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Sergio Ramos rompe otra copa

No ha sido el periodismo. Tampoco el hincha. La acusación la formula el propio compañero. La sospecha la pone encima de la mesa ni más ni menos que un capitán. Sergio Ramos no se cree a Diego Costa, posiblemente tampoco a Cesc. Duda de las lesiones que han dejado ocasionalmente fuera de la selección española a los futbolistas del Chelsea, a quienes hoy dirige Mourinho, que también fue su jefe. Habla alguien que sabe de lo que habla, una autoridad en la materia por pura cercanía. Y ensucia a todo el gremio, esparce la mancha de la mentira a la profesión entera: "De lo que decimos a lo que tenemos hay un mundo".

No ha sido un médico, profesional habituado a encogerse de hombros ante determinadas lesiones que no se detectan, que sólo se aprecian a partir del dolor. Y el dolor es un acto de fe, la versión intransferible del que lo padece. Una sensación que puede ser real o ficticia, soportable o no, pero que no hay forma de confirmarla con un examen externo. Y como no es una cuestión científica, se cree o no. Ésa es la libertad que el enigma concede a los de fuera. Y Sergio Ramos elige que no se lo cree. “Se puede decir que es pubis, otra cosa es que lo tengas o no”. Lo dijo en una entrevista para Radio Marca que quedó grabada. Muy valiente, pero al tiempo muy grave. O muy irresponsable.

Diego Costa, también Cesc, señalados por su propio compañero. Acusados velada pero frontalmente de falta de compromiso, de proca profesionalidad, de mentir. Una denuncia que afecta directamente también al seleccionador, cuya jerarquía queda en evidencia. Es el técnico quien tiene que velar por estas cosas, quien debe actuar ante ellas, a quien le toca asumir las represalias. Un lío mayor abierto de par en par desde dentro.

Diego Costa, también Cesc, no pueden permanecer callados. Su silencio sólo serviría para confirmar el pecado. Están obligados al combate con su delator. Su voz tampoco repararía del todo su reputación. La desconfianza ya va a estar siempre ahí, en el aire, en cualquier parte médico. Del Bosque también debería hablar. Y actuar. Pero la solución, si la encuentra, también sería más pequeña que la herida. Aunque el pirómano ahora se desdijera. Sergio Ramos esta vez ha roto más que una copa. Ha incendiado la selección con la confesión de un secreto. Y las brasas llegan a todo el fútbol. El jugador miente, el entrenador consiente. Ahí abajo hay una estafa.    


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