Desconfíen siempre del Gobierno

El mercado se equivoca

Esta es una afirmación muy típica entre las autoridades de todo tipo y aquellos a los que les gusta poco el mercado como mecanismo de asignación de recursos. La afirmación oculta la impotencia del que la pronuncia, que lo que quiere decir de verdad es: "El mercado no hace lo que yo creo que debe hacer", lo que revela o una soberbia muy grande, la del que cree que sabe lo que hay que hacer, o un convencimiento absoluto sobre lo que es o no correcto, desde un punto de vista moral.

Las autoridades y el mercado

Las autoridades afirman que el mercado se equivoca, como podrían decirlo de la Naturaleza cuando era poco generosa con la feracidad de la tierra y se establecían programas quinquenales de producción agrícola. El mercado, en este sentido, no se equivoca sino que no se comporta como se desea.

Las políticas actuales de facilidad crediticia emprendidas por algunos bancos centrales no consiguen los efectos deseados en la intensidad deseada. Este es un ejemplo para dichos bancos de los errores del mercado, pero no son eso sino una muestra del desconocimiento de las leyes de este que tienen dichos bancos. El análisis que realizan los actuales emisores de moneda es que con precios bajos (tipos de interés en este caso), la demanda de cantidades (crédito) debiera ser elevada y, a partir de aquí, todo debiera funcionar: el consumo, la inversión... la reactivación, en una palabra. Pero de la demanda de cualquier producto no es sólo el precio la variable, siendo importante, que la explica.

La demanda de crédito requiere, además de buen precio, la oportunidad de aplicarlo en forma de inversión rentable o de consumo razonable. Si no la hay, no se solicita. La oportunidad es una apreciación subjetiva que puede suponer que no emprendamos un negocio o que seamos timoratos a la hora de consumir, pero eso no es un error objetivo sino el derecho de los particulares a decidir que hacen. Obligarles a emprender o a consumir es planificación central. Lo mismo ocurre con el mercado laboral: analizarlo como una mercancía que sólo depende del precio (el salario) tampoco funciona. Es, además, considerar que el trabajo es una mercancía perfectamente homogénea, como corresponde a un buen análisis marxista. De esto último, del mal funcionamiento del mercado de trabajo, en España sabemos mucho, porque llevamos varias décadas con la cantinela de los salarios altos, hasta que estos han desaparecido totalmente y mantenemos el desempleo más alto de Occidente, amén de provocar la emigración de aquellos que debieran aspirar a altos salarios aquí. No se equivocan los que no aceptan salarios bajos, sino que optan o valoran de distinto modo sus capacidades o su tiempo libre.

El error moral

Otra cuestión es el error desde un punto de vista ético, si bien la mayoría de las veces el que enjuicia la actuación económica desde este punto de vista confunde su moral con la Moral. El mercado se equivoca, o mejor dicho se le permite el error, cuando hace del sexo objeto de comercio, pero no se equivoca cuando prefiere el fútbol a la ópera aunque todos prefiramos la segunda al primero, al igual que todos preferimos los documentales respecto de los reality shows, como demuestran la afluencia a los teatros y los índices de audiencia.

El mercado no se equivoca porque no es persona. Las personas se equivocan cuando eligen lo que claramente es malo pero no cuando no eligen lo que un tercero, por ejemplo las autoridades económicas, quiere que elijan. Un individuo tiene derecho a preferir gastar en cine norteamericano en lugar de español, a no aceptar un salario y aspirar a otro mejor, siempre que asuma las consecuencias de no ingresar, a no invertir, a pesar de los beneficios sociales que se derivarían de su actitud emprendedora, si no ve oportunidad o su carácter le impide asumir los sinsabores de ser empresario.

Así las cosas, no hay tantos errores como piensan nuestros responsables políticos. Lo que constituye un gran error es no comprender lo que significa que vivimos en una sociedad razonablemente libre. ¿Y si acabáramos con la libertad individual? Pues lo haríamos con el paro y con los problemas del crédito, como en Corea del Norte, por ejemplo. Y ya que todo lo medimos muy materialmente, donde no hay libertad, hay pobreza mucha y barata. La libertad, siempre parece escasa, por eso es cara. Déjennos pagarla.


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