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El rocambolesco viaje de ida y vuelta de Tiago

Tiago se fue. Cuatro temporadas y media después, exactamente lo que lleva el Atlético de ciclo glorioso, el de los seis títulos y las ocho finales (nueve podría decirse, ya que el último partido de Liga en el Camp Nou bien puede sumarse a la condición de final), Tiago decidió irse y se fue. Pero ahora resulta que no, que se queda. Y según sus propias palabras, esta vez más calculadas que sentidas, nunca llegó a irse. Simplemente se lo estaba pensando. Así que vuelve. Y por primera vez en este periodo personal contractualmente surrealista, con cesiones que se consumaban en el último instante y renovaciones que se apuraban hasta el último día abierto del mercado, al fin cosido a un acuerdo cuya caducidad puede considerarse a largo plazo: dos temporadas. Hasta los 35 años del portugués.

Y aunque de verdad nunca se fuera del todo, su retorno (a los ojos de todo el mundo es lo que parece) es raro. Porque en el camino dejó la voluntad particular de cambiar la camiseta rojiblanca por otra. La azul del Chelsea además, la que gobierna su paisano José Mourinho y sobre la que influye poderosamente, también, su poderoso representante, Jorge Mendes. Y por si fuera poco con su propia sombra ideológica, la de Tiago, planeando sobre la fuga masiva de rojiblancos al club de Londres. Como si su dialéctica y su persuasión estuvieran detrás de la decisión de Filipe y Diego Costa de incorporarse al ejército azul. Y que ahora, como un extraño, confuso e imprevisto desenlace le ha cerrado las puertas del destino escogido, se ha visto obligado a tocar de nuevo la puerta del Calderón con el rabo entre las piernas. Y sí, una película con sabor a deserción y segundo plato que invita a mirarla con distancia, recelo y hasta desconsideración.

Pero es Tiago, palabra mayor en el nuevo catecismo del Atlético, que además se marchó (aunque nunca se fuera) con sobredosis de respeto y sin ofender. Es Tiago, el tipo de las lágrimas inolvidables, la imagen afectada que se quedó para siempre en la retina (junto a la de Ujfalusi) de aquella final inmortal en el Camp Nou, la de los 45 minutos de ceremonia de fidelidad extrema de una hinchada tras una derrota. El futbolista desencajado al escuchar a la afición gritar con el corazón por la garganta el "campeones, campeones" pese a haber perdido. El tipo que no había vivido nada igual en toda su carrera, tan plagada de clubes de relumbrón, y que tampoco lo volverá a vivir. El jugador que desde esa noche  de mayo de 2010 se tatuó en el alma de por vida el sentimiento atlético. Es Tiago, el hombre de Simeone, el carácter en el vestuario, las soluciones tácticas sobre el terreno de juego. Es Tiago, el del gol al Rosenborg y el partido de Champions frente al Barça en el Calderón. Hasta este turbio verano, siempre dio la sensación de portarse mejor con el Atlético que el Atlético (o sus gestores) con él.

A cualquier otro (o a la mayoría) se le hubiera puesto una cruz de desprecio por su misteriosa y malsonante marcha atrás. Pero es Tiago y se ha ganado a pulso por fútbol y gestos al Calderón. Aunque nunca se haya ido, y el trayecto veraniego sea de chiste, su vuelta es una excelente noticia para el Atlético. Y para él, que aunque un poco a deshora, dice lo que sabe: "El Atleti era la única forma de no equivocarme". 


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