Desconfíen siempre del Gobierno

Catalanes: os queremos

Lo más triste de los argumentos para que Cataluña no deje de formar parte de España está en lo prosaico de los mismos. Toda la argumentación es económica: Cataluña perdería mucho en términos de bienestar material si se independizase. España también perdería mucho, se añade en ocasiones. No cabe duda que ambas partes, pero más la más pequeña, sufrirían un importante quebranto en sus niveles de riqueza, pero éste, el económico, no puede ser el argumento por más que sea uno de los que los independentistas utilicen para enardecer a sus seguidores y posibles seguidores.

El desapego de algunos catalanes

No puede serlo porque lo que subyace en el desapego de muchos catalanes no es sino de tipo sentimental. Como sentimental que es, no es racional, pero no se me entienda que mi calificación de irracional tiene connotaciones negativas. Simplemente digo que el motivo fundamental de la querencia por la independencia es una cuestión que tiene que ver con el amor. Incidir en lo material para que Cataluña no deje de formar parte de España es como decirle a tu esposa, harta de ti, que no se divorcie por el enorme perjuicio económico que vais a sufrir ambas partes. Eso ya lo sabe ella, pero le compensa o, al menos, eso cree. Es posible que no sea más libre sin ti, acosada por las nuevas servidumbres que le imponga su nueva situación, pero le compensa o, al menos, eso cree.

Está claro que hay que saber por qué quieren divorciarse. Es posible que tengamos la culpa de algo y debamos corregirlo, pero eso no nos puede generar tampoco un sentimiento de culpabilidad que nos motive para aceptar cualquier condición. Sólo debemos corregir lo que es erróneo en nuestro comportamiento. Ella debería hacer lo mismo, si tiene buena voluntad. Nosotros no podemos dejar de argumentar aquello de lo que estamos convencidos, pero no reduzcamos el problema a un problema de dinero. Eso no va a funcionar.

Nuestra historia común nos puede dar razones, pero el hombre es un ser que se proyecta al futuro. Es cierto que desde el pasado, pero lo que cotiza, como en los mercados, es la representación que nos hacemos de lo que está por venir. Seguramente necesitaremos ver si desde el presente, como en tantas parejas cuando entran en crisis, se está reinterpretando el pasado según lo que conviene al futuro que imaginamos. Eso es un ejercicio de honestidad intelectual difícil y, a veces, doloroso, pero hay que hacerlo. Si el pasado, a pesar de los disgustos, fue bueno y el futuro puede no ser el que pensamos, tal vez haya que replantearse toda la cuestión. Si una de las partes no está dispuesta a hacer esto, será muy difícil llegar a un acuerdo pacífico. Nadie está con quien no quiere estar.

La manipulación de los niños

Luego están los niños. Ninguno puede decidir por ellos, ni arrogarse una mayor representatividad de los intereses de los mismos que el otro. Tampoco puede utilizarlos en contra del otro. Es seguro que en el problema con Cataluña, como en todos los divorcios, la cuestión sea sólo de los adultos que, aunque sean los que deben discutir por qué se ha llegado hasta aquí, deberían sobreponerse a sus intereses, antes de poder afirmar que lo hacen por los niños y aceptar que desconocen los de éstos, y que, a priori, cualquier ruptura es traumática y ésta, también.

Dicho esto, no puedo dejar de manifestar que me duele que Cataluña, que es España, pueda llegar a dejar de serlo. Me gusta Cataluña y amo a los catalanes, como sólo puedo amar a los españoles, aunque ame más a los castellanos viejos y a los andaluces, porque Castilla y Andalucía son mis patrias chicas, de donde provengo la primera, donde me crié la segunda. Pero no puedo imaginarme mi relación con un catalán como la que mantengo con un francés, porque un catalán es un español. Es distinto de un navarro, pero lo quiero igual porque es español. Sus diferencias, las de los navarros y las de los catalanes, respecto de mí, castellano y andaluz, a veces me gustan y a veces me exasperan, pero esto me pasa también con mis hermanos y no por eso me deshermano de ellos. Es un sano ejercicio de humildad aceptar que los demás son distintos y, probablemente por ello, mejores.


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