Desconfíen siempre del Gobierno

Dar créditos sin romper huevos

Si algo caracteriza a la forma de razonar de nuestras autoridades es la ausencia de total respeto por la lógica. Ahora el FMI, ese organismo que, como todos los organismos internacionales, vive de la práctica subvencionada del onanismo intelectual, pide a las entidades financieras que aumenten su capital para que puedan, a su vez, dar más crédito.

El crédito es un producto que las entidades fabrican combinando en las proporciones legales establecidas dinero ajeno y dinero propio. Cuando la proporción de dinero propio exigida es más alta, los bancos sólo pueden mantener el volumen de crédito aumentando este último, en caso contrario se verán obligados a ir reduciendo dicho volumen y a devolver el ajeno. Este proceso último, reducción del crédito y del consiguiente endeudamiento tomado para su concesión, es lo que llamamos desapalancamiento. En el desapalancamiento es en lo que está todo el sector, como consecuencia de las mayores exigencias de capital que las autoridades han impuesto al mismo. Y lo están porque aumentar la proporción de dinero propio en el corto plazo es muy difícil.

Las exigencias de capital

Las autoridades permitieron a las entidades trabajar durante años con una proporción muy baja de dinero propio. Los modelos estadísticos basados en la metodología de Basilea les decían que se podía funcionar así. De repente la crisis demostró que no, que hacía falta más y rápidamente se incrementaron por exigencia legal dichas proporciones. En España de manera más acusada y antes, lo que provocó una caída del volumen de crédito más grande y más rápida.

Las entidades no tienen más dinero propio que el que sus accionistas y potenciales accionistas quieran poner más los beneficios que decidan no retirar (que no deja de ser una manera de aportar en dos fases: primero lo gano, luego decido no retirarlo). Una comunicación como la que hace el FMI ahora no deja de ser un brindis al sol porque no va dirigida a quienes se interpela, las entidades, sino a sus actuales y futuros accionistas y, en un ambiente de libertad de mercado, a nadie se le puede exigir que arriesgue su capital.

Las autoridades entran en contradicción permanentemente. Sabían perfectamente, y si no lo sabían peor aún, que el incremento de la proporción de capitales propios iba a reducir el volumen de crédito. De hecho se ha reducido, a pesar de la política de facilidad crediticia de los bancos centrales. La crisis era fruto de una expansión crediticia fruto de dos actuaciones públicas: el incremento de la base monetaria por parte de las autoridades monetarias occidentales y el establecimiento de unos requerimientos de recursos propios a las entidades extraordinariamente bajos. Lo sabían. Intentaron incidir en la primera actuación, provocando la necesidad de las instituciones de vender aceleradamente activos que, en consecuencia, cayeron de precio provocando pérdidas a las entidades y, consiguientemente, un deterioro de sus cifras de capital hasta situaciones cercanas a la quiebra. Tras esto, decidieron volver a dar facilidad crediticia, especialmente porque las caídas de precios de los activos públicos causan problemas de financiación a los Estados: los activos volátiles no interesan; e incrementar las exigencias de recursos propios. Estas últimas redujeron la inversión de las entidades, salvo en deuda pública que, al fin y al cabo, puede ser adquirida en su totalidad con dinero ajeno.

Los huevos de las autoridades

Estos son los problemas del diseño público de las instituciones: pretenden alcanzarse todos los objetivos que nos parecen plausibles. Se ha intentado crédito abundante y barato para todos, lo que incluye al sector público, como si el crédito pudiera crecer de manera ilimitada, como si no hubiera restricciones a su importe porque es algo así como un objeto ideal no sujeto a las restricciones de la realidad. Sin embargo, como todas las creaciones humanas, materiales e inmateriales, no es así.

Para hacer tortillas no sólo hacen falta huevos, además hay que romperlos. Los huevos sólo no bastan, hay que estar dispuestos a romperlos. Las autoridades saben lo que hace falta y cómo hay que hacerlo (¿o no? Que diría un presidente del Gobierno). Les falta, como siempre, el valor para romper los huevos.


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