Desconfíen siempre del Gobierno

¿Por qué soy monárquico?

Soy monárquico. No soy juancarlista ni felipista sino monárquico, y esto parece que requiera hoy día una justificación. Parece que la requiere, como parece que también muchas otras posturas que, por amor de la modas, se consideran menos racionales que otras y, por tanto, exigen de los que las mantenemos más reciedumbre de lo habitual y buenos argumentos para aguantar los embates de lo políticamente correcto.

Así parece más racional no creer en Dios que creer, por lo que los que nos hayamos en la segunda situación partimos con desventaja en el debate público. Sin embargo es claro que habiendo las mismas posibilidades de lo uno que de lo otro, como demuestran las leyes estadísiticas sobre la ausencia absoluta de información en los sucesos binomiales, lo racional es creer… por si acaso. Lo mismo pasa con los análisis economicistas de la realidad: es claro que la relación entre el rendimiento obtenido y el esfuerzo empleado para dicho rendimiento se maximiza engañando y robando, sin embargo ninguno le recomendamos a nuestros hijos para su progreso a largo plazo ese comportamiento que, además, no existiendo Dios, ni la vida eterna, ni nada parecido, sería más racional aún, si cabe. La racionalidad extrema parece que no explique por qué algunos somos del Atleti, habiendo dos magníficos equipos que lo ganan todo. Pero si no hubiera aficionados más que de los que siempre ganan, terminaríamos con una liga y una copa de sólo dos equipos que podría disputarse hasta diez veces al año dejando julio y agosto de vacaciones.

Soy monárquico porque no me gusta que la primera magistratura de la Nación esté sujeta al debate político. Un primer magistrado no elegido, un rey por ejemplo, es de todos. Uno elegido es de una facción: la de los que le eligen. Algunos me dirán que dejado al albur de la genética un rey puede ser un auténtico inútil. Al margen de argumentos de autoridad como el de Maurice Druon (ministro de la República por antonomasia: la francesa): “Pero ¿acaso los pueblos se ven beneficiados más a menudo por la lotería de las urnas que por la de los cromosomas? Las multitudes, las asambleas e incluso los cuerpos colegiados restringidos no se equivocan menos que la naturaleza. La providencia es poco generosa con la grandeza”; el error consiste en creer que los sistemas electorales tienen la virtud de proveernos de los mejores individuos para el ejercicio del Gobierno. Hace tiempo que constatamos que no, pero como los hemos escogido nosotros, sus errores son los nuestros por ese concepto jurídico de la culpa in eligendo. Por otro lado, la idea de que el gobierno debe ser ejercido por los mejores nos llevaría, en un análisis aparentemente racional, a un sistema de elección de los gobernantes distinto. Manuel Fraga, por ejemplo, nunca entendió por qué la presidencia del Gobierno no se sacaba a concurso-oposición libre que habría ganado, por supuesto, él con esa capacidad que tenía para vencer en esas lides. Creo que no podemos afirmar que habría sido el mejor director que podríamos haber encontrado.

Ni siquiera la democracia de la que nos presumimos herederos, la ateniense, abandonaba al sistema electoral la selección de la mayoría de sus magistraturas. De hecho, muchos de dichos procesos de selección se dejaban al albur del turno o, simplemente, del sorteo. Vamos, que si Atenas es el paradigma de la democracia, nada impide que una magistratura le haya caído en suerte a una familia.

Llegados aquí algunos me dirán, por llevarlo todo a la caricatura, que para eso me basta, pues, una cabra, que podríamos proclamar rey a una cabra. Tal vez, pero sería mi cabra y la de ellos. De otro modo, un individuo escogido por ejemplo, sería el de la mayoría. Personalmente prefiero la cabra de todos que el cabrón de la mayoría. El monarca representa, por ser sólo uno y necesariamente de todos, mejor a las minorías. 


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