Desconfíen siempre del Gobierno

¿Podemos con los mercados?

Una de las reflexiones que más en alto hacen los políticos, del color que sean, es la de la preeminencia del poder de  los mercados sobre el poder político. Este debate público se centra sobre muchos aspectos de las finanzas  públicas, pero es especialmente interesante cuando lo hace en dos de ellos: el problema de la deuda pública y el de la reglamentación de determinados servicios, que tantas connivencias crea entre los poderes económicos y políticos.

No hace falta oír a don Pablo Iglesias para escuchar quejas sobre la incapacidad de los Gobiernos para hacerse con recursos con los que financiar sus actividades si no cuentan con el concurso de los mercados. El mismo señor Rajoy, en los momentos en que la prima de riesgo aplicada a la deuda española estaba en máximos,  decía no entender por qué los mercados tenían que dictarle el tipo de interés, que comenzaba a ser insufrible, aplicable al endeudamiento público.

El poder a los mercados se lo dio el Estado del Bienestar

La cuestión es más fácil de entender de lo que los enamorados de teorías conspiratorias y élites ocultas creen. El poder a los mercados se lo dio el Estado del Bienestar. La idea de Estado del Bienestar puede ser bonita, pero no es buena. Sobre todo, la de un Estado del Bienestar siempre creciente cuyas actividades no pueden ser sufragadas suficientemente con los impuestos de los ciudadanos porque se volvería más antipático que simpático. Así que la diferencia hay que pedirla prestada. Si el préstamo para cubrir la diferencia pudiera tomarse de los ciudadanos-súbditos del propio Estado, tampoco habría problemas: nada impide a este último regular moratorias y quitas de la deuda en manos de sus propios ciudadanos-súbditos. De hecho, la propaganda contra aquellos que pretendieran hacer valer sus derechos a cobrar sus intereses y principal sería muy fácil: no dejarían de ser unos personajes insolidarios que pretenden enriquecerse a costa del común (dejando al margen las consecuencias que sobre futuras peticiones de crédito a estos sujetos tendría tal actuación).  Sin embargo, la capacidad de ahorro, o la cultura de ahorro, o ambas cosas, de los ciudadanos-súbditos se ha visto muy mermada o, simplemente, no es suficiente para financiar el tamaño de los continuos déficit públicos en el que incurren los Estados modernos. Así que no ha habido más remedio que solicitar crédito a ciudadanos-no súbditos, o dicho de otro modo: a extranjeros.  Y aquí es donde un Estado encuentra sus limitaciones: usted podrá no pagar a los suyos pero no a los otros.  O sí, como pretenden algunos, pero las consecuencias no deseadas se notarán muy rápido.

La culpa es del ahorro exterior

Así, la transferencia de poder desde el ámbito político al económico, y extranjero, añadiría yo, no tiene otro origen que ese: la necesidad de recurrir al ahorro exterior para financiar el Estado Creciente del Bienestar.  La austeridad, no la que propone el Gobierno que padecemos, asegura la independencia de lo político respecto de lo económico, porque interdependencia, como es lógico, siempre habrá. Los defensores de lo político no son, como creen ellos, los enamorados de las políticas de gasto público. Esto lo sabe cualquier empresario y muchos antiguos empresarios lo han aprendido durante la crisis: cuando la deuda se vuelve insoportable, su dueño es su banco.  Si alguien quiere recuperar poder para lo político, que deje de endeudarse. Reduzca sus actividades a aquellas que puede financiar razonablemente en tiempos de crisis, no de bonanza, como hacen los empresarios y las familias prudentes.

Otro día hablaremos de la regulación: otra forma que ha tenido el Estado del Bienestar de ser copado por el poder político, porque las ideas no sólo deben ser bonitas, tienen que ser además buenas.


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