Desconfíen siempre del Gobierno

Un billón ya no es lo que era

La semana pasada el BCE inyectó más de medio billón de euros (unos 85 billones de pesetas) en financiación a tres años a la banca europea. El fin declarado era acabar con la crisis de liquidez en el sistema bancario europeo. El verdadero fin era otro: combatir, por lo menos durante los tres años que dura el crédito, las tensiones que los vencimientos de deuda pública y bancaria y los déficit públicos generan a estos dos grandes deudores: las banca y los Estados.

Fines nobles e innobles

Toda Europa, no sólo España, aunque España más, ha necesitado durante la fase expansiva del crédito mucha financiación para acometer, a su vez, la de los particulares y la del  mercado inmobiliario. Esta expansión del crédito se realizó con un fin noble y otro menos noble. El fin noble era facilitar el acceso de las capas más humildes de la población a la propiedad. El menos noble, enmascarar el deterioro de los salarios de esas capas mediante un aumento de su capacidad de compra basado, no en las ganancias de las mismas, sino en un aumento de su capacidad de endeudamiento.

El fin noble permitía a la banca, además, quitarse el sambenito de que sólo prestan a los que tienen. Ya no había excusas para no prestar a los que no tenían porque las autoridades lo prepararon todo para que así lo hicieran. Para ello, el BCE les proveyó de liquidez barata en abundancia; los Acuerdos de Basilea, de la posibilidad de apalancarse hasta extremos que se han mostrado poco prudentes (especialmente en las operaciones para la adquisición de vivienda), y los estímulos fiscales dirigieron el flujo del dinero al sector inmobiliario: podríamos llamarlo la “burbuja perfecta”, en lugar de la tormenta perfecta. Cuando las cosas han ido mal, las autoridades se han sentido corresponsables de la situación de las entidades, a pesar de las acusaciones de avaricia que ahora le han formulado, y han acudido en su rescate.

El fin innoble tenía dos vertientes. Una ya la he anunciado: el aumento de la capacidad de compra de salarios reales cada vez menores. La otra consiste en el aumento del consumo público sin una correlativa subida de los impuestos. El ciudadano podía consumir una mayor y mejor oferta de servicios públicos, lo que justificaba la pervivencia de los políticos y de sus aparatos, sin un incremento de la presión fiscal, lo cual no era sino otra manera de encubrir el deterioro salarial, con efectos negativos adicionales, ya que aquello que se ofrece gratuitamente no preocupa si se produce eficientemente, porque no se nota en el precio.

Ochenta y cinco billones de pesetas no es nada

En el momento actual, las entidades bancarias tienen dos tipos de activos: de un lado, activos con vencimientos muy largos, esto es, que se convierten en liquidez muy lentamente, como son los créditos para la adquisición de inmuebles, y, de otro, activos que nunca se sabe cuándo serán líquidos, como los créditos impagados y los inmuebles adjudicados. Sin embargo, el endeudamiento que tomaron en los mercados exteriores porque los europeos no ahorraban, está venciendo. Sólo hay una vía de donde pueden obtener efectivo para hacer frente a dichos vencimientos: vender deuda pública y no renovar la que va venciendo. La venta de dicha deuda a inversores exteriores a la zona euro tira de los precios de la misma hacia abajo, y de sus rentabilidades, hacia arriba, como se colige de la caída de los precios. Esto encarece el coste de las nuevas emisiones de los estados europeos. Estos necesitan que los tipos de interés no les suban para cuadrar sus cuentas y, además, requieren abundancia de prestamistas para incidir más en la bajada de esos tipos. No les basta con los prestamistas del resto del mundo. Así, ochenta y cinco billones de euros no son suficientes para que el crédito llegue al público en general. Ese dinero será para que las entidades refinancien su deuda y la de los estados, así como los déficit (nueva deuda) que continúan generando los estados, porque recordemos que la deuda sólo se reduce cuando los déficit pasan a ser superávit. En otras palabras: una reducción de los déficit sólo quiere decir que la deuda cada vez crece menos pero... crece, por lo que cada vez es mayor. Es lo mismo que el paro, si cada vez crece menos, igualmente habrá cada vez más parados. Necesitamos que la creación de empleo sea positiva para reducir el número de desempleados. 

Europa sólo puede salir de la crisis con más ahorro interior y más austeridad. De la austeridad comienza a hablarse; del ahorro, no, porque, como bien decía el subdirector de este medio, don Manuel López Torrents, en su blog la semana pasada, es un concepto de derechas (la realidad es de derechas, diría yo). Muchos dirán que no es justo que los europeos de a pie tengamos que pagar los errores de la gestión de nuestros políticos. No lo sé, porque nosotros los elegimos. Si nos engañaron, a lo mejor hay que pedir responsabilidades. A un consejo de administración no se le persigue porque los negocios entren en pérdidas, pero sí por no ajustarse a los presupuestos aprobados y por falsear la información financiera que publica. Ahora varias generaciones de europeos tendrán que pagar este desaguisado. Decía Chesterton que la tradición es la democracia de los muertos, de los que nos precedieron, y la deuda pública es la dictadura para las generaciones futuras, que no podrán elegir en qué gastar sus rentas. O sí: simplemente se irán de aquí.

@rubenmansolivar


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