Desconfíen siempre del Gobierno

El derecho a hacer un "simpa"

Para aquellos de ustedes que no manejen la jerga adolescente y juvenil, les aclararé que la expresión "hacer un simpa" quiere decir irse sin pagar de un sitio. Una suerte de maniobra por la que de repente un pelotón de muchachos que se ha tomado un par de cervezas cada uno junto con un par de raciones de bravas, desaparecen de la barra del bar en la que están apostados, con el consiguiente enfado del camarero que no entiende cómo se han marchado todos de golpe

Hacer un simpa debe ser elevado a la categoría de derecho humano por las Naciones Unidas y al de fundamental en nuestra Constitución, junto con otros como el de huelga o el de sindicación, que gozan de tal calificativo, a diferencia del de propiedad o de libertad de empresa, que no disfrutan de tanta consideración y, por ende, protección constitucional. El derecho a hacer un simpa era lo que reclamaban, en el fondo, el grupo de educados muchachos que, durante la festividad de la huelga general del pasado jueves en Barcelona, enarbolaban banderas de Grecia como muestra de su amor a la cultura clásica. Su reclamación era, además, por griega, polimorfa, porque alcanzaba varios aspectos. El primero de ellos, por supuesto, era el derecho a no hacer frente a ninguno de los destrozos causados en el mobiliario urbano de la Ciudad Condal, ¡faltaría más! En la festividad de la huelga general, los perjuicios causados hay que entenderlos como parte de la celebración: una suerte de fallas, pero más realistas. El segundo, porque, al portar la bandera de Grecia, se estaba transmitiendo claramente un mensaje: nos da lo mismo si hay o no dinero, porque queremos seguir consumiendo lo mismo que hasta ahora. Los proveedores y los acreedores de la cosa pública, que se aguanten. Los primeros deben seguir prestando sus servicios sin cobrar y los segundos financiando ad aeternum.

España no es país para viejos

Es posible que estos alegres muchachos de cultura helenística no sean los únicos que no están dispuestos a pagar lo gastado ni a dejar de consumir al ritmo acostumbrado, pero son, sin lugar a dudas, los que lo han manifestado de manera más explícita. Es muy posible que una parte muy importante de los españoles sientan lo mismo, y digo sentir, porque lo que se manifestó con la alegre despreocupación de la quema de contenedores y diversos enseres públicos era un sentimiento, no un razonamiento. Al fin y al cabo, toda la  política moderna no expresa pensamiento racional alguno, sino simplemente sentimientos. Las calles de Barcelona fueron el escenario de la rabia contenida contra una clase política  que ha dejado a una generación sin los instrumentos de una buena educación para afrontar la vida, ni de una buena instrucción para ganársela y, finalmente, le explica que ahora, además, tiene que pagar todo lo que ha consumido hasta ahora porque, aunque lo parecía, no era gratis,  por lo que tampoco podrá mantener ese nivel de consumo en el futuro.

Otra parte de la juventud, aquella que probablemente gracias a su ambiente familiar sí se ha hecho con los instrumentos que indicaba antes, ha decidido hacer el simpa de otra manera: se larga del país y comenzará a pagar en otro lo que allí consuma, pero no todo lo que se queda aquí sin pagar. A esta parte de la juventud, le acompañarán algunos de los que han convivido con nosotros estos años, que dejarán algunas facturas sin pagar. Está claro que España no es país para viejos. Las llamadas a la solidaridad no van a ser suficientes cuando el Estado se ha echado a su espalda esa responsabilidad. Recuperar aquélla cuando se promueven las políticas anti-natalistas y se desresponsabiliza al individuo de su futuro, porque para ello ya estamos nosotros, los políticos, no se logra en pocos días.

El simpa de la amnistía fiscal

Más difícil va a ser convencernos a los demás de que pagar impuestos tiene alguna base moral, cuando periódicamente asistimos a una amnistía fiscal. Está claro que aquí paga el que no tiene más remedio y lo más razonable es hacer todos los simpas que se puedan.  Al fin y al cabo, la democracia en Occidente se ha convertido en una suerte por la que unos votan que otros paguen.  Si las cargas no son ligeras o no están basadas en vinculos distintos de los de mera residencia fiscal, va a ser muy difícil que todo el que pueda no haga su correspondiente simpa. Llegados aquí, la encrucijada de lo público es muy clara: o se niega a reconocer su fracaso e impone rápidamente un control total de su territorio y habitantes, en la mejor tradición soviética, que ya sabemos cómo acaba, o asume con humildad que no puede seguir avanzando hacía ese mismo control total por la vía lenta, porque está exhausto. Al fin y al cabo, todo el problema de la deuda pública europea, los bancos privados y los bancos centrales, no es nada distinto que un inmenso simpa. ¡Que no les coja detrás de la barra del bar!

@rubenmansolivar


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