Desconfíen siempre del Gobierno

La ficha bancaria y el torrente sanguíneo

Bruselas quiere comenzar a regular la denominada banca paralela. Es decir, aquella que ejercen determinadas instituciones que no gozan de la autorización para ejercer como entidades de crédito. Dichas así las cosas, podríamos pensar que son peligrosas compañías que cobran intereses usurarios a sus prestatarios y no cumplen con los compromisos adquiridos con sus acreedores.

El club de la ficha

Las actividades de banca paralela han crecido con fuerza en los últimos años como consecuencia de la escasez de crédito y de la desconfianza de los ahorradores hacia las entidades que gozan de la autorización para ejercer el negocio de banca: la codiciada ficha. Sería interesante entender qué es  lo que conlleva dicha autorización para hacerlo, a su vez, del negocio de banca y de banca paralela.

La ficha bancaria no es, como piensan algunos, una autorización para prestar y tomar prestado. Ni siquiera para invertir en bolsa, hacer operaciones con derivados o arrendamientos financieros. Todas estas operaciones pueden ser realizadas por cualquiera acogiéndose a la legislación civil y mercantil común. La ficha autoriza a las entidades que gozan de la misma a tomar depósitos a la vista. Eso es lo que puede hacer un banco (cualquiera que sea su forma: sociedad anónima, caja de ahorros, cooperativa…) que no puede hacer nadie más. Es decir, endeudarse con el compromiso de restablecer en cualquier momento lo recibido al acreedor. En el depósito a la vista no media plazo entre el momento en que el prestamista le deja al banco su dinero y el momento en el que puede solicitar su restitución.

No hace falta ser un águila para darse cuenta de los problemas que esto ocasiona cuando los bancos, a su vez, no prestan a la vista. De hecho es la base de la inestabilidad financiera moderna. Es por eso que el Estado no se lo permite a todo el mundo y aun así, a los que se lo permite, los somete a un control férreo y, además, les otorga una garantía: la de entregarles, a través del correspondiente banco central, la liquidez que fuera necesaria si en un momento determinado tuvieran que hacer frente a retiradas importantes de los depósitos recibidos. Es lo que se denomina en la literatura económica el last lender resort , o mecanismo de préstamo en última instancia. Es lo que viene haciendo el BCE y la Fed en auxilio de las entidades que tiene la ficha bancaria: la ficha de la suerte.

La banca paralela

Las entidades sobre las que ha puesto el ojo la Comisión no son preocupantes casas de juego donde uno apuesta su dinero mientras toma un whisky y le palpa el trasero a una morena. Son fondos de inversión o compañías de seguros, que hacen la función de transformación de plazos que caracteriza al mercado de créditos y que ya están sometidos a importantes requerimientos legales y de intervención pública. Es decir, estas entidades se endeudan a unos plazos y prestan a otros, pero nunca a la vista porque no son bancos. Son por ello menos inestables que estos últimos y, además, no gozan del compromiso público de rescate en caso de iliquidez.  Probablemente estén mejor gestionadas porque saben que no gozan de una red debajo de ellas para el caso de saltos muy peligrosos y sus acreedores conocen que los mecanismos de garantía de depósitos no les amparan, lo que hace a estos últimos especialmente exigentes en el cuidado de sus ahorros.

Sin embargo, las autoridades insisten, casi de manera literal con ese leguaje tan cursi que las caracteriza, en que en tanto en cuanto estas entidades no bancarias crean nuevas fuentes de financiación y remuneran mejor a sus acreedores pueden crear nuevos riesgos desconocidos que contagien a las bancarias. Así, en un traslado de las políticas de salud pública al sector financiero y para evitar el contagio, las autoridades van a regular la banca paralela.

El problema es que el contagio no se produce entre entidades, bancarias o no bancarias, como afirma la Comisión. El contagio de la enfermedad que padece nuestro sistema bancario se propaga a través de las transfusiones que el BCE realiza a las entidades y, a partir de éstas, a los estados, y de estos últimos a las primeras, en una suerte de promiscuidad sanguínea que no puede más que dar hijos tontos.

@rubenmansolivar


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