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La Rosa no tiene nombre

Como la Roja en Brasil, la Rosa se consumió en Anoeta. Solo que justo en el día de su estreno oficial. Irreconocible el Madrid hasta en la indumentaria. Un comienzo arrollador y abusivo, pisoteando a golpe de fútbol verdadero a un adversario enfermo de autoestima, y una deserción en masa inmediatamente después de la que ya no fue capaz de regresar. Una derrota injustificable, impropia, también inexplicable. Un insulto al escudo, como describió al final Iker Casillas, que por cierto tampoco salió de la contienda muy bien parado. Los goles cada vez son más fáciles con el que un día fue mejor portero del mundo bajo los palos.

Hay argumentos que saltan a la vista que perseguirán al Madrid en sus peores días. Los que tienen que ver con los riesgos gratuitos y voluntarios, el capricho de desmontar lo que funcionaba por seguir dando de comer al monstruo de la mercadotecnia y el negocio. El Madrid estaba hecho, armado, pero los focos del Mundial lo invitaron a cambiar de ropa, a quitarse un vestido que ya sabía que le abrigaba. Por no resistirse a la tentación de hacerse con lo mejor que había en el mercado, el campeón de Europa dejó fuera del armario a piezas esenciales que funcionaban, como Di María y Xabi Alonso, a los que ayer, si se quiere de forma un tanto ventajista, se echó de menos. Montar un equipo, consolidar automatismos, cuesta.

Pero en el desastre ante la Real no cabe como excusa ni la descomposición voluntaria de un equipo que venía de levantar la Champions. Tampoco la ausencia de Cristiano, feliz ya con su corona individual bajo el brazo. No hay coartada. Porque la Rosa tenía el partido ganado a los diez minutos, tras dos obras de arte (el córner envenenado de Kroos y el túnel delicioso de Bale), y al rival de rodillas esperando una goleada de las que cuesta levantarse. Pero el fútbol, por más resuelto que parezca, hay que terminarlo en el minuto 90 no antes. El Madrid escogió dar el asunto por concluido a la media hora y echarse a dormir. Y ya no supo despertarse. A su entrenador le faltó también energía, ideas y soluciones para conseguirlo.

Fue entonces, después del castigo a su pereza, cuando más se echó en falta la idiosincrasia de la camiseta blanca. También el fútbol, pero sobre todo el no rendirse hasta el último minuto, el creer siempre que nada está perdido, la sobredosis de dignidad cuando el juego escasea. Pero no había esos genes, ni heredados, en muchos de los futbolistas que ayer calzaban la rosa. Son buenos y talentosos, eso no se discute, pero la escena les superó, les pasó por encima. La Real, un equipo despreciado por su propia gente, que estaba cadáver, resucitó y se reconcilió. La Rosa, el nuevo equipo que trata de formar el Madrid, comprobó, y por su bien aprendió, que los partidos no se conquistan con la camiseta. Ni siquiera los que parecen ganados del todo a los diez minutos.

La Rosa empieza mal. Lo que hizo no tiene nombre.


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