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Licencia para matar (II)

El rally mata. Como el tabaco. Y a los consumidores habituales verlo así escrito de repente en la cajetilla les ha sobrecogido. Como las campañas de tráfico. Un titular directo a la conciencia y un crudo relato de los hechos, la reproducción literal de un artículo publicado bajo la misma firma pero en distinta morada hace 21 meses (porque los accesorios no cambian, ni la denuncia, y tampoco los cómplices que no quieren mirar; sólo varía la carretera y el nombre de los fallecidos), ha remordido de tal manera los bajos fondos que los que se han visto retratados frente al espejo, salvo excepciones, no han encontrado otra escapatoria que el victimismo acomplejado o el matonismo ultra más radical. Un intento desesperado porque el volumen de sus propios gritos les evite el sonrojo de escuchar la verdad. No les importa convivir con la tragedia ni les ofenden los cadáveres, lo que no soportan es que se cuente lo que pasa. Y mucho menos desde el exterior. Como si para sumar ataúdes fuera necesario estudiar en Harvard.

No hace falta protagonizar en persona una cacería de elefantes para saber que es el animal (el paquidermo, se entiende) el que lleva las de perder y que disfrutar alegremente de una licencia de armas es un riesgo en sí mismo. Pero los entendidos creen que no. Que ver un crimen a dos metros les convierte en autoridad para consentir y callar. Como los que presumen de llevar cubriendo rallys 30 años y no han visto o no han querido mirar, y los recién llegados que necesitan gastar el tiempo y el dinero que ahora, una vez dejaron de jugar con el móvil, les sobra. Ni uno ni otro actor del negocio habían lamentado el suceso mortal de Cantabria, o no les había interesado, o ni se habían enterado, hasta que se vieron forzados al postureo tras darse de bruces con el artículo (no el accidente, manda narices) que ha removido del asiento a los aficionados, los respetables y los que no.

El rally mata. Bien es verdad que porque quiere, porque el riesgo es intrínseco y no pone los medios para combatirlo. Ni los organizadores, ni los espectadores, ni las autoridades (¿alguien ha visto en este viaje a Cardenal?). No consuela el ya te lo dije, pero ya te lo dije. Desde que comencé en el oficio (casi a la vez que empezó a seguir rallys el colega bloguero que confiesa ocultar informaciones para no perjudicar el deporte que dice querer) llevo en esta denuncia. En el extinto diario Público, no hace tanto, ya dejamos una constante radiografía a pie de calzada de la inseguridad consentida que rodeaba en España el masivo mundo de los rallys. Cuando el editor se cansó del juguete, la vigilancia periodística se acabó (éramos los únicos, como ahora) y las partes respiraron, ya pudieron de nuevo desentenderse. Carroña lo llaman los que prefieren esconder la cruda realidad bajo la alfombra, cruzarse de brazos y acogerse al cínico y vacío “y el fútbol qué” (como si eso resultara una liberación en el funeral) para seguir gozando o cobrando.

Por más que duela, es así, licencia para matar. Y ni antes incorporé ni ahora incorporo la palabra piloto a la metáfora. Licencia para morir. Ojalá que por última vez. Defender los rallys está bien hasta como hashtag (aunque no es con venda en los ojos y veneno en la boca la manera más efectiva). Pero mejor defender la vida. Con eso es con lo que no se debería negociar. Nunca.


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