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Barça-Real Madrid: mariscadas, #guerras, tarimas y conjuras

Los vestuarios de ambos equipos llegan al Clásico marcados por la calma tensa de los locales y los episodios extradeportivos que marcan el peor momento de la temporada para los madridistas.  

Neymar, en una imagen de su Instagram.
Neymar, en una imagen de su Instagram.

Real Madrid y Barcelona son vasos comunicantes. Cuando la paz reina en un club, en el otro suele haber zozobra. Y los vestuarios de ambos equipos son buen ejemplo. El Real Madrid aún trata de digerir el tsunami que supuso la famosa fiesta de cumpleaños de Cristiano, con el inefable Kevin Roldán, que rompió la estabilidad de un vestuario que había pasado de la racha victoriosa de 22 partidos a ser arrollados por el Atlético, horas antes de que Cristiano rompiese tarima. Esa derrota acabó con la paciencia de Florentino, que ha puesto la cruz a Ancelotti, por mucha 'performance' que montase en forma de rueda de prensa multitudinarias para abroncar a la prensa y ratificar a un entrenador al que fue incapaz de confirmar su permanencia el año que viene, pese a que tiene contrato.

Mientras toda esa convulsión sacudía al vestuario de Cristiano, Sergio Ramos convoca una cena-conjura encaminada a cerrar filas de cara al tramo final de Champions y Liga. Una cena que alargó la sobremesa hasta las cinco de la mañana, lo que provocó que se le pegaran las sábanas a Jesé al día siguiente y llegase tarde a la convocatoria. Posterioremente encadenaron tres tropiezos que volvieron a incendiar el vestuario. El Villarreal arrancó un empate del que Ancelotti salió mal parado, posteriormente el Athletic retrató a todo el equipo y finalmente el Schalke consumó el escarnio en Champions (3-4), del que salieron señalados Ancelotti, Bale, Casillas y el mismísimo Cristiano.

La mariscada de Ancelotti es el último capítulo de una crónica con más tintes rosas que deportivos. Un delicatessem al que Ancelotti llega sentenciado por la directiva, señalado por la grada y cuestionado por un vestuario que no entiende su obcecación con el 4-3-3. Cristiano aparece crispado por una espectacular involución goleadora que ha devuelto al Ronaldo gesticulante y egoísta capaz de afear los goles de Bale ante el Levante, mientras el galés es uno de los blancos recurrentes de los pitos de los aficionados. Pero si hay un jugador que es castigado sistemáticamente por el madridismo, ese es Iker Casillas. El capitán asumió su culpa en tres de los cuatro goles ante Schalke, aunque dos intervenciones suyas salvaron al equipo de ser eliminado en la prolongación.

Mientras, en Barcelona se respira una calma tensa. Messi y Luis Enrique siguen sin hablarse (y así será hasta el final de temporada). Pero se ha cerrado un pacto de no agresión entre el técnico(que ha claudicado en el pulso con Leo) y los jugadores, por el que navegan capeando el temporal los ayudantes del técnico. El hombre de contacto entre  el staff y la plantilla es Juan Carlos Unzúe.Lucho ha dejado de realizar declaraciones desafiantes en las ruedas de prensa y los jugadores ya conocen el once-base del asturiano. El técnico ha relajado el ambiente y los primeros beneficiados han sido los miembros del tridente: Messi muestra una inusitada actividad en Instagram, Luis Suárez ha presentado su autobiografía, y Neymar, sancionado oportunamente por acumulación de tarjetas, pudo viajar a Brasil a celebrar el cumpleaños de su hermana mientras el Barcelona goleaba al Rayo. 

En el campo Ter Stegen y Bravo alternan con cordialidad la portería mientras el equipo se despliega con alegría y desparpajo sobre el césped. Luis Enrique apuesta por abrir el campo, al contrario que hacía con Martino, le da la pelota a Messi y a partir de ahí funciona la autogestión. La relación con el técnico es nula, pero entrenador y jugadores han dejado claro que hay que aparcar las diferencias y pelear por el mismo objetivo: ganar títulos y ofrecer una buena imagen del grupo. Y en esas llega el Clásico, con Neymar llamando a filas al Barcelona en Instagram: "Preparado para la guerra". El vestuario respira calma, pero una calma ficticia que puede saltar por los aires si el Real Madrid sale vencedor del Clásico.  


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