Desconfíen siempre del Gobierno

El monoligopolio bancario

El gran coste de la crisis bancaria, que aún desconocemos, no será el importe de la financiación entregada a las entidades por parte del FROB que no se recupere de la posterior privatización de las entidades nacionalizadas. Tampoco las pérdidas o el lucro cesante que pueda llegar a obtener la Sareb, el banco peor, por la compra y posterior venta de activos dañados al sector. Ni siquiera el gran coste marginal (incremento de la prima de riesgo) que ha supuesto para toda la deuda pública que se ha emitido, y continuará emitiéndose, estos años cercanos a la aparición de la crisis.

El gran coste es el oligopolio…

El gran coste va a ser el oligopolio: la concentración del sector que tanto ha gustado a nuestras autoridades desde hace mucho y del que comienzan a dar las primeras pruebas de temor, como demuestran las exigencias de mayores recursos propios que la nueva legislación europea se plantea (aún no ha adoptado) para lo que denomina entidades sistémicas, es decir: instituciones financieras muy grandes, demasiado para dejarlas caer.

El oligopolio es de distribución, porque realmente el sector es un monopolio público: un banco central productor de la base monetaria que actúa como materia prima del crédito, que las compañías que gozan de la correspondiente licencia utilizan para producir y distribuir el mismo. La fórmula de preparación del combinado, proporción de recursos de los accionistas y de los acreedores, también es una y su propietario intelectual se llama Acuerdos de Basilea (I, II y III).

… y Basilea no funciona

La fórmula no funciona. Lo sabemos. Lo hemos comprobado en dos ocasiones (I y II) y lo veremos una tercera vez (III), pero es la que utiliza toda la industria occidental porque es barata: se arriesga poco capital para producir mucho crédito. Como la fórmula es propiedad de un ente público, el supervisor bancario, no pasa nada porque no funcione, como tampoco pasa nada porque la materia prima, la moneda, sea cada vez de peor calidad. Lo que le falta a la moneda de esta última lo suple su abundancia. De ambas cosas, mala fórmula y mala materia prima, responde quien facilita ambas. Si el producto es malo u ocasiona problemas a los oligopolistas, el monopolista responde. En esto es honesto, al menos frente a los primeros. Los segundos somos usted y yo, que no les preocupamos mucho. A los controladores nada, a sus jefes sólo cada cuatro años.

Mientras tanto, el ejército de controladores del sistema también se concentra y amplía. El problema de los controladores es que en el ejercicio de concentración van perdiendo el conocimiento de lo que es el mundo exterior. Las definiciones de riesgo que utilizan empiezan a carecer de sentido y así, por ejemplo, una operación bursátil a corto plazo se considera menos arriesgada que una a largo, porque la primera se califica de especulativa, mientras la segunda como de inversión, como si las palabras, divinas palabras, tuvieran un poder taumatúrgico, como en la obra homónima de Valle-Inclán. Los controlados tampoco saben muy bien qué están haciendo, ya no quedan banqueros, y su trabajo se va reduciendo a un mero cumplimiento normativo (compliance, lo llaman los abogados en la neolengua) que reduce el único riesgo que de verdad ya les importa: el riesgo legal, el de acabar en el trullo, porque el financiero no existe para ellos siempre que hayan aplicado la fórmula a la materia prima que se les facilita.

Ahorre poco y deba mucho, o sea, que diría un buen ministro que no se haya caído aún del árbol, consuma. ¿Pero a quién se lo vamos a deber si ninguno ahorramos? Pues a los chinos, hombre, a los chinos que para eso trabajan. Ya nos pasarán la factura y no querrán nuestros papelitos, que inventaron ellos, sino nuestras cosas. Al margen de cuestiones políticas y derechos humanos, que son muy importantes, nosotros hemos abandonado el capitalismo y ellos el socialismo. Parece que nos van a adelantar por la derecha. Los oligopolistas contentos: quieren ser miembros del Comité Central.


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