Desconfíen siempre del Gobierno

¡Como si hubiera bancos buenos!

Ya tenemos nuevo Presidente del Gobierno y en breves horas Gobierno. Sin embargo, el nombre de este blog no varía. Sin embargo, no quería hablarles de eso, sino de la propuesta que ha hecho el señor Rajoy de creación de un banco malo con dinero público. Vamos a aclarar algunas cosas. No se trata de un banco, en tanto que sería una persona jurídica que no aceptaría fondos del público. Después de todo: ¿quién iba a querer depositar en una institución así? Pero eso es lo de menos. Lo importante es entender cómo se aventura su formación. Las entidades aportarían a dicha institución que sería pública sus activos inmobiliarios. A cambio dicha institución les entregaría bonos de deuda pública a muy largo plazo y ya se encargaría de ir liquidando dichos activos cuando pudiese.

Los inmuebles se podrían valorar a mercado o a un cambio mejor, pero eso es indiferente, porque lo que se entregaría a las instituciones vendedoras sería deuda pública cuyo nominal igualaría el valor de los inmuebles en los libros de los bancos. De ese modo las entidades no reconocerían pérdidas en el canje. ¿Quiere decir eso que se les estaría regalando a las entidades dinero en dicha operación? No, pero eso no quiere decir que no tenga coste para el contribuyente, como se afirmará por los defensores de la medida.

El valor de esta deuda pública en los mercados será, en el momento del canje, sin embargo, muy inferior a su nominal porque su tipo de interés nominal será muy bajo. Por ejemplo, si, como se especula, los bonos fueran a veinte años, bastaría con pagar a estos bonos un 4% menos que lo que se viene pagando por bonos similares ya en circulación, para que dichos títulos cotizaran en el momento de su entrega a las entidades con un 45% de descuento sobre el nominal. Es decir, las entidades entregarían, siguiendo con el ejemplo, activos que tienen valorados en sus balances a 100 por deuda pública de nominal 100, pero que el mercado valora en 55 porque pagará durante veinte años un interés del 2%, en lugar del 6%, que es lo razonable en las condiciones actuales de mercado.

Los bancos clasificarían esta deuda en la cartera de inversión a vencimiento. Dicha cartera se valora por su nominal, y sus minusvalías no reconocidas respecto del valor de mercado no se reducen de los recursos propios, según reforma de diciembre de 2010. La institución que necesite liquidez, podrá ir vendiendo los bonos recibidos en el mercado o descontarlos en el Banco Central Europeo. Si los vende, lo hará con pérdida, cada vez menor, según se va acercando su vencimiento.Así, cada entidad ajustará el calendario de venta de los bonos a sus necesidades. Aquella que no venda y aguante hasta el final, disfrazará la pérdida que no quiso reconocer (porque recordemos que entregó inmuebles que en balance figuraban por 100 a cambio de bonos cuyo valor de mercado es 45) por el rendimiento menor que durante los años que ha durado la emisión ha tenido (en nuestro caso veinte años cobrando un 4% menos). Si los descuenta, al menor rendimiento deberá restarle, además, el coste del descuento que ahora mismo es de un 1% anual.

Esta operación no provoca déficit cuando se monta, porque no es producto de un gasto no atendido por el Estado con sus ingresos corrientes que se financia con una emisión de deuda nueva.Aumenta la deuda en circulación por el importe de los bonos emitidos, pero no el endeudamiento neto del Estado que tiene la participación en el banco malo como un activo financiero que resta de la deuda para el cálculo de dicho endeudamiento neto. Sin embargo, no cabe duda de que esta operación subiría la prima de riesgo de la deuda pública española, por lo que el gasto por intereses en los próximos años también lo haría, lo que perjudica el control del déficit. El coste para el contribuyente sería el tipo de interés bonificado que se pagaría por la emisión especial de deuda pública para el canje por inmuebles más el incremento del tipo de emisión de la deuda pública, por incremento, a su vez, de la prima de riesgo, menos el beneficio (o pérdida) de la posterior puesta en el mercado de los activos adquiridos por el banco malo. Ya ven ¡Cómo si hubiera bancos buenos! que diría el castizo.


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