Desconfíen siempre del Gobierno

Limitando Ingresos

La semana pasada les explicaba por qué la discusión acerca de cuál es la prima de riesgo de no retorno me parece falta de sentido: la insolvencia de un Estado aparece, como la de cualquier particular, en el momento en que la diferencia entre sus ingresos y gastos antes del pago de intereses impiden pagar estos últimos de manera continuada. Los Estados han soslayado esta limitación mediante el proceso de emisión de moneda sin limitación. Esto genera inflación o, lo que es lo mismo, una expropiación de los acreedores, lo que incluye a aquellos como los pensionistas, que no son sino acreedores del Estado, puesto que nada deben entregar en el futuro a cambio de sus haberes en favor de los deudores, lo que incluye al Estado. Esto no es sino una expropiación de los que ahorran y los que ahorraron, reduciendo su consumo pasado, en favor de los que consumieron en exceso. Este argumento lo entiende cualquier experto contable o un buen financiero o actuario de seguros; un pequeño comerciante y un ama de casa, también. Pero como bien indica Jesús Cacho en su último artículo en este diario (aquí estoy haciendo méritos para que me renueven esta colaboración): Si cualquier persona sensata sabe que en su familia sólo puede gastar aquello que ingresa, y que, de no hacerlo así, se meterá en serios problemas, ¿por qué esa resistencia a aplicar la misma regla en el caso del Estado?

Voy pues a darle una vuelta adicional a los sinsentidos de las medidas de política económica que, sin embargo, han recibido el aplauso de la mayoría de la opinión pública. En concreto, pretendo comentar esta semana la famosa norma de limitar los déficit públicos. Absurda era la norma de limitar los déficit públicos al 3% confiando en mejoras futuras de los saldos públicos que nunca llegan. Pero no era eso lo que pretendía criticar, sino la reciente medida de reforma constitucional de la limitación de los déficit, sin entrar en la letra menuda de su aplicación a partir de 2020, porque eso ya suena a tomadura de pelo. Ninguna empresa ni familia se gestiona sobre una limitación de los déficit, sino sobre la limitación que para los gastos suponen los ingresos. Las unidades económicas diferentes del Estado no se gestionan para que haya déficit cero, sino para que los gastos no superen los ingresos, que no es lo mismo. Lo que hay que limitarle al Estado son los ingresos que puede pedir del sector privado para que a partir de ahí sepa cuánto puede gastar. Lo que se ha aprobado recientemente es una limitación del déficit, pero no de los ingresos, por lo que, dada la tendencia a gastar de toda institución humana, estos últimos subirán hasta que igualen a los gastos, que no tienen límite. Imaginen la escena de una familia donde el cónyuge A, encargado de obtener los ingresos, le indica al cónyuge B, encargado de la administración doméstica, que hay que acabar el año sin déficit. ¡Pues ya saben ustedes la de horas extras que va a tener que dedicar A a satisfacer la voracidad consumista de B! Incluso aunque B sólo gaste para mimar a A, para quien siempre quiere lo mejor. El sentido común nos indica que cuando A era un varón y B una mujer, A le decía a B: “esto es lo que hay”, y B, que quería lo mejor para A, pero no tenía ni la posibilidad de endeudarse ni de aprobar quitas unilaterales, ni de entregar vales de general aceptación a los tenderos de la calle, ni de trasladar a A el problema de cuadrar las cuentas porque ya trabajaba bastante el pobre, gastaba lo que A le había entregado y dejaba para mejor momento la adquisición de muchas cosas que A, sin duda, se merecía. Si por un revés de la fortuna, o un descuido, se producía, sin embargo, un déficit continuado, había que vender las joyas de la abuela para evitar que los bancos se comieran el patrimonio familiar y, una vez solventado el problema inmediato, el temido embargo, volver a gastar menos de lo que se ingresaba.

¿Esto es de cajón? No sé qué decirles. A mí me parece que es como la ley de la gravedad o tantas leyes naturales que los hombres con su inteligencia descubren y aplican en su favor, pero que, cuando las vulneran, operan en su contra.


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