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El sábado más grande de la historia del rugby

Gales hizo los deberes, Irlanda subió el listón y Francia e Inglaterra libraron la más épica de las batallas que se recuerda entre ambos. Una orgía de rugby ofensivo que descosió las defensas rivales y aceleró los corazones de los aficionados hasta un final de infarto.

Imagen del Inglaterra-Francia.
Imagen del Inglaterra-Francia.

El sábado 21 de marzo de 2015 ya está en la historia del rugby. Como lo está aquella semifinal del Mundial 99 en la que Francia derrotó a la mejor selección que ha pisado un campo, la Nueva Zelanda de Lomu. Lo vivido en Twickenham superó lo deportivo, entró en lo épico y acabó formando parte de la mitología del rugby. 

La tarde había empezado con Gales sufriendo ante Italia. Los dragones estaban siendo humillados por los delanteros transalpinos, con Giraldini y Castrogiovanni on fire. Al descanso se llegó con 13-14. Italia duró hasta el minuto 50, en el que Liam Williams descosió la defensa local por el eje, una cornada mortal. A partir de ahí, un chaparrón en forma de ensayos que dejó el resultado final en 20-61. Gales lograba dejar el listón alto. Alto para Inglaterra y alto para Irlanda, que tenia en Escocia un adversario de armas tomar. 

De Roma a Edimburgo. Los irish comenzaron a todo tren. Un ensayo de O’Connell mostraba el camino. Otro de O’Brien lo apuntalaba. Y entonces Escocia recuperó la posesión y metieron el miedo en el cuerpo a los de la Isla Esmeralda. El descanso desencadenó una tormenta en el vestuario irlandés, que salió del vestuario enchufado. Las malas decisiones de los caledonios y una obsesión por transmitir la bola después de los contactos, regalándolo una y mil veces, condenó a los chicos de Cotter. Irlanda, disciplinada y solvente, atacaba con las bombas nacidas en los pies de Sexton y Murray, estirando la renta hasta el 10-40 final. 30 puntos que obligaban a Inglaterra a doblegar a los franceses por 26 puntos. 

De Edimburgo a Londres. 26 puntos parecían demasiados. Pero sólo lo parecieron durante minuto y medio, lo que tardó Inglaterra en pescar una pelota perdida y convertirla en el primer ensayo del partido. Lo que ocurrió después tiene más que ver con la ansiedad de los locales que con el talento innato de los visitantes. Francia encontró una vía de agua en la izquierda de su ataque sin segundas cortinas y por allí entraron Tillous-Borde y Nakaitaci hasta ensayar. 

Con Twickers hundido y un silencio sepulcral reinando en La Catedral, Inglaterra estaba groggy. Muhammad Ali deambulaba por el ring aquejado por los directos de Foreman. Pero se rehizo y comenzó a lanzar golpes de nuevo. Y así llegó el partido más vertiginoso y fértil de cuantos han enfrentado a Francia e Inglaterra en su centenaria hsitoria. Ben Youngs, Mermoz, Watson, Ben Youngs, Debaty, Nowell, Nowell, Kayser, Billy Vunipola… Así hasta llevar el partido, la jornada, el torneo al minuto 239. Tres partidos en uno. Tres duelos que concluían en un maul a cinco metros de la zona de ensayo francesa. A un lado Francia, digna, talentosa, acampanada, divertida. Junto a ellos, los irlandeses empujando desde Edimburgo. Desde el otro Inglaterra y todo el imperio clavando los riñones para posar un balón que nunca llegó a sus destino. Nadar oceános para morir en la orilla.

Sin embargo, el resultado final no importó. No hubo derrotados. 55-35. Sólo números que delatan una actitud, la mejor, la única posible en el rugby. Morir en cada balón, pelear hasta el último centímetro, no rendirse en ningún momento. Los abrazos emocionados de franceses e ingleses sólo dignificaban la mayor jornada de rugby y, por qué no decirlo, de deporte, que se ha vivido en mucho tiempo. Siete horas de rugby coronadas con un tercer tiempo en el que ninguna cerveza supo amarga. No ayer. Jornada épica. Jornada histórica. El mejor spot publicitario para el Mundial que Inglaterra festejará en seis meses.


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