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El último día o no

No sé si es la melancolía característica de quien vive lejos de casa. No sé si es el impacto de la ilusión desbordante de lo que me toca tener al lado, ese Chile creciente. No sé si es una deformación imaginaria. No sé si es pesimismo o cruda realidad, temor o desconfianza. No sé. Lo que sé es que es tristeza. Que miro al partido que se viene con el corazón encogido y ganas de llorar, el sonido de fondo de una canción de Los Secretos en vez de un vals. Y la pluma juntando letras sin querer en primera persona.

No es que el Mundial se haya acabado para España. Depende de sí misma aún, tiene un panorama similar al que se encontró en Suráfrica a estas horas, las dificultades propias de todo camino deportivo, los mismos puertos de primera que ascender que cuando se subió a la gloria. No es una certeza. Pero es una posibilidad. Una hipótesis que gobierna el ánimo. ¿Y si hoy se termina todo? Como escribe Enrique Marín, ingenioso siempre en giros y frases, no sería el final de nada, como antes, sino el final de algo, de la mejor selección española de todos los tiempos. O sea, el final de todo. Por eso sé que es tristeza.

Como esos enfermos terminales que ven una luz al fondo y desfilar a toda velocidad su pasado, dicen, la mejor España de todos los tiempos, posiblemente el mejor equipo del mundo, se reproduce precipitada y desordenadamente por mi memoria. Se agolpa. Y pasa deprisa Luis Aragonés, Viena, Marcos Senna, la semifinal con Rusia, Raúl hasta en la sopa, el gol del Niño, las clases magistrales de Xavi, las paradas de Casillas, los penaltis con Italia, el cabezazo de Puyol, la puntualidad repetida de Villa, el toque más el toque, Silva, Cesc de falso nueve, Wallas, el sexador de pollos, la flema de Vicente, Ramos a lo panenka, un pase tras otro, Suráfrica y por supuesto Iniesta, su gol, el gol... Quizás vuelva de la luz blanca como vuelven tantos, quizás gane España y aún le quede unas gotas de vida a la mejor selección de todos los tiempos. Pero lo mismo no la volvemos a ver. Pero la recordaremos. Siempre.

Lo seguro es que España está en las mejores manos para perder. Y lo digo como elogio extremo. Discutido como entrenador, como convocador de jugadores, lo que nadie puede echar en cara al seleccionador español es su conmovedor compromiso con las formas y el saber estar. Su conferencia de prensa previa al día D, quién sabe si el de la continuidad o el de la muerte, fue nuevamente ejemplar. España supo ganar mejor que nadie, con un fútbol virtuoso lleno de educación y buen gusto, durante la última década. Sólo le queda perder con la misma grandeza. Que si pasa ya será para siempre. No se sabe cuando acabará el sueño, igual esta tarde. Lo imprescindible es que se acabe bien. Para cerrar el círculo. Como exije Del Bosque. El equipo perfecto.


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