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Pepe y las pobres madres

Pepe clava los tacos en la rodilla de Duda (2).
Pepe clava los tacos en la rodilla de Duda (2).

Otra vez Pepe con los tacos por delante. Provocando dolor en el rival, dejando su particular autógrafo en la rodilla de un contrario. El árbitro no pita ni falta y el agredido, Duda, se lleva como añadido una tarjeta por sus protestas. Tiene que ser atendido en la banda. El fútbol se cuenta así un día tras otro desde hace mucho años. La novedad es que esta vez la acción criminal se produce apenas unas horas después de que el mero hecho de conceder una entrevista personal en Onda Cero le abriera las puertas al central madridista de ser proyectado con una imagen casi santoral: la de un futbolista perseguido por una inmerecida fama de violento y una animadversión injusta de las aficiones rivales. Pepe es pura bonhomía, rezaba el mensaje.

“No es fácil para una madre escuchar a un estadio llamándote así”, declaraba Pepe como lamento mayor en ese intento de lavado de imagen disfrazado de interrogatorio. Como si lo peor fueran las reacciones que provoca su fútbol y no su propio comportamiento. Como si a su madre no le doliera ver a su hijo empleándose así, sino escuchar que los demás se lo recriminan. Como si las madres de los golpeados no sintieran. En realidad no vendría mal que Pepe se pusiera en la piel de las madres, de la suya y la de los demás, antes de actuar como actúa.

“Intento no hacer faltas, jugar lo más limpio posible, pero en mi posición es casi imposible no cometer faltas. Intento ser lo más justo posible”, insistía el jugador al calor de las caricias de quienes le preguntaban. Pero el trabajado camuflaje duró lo que el futbolista tardó en pisar de nuevo el césped. El tiempo que le llevó a Duda encararle con la pelota controlada y al propio Pepe levantar como un resorte el pie en plancha a la altura de la rodilla enemiga. Una nueva fea y sucia acción que se queda, que las palabras impostadas no lograrán borrar de la retina. Por más que lo intentara personalmente la mujer del propio herido (el síndrome de Estocolmo, lo llaman), el defensor portugués volvió a quedar retratado por sus maneras reprobables. Pepe no es ese santo que se intentó vender el jueves. Es el violento de siempre. Sólo que además, cínico.


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