Desconfíen siempre del Gobierno

La mala regulación

Ya saben ustedes que hay cenizos que periódicamente nos pronostican una debacle financiera cada poco tiempo. Algunos la están pronosticando de manera continua por lo que cada vez que se produce una, resulta que son los primeros en haber acertado. También es cierto, como afirma el profesor Rodríguez Braun, que el pesimismo goza de mayor prestigio intelectual que el optimismo en los medios de comunicación, al igual que la tristeza masculina goza de más caridad que la alegría, en el corazón de las mujeres.

Querría, sin embargo, hacerles reflexionar sobre algunas cuestiones que explican la crisis financiera que padecemos, más allá de las coyunturales, sin parecerles ni pesimista ni triste, porque no pretendo conquistar ningún medio de comunicación ni mujer alguna con este artículo.

Los tipos de interés muy bajos o, lo que es lo mismo desde que se puede emitir dinero sin respaldo, la liquidez abundante, el crédito fácil, genera inflación o burbujas. Inflación si el dinero puede aplicarse a cualquier cosa, burbujas (inflaciones sectoriales) si dicho crédito se aplica a la compra de determinados activos especialmente incentivados con otras medidas públicas (por ejemplo los inmuebles). 

El crédito fácil no depende sólo de la imprentilla del correspondiente banco central, sino también del límite de endeudamiento que impongamos a los bancos privados

Sin embargo, el crédito fácil no depende sólo de la imprentilla electrónica del correspondiente banco central, sino que también depende del límite de endeudamiento que impongamos a los bancos privados. Hasta 2010 dicho límite de endeudamiento era de 49 a 1. Tras la crisis lo hemos reducido a 11,5 a 1. Si los bancos pueden endeudarse menos, respecto de su patrimonio neto, pueden prestar menos y la facilidad crediticia que les otorgue el correspondiente banco central da lo mismo. Así que podemos decir que el BCE con su política de tipos bajos sigue contribuyendo a la burbuja mientras que el BCE, como supervisor bancario, con su regulación de solvencia (Acuerdos de Basilea) contribuye a lo contrario y probablemente con más fuerza en esta segunda actuación, que en la primera.

Luego están las normas contables y fiscales. Los activos de las compañías se han inflado en las últimas dos décadas como consecuencia del relajamiento de las condiciones para considerar determinadas adquisiciones o derechos como activos. Un ejemplo de lo primero son los fondos de comercio: antiguamente (en el paleolítico de los años 80) se amortizaban en cinco años, plazo que se fue alargando hasta desaparecer. Ahora tenemos nuestras grandes compañías con elevados fondos de comercio que no amortizan y que representan un elevado porcentaje de su patrimonio neto (en el caso de Telefónica, por ejemplo, el 86%). Por lo menos en la banca estos fondos se restan para el cálculo de su solvencia por aplicación de su normativa propia. Otro ejemplo serían los activos fiscales diferidos, escudos fiscales, o como los quieran llamar: antiguamente no se reconocían como activos los derechos a compensaciones fiscales futuras. Ahora sí, es cierto que con condiciones que aseguren su recuperabilidad, pero no deja de ser una muestra, insisto, de la hinchazón de activos, y de la correspondiente, solvencia de las compañía. De hecho en banca, los estados han tenido que avalar estos escudos para que no fueran restados, como el fondo de comercio, de los patrimonios de las entidades.

En cualquier caso, el problema como vemos no es la ausencia de regulación sino la peor regulación que hemos aplicado en estos años. Todo parecía que empujaba en una sola dirección: facilitar el endeudamiento y el endeudamiento hay que pagarlo con lo que generan los negocios, no con lo que anotamos en sus libros de contabilidad.


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