Desconfíen siempre del Gobierno

Grecia nos lleva ventaja

La semana pasada, como consecuencia de la nacionalización de Bankia y del consiguiente disparo de la prima de riesgo, se han desatado los rumores sobre la posibilidad de un “corralito” en España. Me gustaría aclarar que esto es imposible en tanto nuestro país permanezca en el euro, como lo ha sido para Grecia. La imposibilidad no deriva de las bondades de la moneda común, que no deja de ser una moneda meramente fiduciaria, es decir, basada en la confianza, como, por otra parte, lo eran también la peseta y el dracma. La imposibilidad se debe a lo que ahora se llama la arquitectura del sistema.

¿Qué hace un banco central?

Para entender por qué es imposible, me veo obligado a recordarles, y ustedes me perdonarán la osadía, cómo funciona el sistema bancario y el papel que en todo esto representa el Banco Central Europeo (mi denostado BCE). Los bancos privados no hacen nada que usted y yo no podamos hacer, excepto una cosa que luego les diré. Al fin y al cabo, el Código Civil nos permite a todos tomar prestado, prestar e invertir. Los bancos son los únicos a los que se les permite endeudarse a la vista; es decir, comprometerse a devolver lo recibido en cualquier momento. Se trata de los denominados “depósitos a la vista”. Esta actividad es harto peligrosa, como creo que les he explicado en alguna ocasión anterior, ya que los bancos invierten a largo plazo y se endeudan en una proporción importante, con el compromiso de devolverlo en cualquier momento. Es por eso por lo que la actividad se encuentra restringida a un grupo de empresas, las entidades de crédito, las cuales, a cambio de dicho privilegio, aceptan ser supervisadas y reguladas por las autoridades más que ningún otro grupo empresarial, pero que gozan de un compromiso del banco central correspondiente. Dicho compromiso es una de las funciones constitutivas de dicho banco y se conoce como last resort lender, en los manuales, o función de prestamista en última instancia, en castellano.

Así, el banco central está obligado, en el caso de una retirada masiva de depósitos, a acudir en socorro de los bancos privados que se vean afectados por la misma, anticipándoles la liquidez suficiente y de manera ilimitada. Por este motivo, Grecia no ha presentado “corralito” hasta la fecha, ya que, cuando se desatan los rumores y el público retira más de lo habitual, el BCE adelanta a los bancos privados lo que necesitan. Le puede gustar o no al BCE, pero es su obligación. Lo mismo pasaría en España si los depositantes de Bankia se asustaran mucho o si nos asustáramos todos y retiráramos nuestros ahorros, de forma masiva, de las entidades de crédito. Cuando explico esto, con frecuencia me recuerdan que en Argentina no se permitió la retirada masiva de depósitos, pero se nos olvida que, en Argentina, lo que retiraban los argentinos no eran pesos, sino dólares, y que la liquidez en dólares sólo la puede garantizar la Reserva Federal de los Estados Unidos, la cual sólo la garantiza a los bancos a los que previamente ha autorizado a realizar su actividad en los Estados Unidos, y no en Argentina. El Banco Central de la República Argentina aseguró, tras el corralito, toda la liquidez del mundo en pesos, pero no en dólares. Por lo tanto, en todos los bancos de Grecia y de España no puede haber corralito mientras ambas naciones sigan utilizando el euro.

Grecia no tiene banco central

El principal problema al que se enfrenta Grecia por seguir utilizando el euro consiste en que no cuenta con un banco central que lo pueda fabricar para pagar a sus acreedores. Dicha actividad generaría inflación y, a la vez, esas políticas absurdas que ahora pretenden llamar “de crecimiento”, pero que no son sino progresos en la marcha hacia el acantilado. Grecia paga elevados tipos de interés porque existen dudas razonables acerca de su capacidad de conseguir los euros necesarios para pagar su deuda pública. Sin embargo, si la deuda estuviese en dracmas, los tipos serían más bajos, porque nadie dudaría de que podría pagar; eso sí, con una moneda que cada vez tendría menos poder adquisitivo. El dilema de Grecia es, por tanto, irse o no del euro.

Si se va, y redenomina su deuda en dracmas, podrá pagar, aunque lo que entregue sea algo casi sin valor: unos billetes emitidos por el Banco Central de Grecia, que dispararán la inflación en el corto plazo ante la avalancha de los mismos. De optar por esta solución, la banca griega debería redenominar a la nueva moneda sus activos y pasivos interiores, esto es, lo que le deben los residentes en Grecia, y lo que debe a éstos, por dos motivos: primero, porque le será imposible cobrar en euros a unos residentes que, a partir de ahora, van a cobrar en dracmas, y, segundo, porque si va a cobrar en dracmas a los prestamistas residentes, no parece razonable que se le obligue a pagar en euros a los depositantes residentes.

Pero, como hemos indicado, si los depositantes griegos temen que su nación abandone el euro, pueden comenzar a retirar sus depósitos, obligando así al BCE a cumplir con su función mientras Grecia esté dentro del euro. Se trata, como ven, de un problema de difícil solución para las autoridades europeas y en el que Grecia les tiene cogidas por los doblones: mientras Grecia no abandone el euro, no puede haber corralito, o, lo que es lo mismo, el BCE puede verse obligado a inyectar liquidez a los bancos griegos hasta llegar a ser el único acreedor de los mismos. Puede pensarse que, en algún momento, el BCE podría negarse a continuar esta actividad, pero no es así: por la misma razón por la que un banco privado no puede oponerse a entregar a cualquier depositante a la vista o cuyo saldo esté vencido, dicho saldo sin presentar suspensión de pagos, un banco central no puede rehusar entregar a un banco privado de su sistema toda la liquidez que necesite para hacer frente a una retirada masiva de depósitos. Negarse es tanto como decir que dicho banco central está en suspensión de pagos y, obviamente, pudiendo fabricar aquello con lo que se paga, ¿para qué pasar por el bochorno y los peligros de la suspensión?

Los bonos de nunca jamás

Por otro lado, si Grecia no abandona el euro, inevitablemente su Estado presentará, antes o después, la suspensión de pagos, que afectará a los tenedores de dicha deuda, los cuales, si son bancos, pueden quebrar, lo que es distinto de la suspensión de pagos. La quiebra supone simplemente que los acreedores de dichos bancos, bien sean depositantes, bien sea el BCE, no recuperarán nunca lo que prestaron, al margen de las posibles actuaciones de algún mecanismo de garantía de depósitos, ya que nunca se llegarían a cobrar los bonos griegos. Por este motivo, todo el sistema bancario – banqueros y autoridades – va operando para que toda la deuda pública de dudosa calidad de la zona euro vaya acabando en el balance del BCE. Estos bonos serían los del País de Nunca Jamás, aquél donde, como recuerdan, nadie alcanza la edad adulta y, por lo tanto, no hace frente a sus obligaciones.

Al final, si el BCE no cobra la deuda, no pasa nada, o, al menos, eso creen nuestras autoridades, porque un banco central no se financia ni prestando ni pidiendo a sus accionistas, sino que lo hace fabricando billetes. Toda la liquidez que se inyectó por esos bonos quedaría para siempre en circulación, con el consiguiente efecto sobre el nivel general de precios de toda la eurozona. El problema es, como siempre, de índole moral: ¿Y si los quebrados le cogen el gusto a esto de no pagar a costa de la inflación de los demás?

En realidad no pretendía extenderme tanto. Sólo quería que estuvieran tranquilos: Grecia nos lleva unos pocos años de ventaja.

@rubenmansolivar


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