Desconfíen siempre del Gobierno

Podemos ser más puros

Si algo caracteriza a todos los totalitarismos, en cuanto aparecen los más leves signos del fracaso de sus políticas, es la insistencia en que las mismas no eran suficientemente intensas o suficientemente puras.  No tenemos más que revisar las periódicas campañas de propaganda que caracterizan a tales regímenes y que suelen ir acompañadas de depuraciones jurídico-políticas en las que los, hasta hace un momento, altos cargos, pasan a ser traidores de la revolución o del movimiento, agentes de extraños intereses, normalmente extranjeros, y, en todos los casos, individuos cuya pureza ideológica se ha demostrado insuficiente, porque de otro modo nada habría fracasado.

Persistamos en los errores

Así casi se podría afirmar que la persistencia en el error, la negativa a abandonar el camino que nos ha conducido hasta situaciones muy distintas a las deseadas, no es sino una prueba de que nos hayamos en un régimen totalitario o, al menos, con fuertes rasgos de totalitarismo.

Occidente está en una grave crisis de la que los aspectos económicos no son sino el epicentro del fenómeno, como suele ocurrir en todos los errores políticos

Occidente está en una grave crisis de la que los aspectos económicos no son sino el epicentro del fenómeno, como suele ocurrir en todos los errores políticos. Sin embargo, ninguna de las soluciones pasa por desmontar el Estado Creciente del Bienestar Siempre Insaciable que nos ha llevado a la actual situación: estados incapaces de hacer frente, se mire como se mire, a unos compromisos cuya satisfacción requiere ahogar a los más débiles de sus ciudadanos. Algo así como la insistencia soviética y cubana en el hambre socialista del proletariado para alcanzar el paraíso comunista que nunca llegó. La producción en los ejemplos históricos que tenemos se dedicaba a complacer las necesidades de la Revolución Mundial que, cuando llegase, y nunca llegó después de setenta y cinco años, instauraría la utopía en la Tierra.

Ahora parece que la incapacidad de los estados para ofrecer solución a sus ciudadanos requiere continuar con las políticas que nos han llevado hasta aquí: endeudamiento excesivo, déficit públicos continuados y bienes y servicios públicos que no se pueden pagar con los elevados impuestos que soporta la población. Para ello exigimos tipos de interés bajos y bancos centrales que financien a los estados y, recientemente, a las empresas; un gasto público que supera siempre a los ingresos, antes aún de pagar el servicio de la deuda; e impuestos que para alcanzar altos volúmenes, aunque insuficientes, tienen que girar sobre aquellos que no tienen la posibilidad de abandonar su residencia: los menos preparados y los más viejos. Pagar impuestos sobre la renta es una de las formas que ha tomado la esclavitud o el servilismo moderno. Otra es el subsidio, que hace a los individuos dependientes del que graciosamente, con cargo a otros, lo otorga. Como no hay mayor esclavitud que la que se niega: todos piensan que los impuestos los pagan otros y que lo que reciben no es subsidio, sino remuneración justa dadas sus circunstancias.

Con esta mentalidad de esclavos es difícil esperar otros resultados de los comicios electorales que los que se anuncian: más socialdemocracia. Más dependencia de lo político respecto de los mercados para financiar el gasto exigido, más impuestos sobre menos riqueza porque el sistema nos ha empobrecido y más limosna porque tenemos derecho por existir a que nos aseguren la subsistencia. Las democracias nórdicas dieron una lección al mundo de que esa no era la solución en los años ochenta, justo tras la caída del comunismo. Aquí parece que no nos hemos enterado o que hemos optado por el totalitarismo: incidir en el error para mantener a las clases dirigentes.


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