Desconfíen siempre del Gobierno

Los fraudes de la formación

Ahora que estamos a vueltas con los abusos cometidos con la financiación pública de los cursos de formación para desempleados y trabajadores, tal vez debiéramos reflexionar sobre  el sentido de los mismos.  Todo este sistema se ha financiado con detracciones obligatorias de las nóminas de los asalariados y el encarecimiento del coste laboral que suponían las aportaciones empresariales, también obligatorias.  Los cursos se impartían por organizaciones sindicales y empresariales de todo tipo, así como otras empresas surgidas al albur de una demanda creada artificialmente por el aparato público.

No voy a negar que junto a clamorosos fraudes como los que apunta en estos días la prensa, no hubiera impartidores y receptores serios de la formación empresarial así sufragada. Sin embargo, creo que lo que nadie podrá negar es que esta educación ha sido más un divertimento del Estado de Bienestar intentando mostrar que hacía algo, que algo realmente útil y provechoso. La asistencia era en muchos casos obligatoria. La vocación de los alumnos en otros muchos, nula, y el interés de la materia, también en muchas ocasiones, escaso.

Culpabilizando al trabajador

Uno de los errores más extendidos es el que culpabiliza al parado de su situación por su escasa preparación. La escasa preparación, lo inhabilitará para determinados puestos pero no para todos. No hay nadie con tan escasa formación que no pueda hacer nada y si así fuera, no podemos presumir entonces, como hemos hecho, de los niveles de preparación que ha alcanzado nuestra población. En España no faltan personas altamente cualificadas para ocupar las vacantes que publican las empresas, como demuestra el número de ingenieros y médicos, por ejemplo, que están abandonando el país. En España lo que falta es empleo a todos los niveles, tanto el enunciado hace un momento, como el más humilde. Cuando hay empleo, los trabajadores o están o aparecen. Durante la fase expansiva no vino a España, precisamente, una mano de obra altamente cualificada. No se exigía a los inmigrantes formaciones muy especiales y, sin embargo, casi la totalidad de ellos encontraron una ocupación.

La formación no crea más puestos de trabajo que los de los formadores

La formación no hace el empleo. Esto lo sabe cualquier muchacho que viva, por ejemplo, en un entorno rural si decide, sigamos con los ejemplos, llegar a ser ingeniero nuclear. Es difícil que, en tales circunstancias pueda encontrar trabajo en su pueblo en tal especialidad. Si sus pretensiones formativas o de empleo son menores, todo será más fácil sin moverse de casa pero, insistimos, si hay trabajo.

Hemos dilapidado dinero público, al margen de las actuaciones que se están investigando, en formar personas haciéndolas creer que no tenían ocupación porque carecían de formación. Culpabilizándolas, en cierto sentido, de ello, cuando la verdad es otra: la ausencia de preparación las podía incapacitar para determinados puestos, pero no para todos. Hemos dilapidado dinero público en formar jóvenes diciéndoles que los universitarios tienen menos tasa de desempleo, pero no les hemos advertido que a costa de emplearse por debajo de sus capacidades y expulsando del mercado de trabajo a los que carecían de sus títulos.

Habría sido más honesto no detraer de las nóminas de los empleados ni de los beneficios de las empresas las cantidades dedicadas a esa formación que, luego en muchos casos, ha resultado un fraude económico y en todos, un fraude moral. Las empresas podrían haber contratado más con un coste laboral menor sin que lo sintieran, sin embargo, los trabajadores en sus emolumentos. Estos últimos habrían percibido un poco más todos los meses para dedicar a lo que quisieran, su formación también.

No cabe duda que la formación y la actitud del trabajador son fundamentales para encontrar empleo, pero no para crearlo. El puesto de trabajo tiene que existir previamente, la necesidad de emplear a una persona para satisfacer una demanda no cubierta es previa. La idea de que ha dirigido toda esta formación pública ha sido equivocada y ha defraudado, en todos los sentidos, a mucha gente. Al margen de las actuaciones judiciales, tal vez sería un buen momento para replantearse el sentido de la misma.


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