Desconfíen siempre del Gobierno

¿Quién le dio el poder a los mercados?

¿Quién le dio el poder a los mercados? ¿Cómo es posible que la economía financiera tenga tanta influencia en la economía real? Esta es una pregunta que escucho mucho, me trasladan en ocasiones, y que se hacen tanto los políticos, quejosos de su impotencia, como los ciudadanos, atónitos ante la impotencia de los anteriores.

La entrega del poder a los mercados, la influencia de la economía financiera en la real, sólo tiene un origen: el exceso de endeudamiento de las finanzas públicas. Si los Estados no se hubieran endeudado tanto, la dependencia de sus acreedores, de los mercados, sería muy pequeña o inexistente. Sólo aquellos cuyos ingresos, por el motivo que sea – mala administración o un golpe de fortuna–, les impiden hacer frente a los compromisos con sus acreedores, están pendientes de éstos.

En el caso de un particular, no podemos despreciar los casos debidos a la mala fortuna, pero en el caso de los Estados no parece que esta excusa pueda aceptarse por varias razones: al menos dos. La primera, porque casi siempre están en déficit, incluso en los años de bonanza económica. La segunda, porque las autoridades siempre han presumido de su capacidad para orientar la economía, por lo que si ésta no va bien, sólo puede deberse a incapacidad o a que se arrogaron unos talentos de los que carecían.

Fueron, pues, los Estados los que, endeudándose, transfirieron una parte del poder, que lógicamente les correspondía, a los acreedores de los que ahora se quejan porque les dictan las políticas. Sólo hay un modo de librarse de esta impertinencia de los financiadores, que es el repudio de la deuda, pero si comenzamos a no respetar la propiedad privada, apaga y vámonos. ¿Y cómo es posible que los inversores internacionales hayan acaparado tantos bonos públicos? Por un lado, claro está, porque los Estados los emitieron; por otro, porque los bancos centrales les financiaron la compra. El sistema bancario que padecemos, denominado de reserva fraccionaria, aumenta la liquidez con la excusa de favorecer a los privados que necesitan crédito, con la finalidad última de que las entidades tengan fondos que prestar a los emisores soberanos.

¿Y qué me dicen de las agencias de calificación, los francotiradores a los Estados desde la otra acera y que cierran el cerco al que están sometidos? ¿Quién les dio el poder? Pues los nunca criticados Acuerdos de Basilea, que parecía que iban a venir a arreglar para siempre los problemas de capitalización de la banca y a evitar sus crisis. Los Acuerdos de Basilea, hasta ahora dos, aunque nos amenazan con un tercero, establecieron que las necesidades de recursos propios de las entidades por las inversiones en bonos dependerían de la calificación que unas agencias, certificadas por los Estados, otorgaran a estos títulos. España, por ejemplo, trasladó este sistema a su legislación (Circular del Banco de España 3/08, de 22 de mayo, sobre determinación y control de los recursos propios mínimos). La finalidad de este sistema de agencias, según las autoridades, es favorecer los mercados de deuda o, dicho de otro modo, el endeudamiento de los agentes, porque la calificación funciona como un sistema público de información en favor de los suscriptores de bonos, que aumenta la transparencia y, por ende, reduce los costes de selección de inversiones.

¿Por qué se quejan, entonces, las autoridades del poder de los mercados y de las agencias? Ellos se lo dieron. Les dieron el poder que nosotros les otorgamos en las urnas. Ahora tenemos que pagar nuestra manumisión. Nosotros lo entendemos. Parece que ellos, no.


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