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Adiós y relevo

Ocho veces se besó el escudo, o nueve, o diez. Quizás fue demagogia, sobreactuación para lo reducido ya de la cita, la búsqueda de una foto, o lo mismo fue emoción verdadera, la reacción de quien sabía en ese momento que era su última celebración con la selección, el acto de despedida. Villa hizo lo que ha hecho siempre, especialmente con esa camiseta que llenó de besos puesta, marcar. Un tanto hermoso, además, un taconazo cruzado como respuesta a un pase de la muerte de Juanfran, que corrió hasta la línea de fondo a por un servicio profundo de Iniesta (la combinación básica que tanto le faltó a España en esta Copa del Mundo). Se va el Guaje con 59 goles en 97 partidos, una plusmarca que no será fácil batir.

Ese gol, y el posterior del Niño Torres, que no se besó el escudo, ni sobreactuó, que apenas lo festejó aunque también fue el cierre definitivo a su aventura internacional, tras otro pase interior maravilloso de Iniesta (el líder de la selección que viene, el nexo que conectará una era y otra), y un tercero de Mata, fue la mejor forma que encontró la Roja de decir adiós a un ciclo maravilloso, el mejor de su historia, y a una competición que le sacó abiertamente los colores. Un broche de dignidad para un tránsito calamitoso. Concluyó el suplicio. Llegan las consecuencias, la toma de decisiones. Muchos jugadores, lo hagan oficial o no, ya saben que no volverán: Xavi, Xabi, Torres, Villa, Casillas… La hornada maravillosa.

Lo de Del Bosque, en cambio, no parece decidido. O sí. Porque Brasil 2014 le señala indiscutiblemente. El fin de ciclo también pasa por su relevo. Aunque no como castigo, ni desprecio por su pasado. Todo lo contrario. Con gratitud extrema y naturalidad absoluta, la que siempre contribuyó personalmente a transmitir durante su magisterio. Pero la selección, sí o sí, exige un cambio.


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