Han pasado ya diez años, y el tiempo corre rápido, pero hay cosas que no se olvidan. La vida del protagonista ha cambiado drásticamente, a peor, a mucho peor. Pero los recuerdos quedan. Tiger Woods hizo, en el Masters de Augusta, (solo diez años, nada menos que diez años) un golpe que pasará a la historia del golf. Quizá el mejor de todos los tiempos.

Hablamos de una imposibilidad física, algo que solo se entiende cuando se ve y, aún así, hay muchas dudas de que lo visto sea real y no un montaje bien pertrechado. Hay gente en la imagen, de fondo, viendo al ídolo, con cara de incredulidad. Cualquiera puede pensar que hay truco, que algún sistema mecánico empuja la bola hasta el hoyo para darle más brillo a la carrera de Woods. Si hubiese un mundo de conspiraciones detrás del golf las teorías serían casi infinitas. Se ve otra vez y sigue sin comprenderse.

Woods está en el hoyo 16. Ha pasado ya el Amen Corner, la parte más célebre del campo de Augusta que comprende los hoyos 11, 12 y 13. El genio lleva un golpe de ventaja sobre Chris di Marco, pero se ha equivocado en el planteamiento y ha dejado la bola fuera del green. Su rival tiene un golpe fácil para igualarle en la clasificación. Woods duda, mira la jugada, la estudia con su caddie, ese caddie con quien terminaría mal pero que, en aquel momento, era sus ojos y su cabeza.

Es un tiro imposible, de esos en los que es mejor asegurar que ir a por el agujero, pues nadie sabe dónde puede terminar la bola con un exceso de ambición. Pero el que tiene el palo en las manos es uno de los dos o tres mejores jugadores que se han visto nunca así que ¿quién mejor que él para intentarlo? Se coloca, coge el chip. Se olvida de la bandera, sabe que las ondulaciones del terreno dejan lejos de su alcance el tiro directo. Apunta a la izquierda del hoyo, y la bola va raseando. Se ha quedado muy lejos, se piensa al verlo. También es lo normal cuando ni siquiera se ha tirado al hoyo. Pero no, la bola, como empujada por fuerzas ocultas, cambia de ritmo, empieza a caer, justo hacia la bandera. El siguiente plano deja claro ya que lo que se ha visto es una obra de arte, aunque cualquier espectador diría que no va a caer en el agujero. Sí, se va a quedar cerca, pues la bola ha cogido la buena dirección, pero parece que se va a marchar ligeramente por la derecha.

No. Como si la bola fuese acero y el hoyo un imán cambia un poco más aún de dirección, lo justo para ir a la meta. Llega la siguiente pregunta ¿le habrá dado la fuerza suficiente? La pelota hace tiempo que pierde gasolina y cada centímetro de hierba que le pasa por debajo va frenando su intento. Se queda en el quicio del hoyo, lo que sería un gran golpe por sí mismo, pero no tan bueno como terminaría siendo. El hoyo, como si fuese una aspiradora, se traga la bola de Woods. Lo ha hecho. Vuelvan a verlo, el golpe no es posible.

Woods ganó, claro. Era, con diferencia, el mejor golfista del circuito, y en un deporte en el que la psicología es un factor a tener muy en cuenta un golpe así te lleva solo en lo que queda del recorrido.

Una década desde el golpe, un tiempo en el que la psicología de Woods cambió radicalmente. Su historia personal, bastante turbia, le minó hasta ser medroso con el palo. Alguien que tuvo una relación con las armas del golf como muy pocos tuvieron antes, que estaba llamado a superar a Nicklaus en el trono del deporte, que había cambiado la percepciónn del deporte (él era el negro en un mundo de blancos) y que perdió su tacto por conflictos personales que luego, porque eso fue posterior, se encadenaron con los problemas físicos. Hoy, diez años después de hacer lo imposible, nadie le pone en ninguna quiniela, salvo que la apuesta sea “gran estrella que no pasará el corte”. Aunque el golf es uno de los deportes de más difícil predicción, es poco probable que sea Woods el que de la vuelta al mundo con una nueva chaqueta verde.

¿Quién es el favorito? Rory McIlroy es la opción más obvia. Hay cierto consenso en el mundo del golf de que ahora mismo nadie se compara al norirlandés. Es el heredero natural de Woods, por su desparpajo y su ingente talento. También la mercadotecnia del golf, un mundo que se mueve solo y por vías diferentes a la del resto de deportes, ha encontrado un gran filón con él. Es joven y ya ha ganado mucho, que no es poca cosa, pues en esta disciplina en la que la cabeza juega aprender a ganar es tan importante como aprender a coger el palo.

El resto, en buena lógica, quedan un poco por debajo. Dustin Johnson, por ejemplo, viene jugando bien. Es un jugador más maduro, y los golpes siempre estuvieron ahí. Pero le falta haber ganado en las grandes citas. Algo parecido le pasa a Sergio García, que siempre fue un gran jugador –mejor sin duda que la consideración que tiene el aficionado profano de él en España- pero nunca dio el paso hasta convertirse en un gran campeón.

En ese escalón, aunque le costó llegar a él, se encuentra Phil Mickelson. El zurdo es un enorme jugador de golf, pero no parece vivir sus mejores momentos. Esto tampoco quiere decir mucho, solo se necesitan cuatro buenos días para llevarse la chaqueta verde. Él es el mejor representante de la vieja guardia, como Jordan Spieth lo es de la nueva hornada. El golf es un deporte de maduración lenta, pero siempre hay talento que se impone antes de lo previsto. Y, junto a ellos, casi cualquier nombre vale. Watson, Walker, Oosthuizen, Day, Scott… el golf no acepta bien las previsiones.

La factura del espectáculo será, una vez más, única. El verde de los greens, las banderas, el ambiente elitista del club Augusta. Si falla el juego, lo que es difícil, siempre quedará al menos la estética. 


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