Desconfíen siempre del Gobierno

Cal viva para los números

Le sorprendía una vez al gran Paco Umbral la persistencia de los registros contables. Especialmente porque, cuando todo el escándalo de los GAL, no fueron los cadáveres de Lasa y Zabala, debidamente evaporados en cal viva, los que terminaron por señalar a los responsables de sus asesinatos, sino que fueron los registros de los pagos con tarjetas de los implicados en los crímenes los que, finalmente, pusieron a la vista todo el pastel. En el fondo es lo mismo que siempre se cuenta de Al Capone: no fue a la cárcel por asesino sino por defraudador fiscal. Está claro que la contabilidad es un arma cargada de prisiones, como la poesía lo era de futuro según Celaya.

Sin embargo, comienzo a pensar que ha surgido, por fin, la cal viva que reduce los libros de contabilidad al polvo del que todos venimos y en el que todos acabaremos. Esa cal viva es el ruido mediático. Así, nos hemos pasado en España despotricando de todo y de todos, hasta que hace unas pocas semanas se ha relajado la prima de riesgo, como si lo que nos estuviera pasando no tuviera que ver con nosotros mismos sino con otros. Y tenía, y tiene, que ver con nosotros mismos. En concreto con nuestras cuentas públicas.

Así, hace apenas un par de semanas, a la vuelta de vacaciones, se ha publicado por parte del Ministerio de Economía y Competitividad (no sé qué hace esta palabra en la definición del ministerio, pero bueno) el déficit de caja de la Administración Central del Estado al cierre de julio. Tras la lectura de dicho déficit descubres que todo lo que nos está pasando tiene que ver mucho con lo que hacemos, que los mercados lo saben, pero que el español corriente y sus medios de comunicación prefieren estar en no sé qué discusiones que, como cal viva, hacen desaparecer lo que la contabilidad nacional nos viene diciendo.

¿Y qué nos viene diciendo la contabilidad nacional?

Pues mire usted, que diría el castizo, que el déficit de caja de la Administración Central del Estado, la diferencia entre lo que ésta cobra y paga, ha crecido en un 50% respecto del cierre del mismo mes del año pasado. Ya sé que algunos me dirán que tenga en cuenta mejor el criterio del devengo (un tecnicismo contable) para el cálculo del déficit. Bueno, vale. Aceptamos pulpo… pero es que con dicho criterio el déficit ha crecido el 26%. ¿Pero cómo podemos estar todo, todito el día, mi alma, reflexionando de que tenemos un problema de déficit excesivo y continuar con estas tasas de crecimiento del mismo? Y sobre todo ¿cómo es posible que entre tanta reflexión, tertulia, artículo, opereta, manifestación pro independencia, reclamación de pacto fiscal y cartita de Su Majestad Católica el Rey de las Españas, nadie comente nada, salvo algún breve en prensa que pasa desapercibido, porque los números son un conchazo, por decirlo en rioplatense?

No quiero comentarles los detalles del déficit: que si el gasto por intereses de la deuda se ha más que doblado, o que más de la mitad de los ingresos del Estado en este periodo corresponde a un extraordinario que no se va a repetir, como es la liquidación del sistema de financiación autonómica de 2010. No quiero, porque me pierdo. Los gastos corrientes no están contenidos, sólo reducimos los de inversión que ya casi son cero, por lo que no podrán reducirse más. Las administraciones locales y autonómicas se llevan casi la mitad de los ingresos del Estado que, además, ha incrementado fuertemente su gasto por transferencias a las mismas. Y todo esto pasa, insisto, desapercibido, como si fuera un lugar común para rellenar espacios en la discusión pública. Si no me creen, véanlo ustedes en el Boletín de Coyuntura Económica Semanal del Ministerio de Economía y Competitividad, pero cuando lo hagan respiren hondo y bébanse un termo de tila del tamaño de nuestro déficit. Lo demás, es tentar mucho a su salud.


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