionado es lo que podríamos llamar la supervisión privada que, en esta ocasión, Gotham ha ejercido, aunque algunos digan que tarde pero, en cualquier caso, antes que la pública.

La enorme carga de la supervisión pública…

El gran problema de la supervisión pública, que tanto comienza a pesarle a los Estados, es que la contrapartida que se asume por ella es la responsabilidad última de los acontecimientos. Al final los ciudadanos afectados terminan exigiendo al último responsable, el Estado, los perjuicios que le ha ocasionado lo que se entiende que ha sido su falta de diligencia, cuando no su simple negligencia. El Estado suele defenderse alegando falta de medios y cada vez que acontece un suceso de estas características se toma, porque el Estado no pide, más competencias y recursos, con lo que sus responsabilidades aumentan. La verdad es que es sorprendente esta queja de la falta de medios, cuando es quien más tiene y otros con muchos menos que ellos, Gotham por ejemplo, son más capaces de detectar los problemas.

Las fatiguitas que esta asunción creciente de responsabilidades, y de los consiguientes efectos de sus errores en el ejercicio de la misma, va generando en las autoridades se va trasladando a la regulación. Ello se va notando en una mal disimulada tensión, en dicha regulación, entre la voracidad política por el control y el abandono de estas responsabilidades, tan gravosas en términos políticos y económicos. Los problemas de querer construir un mundo sin riesgo son éstos y así, cuando el riesgo se concreta en catástrofe, la culpa es del vendedor del seguro. El Estado nos ha vendido, a un precio muy caro, ese seguro y ahora tiene que asumir los costes de los siniestros.

La supervisión para funcionar sólo necesita que los particulares se preocupen por sus inversiones y que no operen como si nunca pasara nada, y si pasa… la culpa es del Estado. Los solicitantes de ahorro del público tienen que ver muy castigadas sus actuaciones fraudulentas o negligentes y los que validan las mismas, auditores, asesores registrados, valoradores, etc… tienen que asumir fuertes responsabilidades por los errores que cometan, en lugar de excusarse en que ellos, al final, no tuvieron la última palabra porque esa era del supervisor público. Mientras las responsabilidades sean colectivas, y no individuales, será difícil que los comportamientos financieros inadecuados remitan en número y en intensidad.

… y la inviabilidad del Estado que todo lo supervisa

No defienden al Estado los que piden para el mismo cada vez más competencias que lo están asfixiando y haciendo tan inviable, desde cualquier punto de vista y también desde el financiero, como para terminar con su existencia. Defendemos al Estado los que queremos reducirlo a sus justos términos, los de las funciones que le corresponden y puede, por tanto, desarrollar y financiar sin colapsar ni él ni la Sociedad que lo mantiene. Tal vez, sea el momento de hacerles ver a los defensores del mercado libre que la libertad tiene estos inconvenientes y que los que quiebran deben asumir las consecuencias, que las pérdidas que ocasionan deben ser de los que confiaron en ellos y que, ante estos últimos, deben responder en los tribunales si hubo engaño para resarcirles por las mismas. Los inversores deben entender que el riesgo no se paga por frivolidad y que, igual que se habrán apropiado de los beneficios que esperaban, deben quedarse con las pérdidas que se han encontrado.

Todo esto es de Perogrullo, lo sé, pero es que hace tiempo que el señor Grullo abandonó este mundo y ya nadie le pregunta.


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