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El Brasil de Mourinho

La suma de Brasil y fútbol es un sinónimo de fiesta. O era. Ya no. Ahora es casi su antónimo. Es batalla, mal humor, bronca. Ni el juego de la selección es el alegre de otros tiempos (hay más músculo que vistosidad, más marcajes que regates, más miedo que osadía) ni las intervenciones de su técnico cascarrabias, muy en Mourinho, invitan a la samba. Hay guerra civil en la concentración de la canarinha, con Scolari organizando reuniones selectivas con los periodistas afines y mandando al infierno a los excluidos que se lo echan en cara. Se mastica la tensión. Y hasta las lágrimas de Thiago Silva tras la victoria frente a Chile han dividido. Un capitán no llora, sino que lidera, reza el reclamo. No parece Brasil, no.

Pero ése es el escenario que ha escogido el anfitrión para jugarse los cuartos con Colombia, que representa todo lo contrario. El país que llegó hacer pagar con la muerte un gol en propia meta o un arbitraje perjudicial hoy es de los que hay dentro del campeonato el que más parece respetar los valores originales, jugar para disfrutar. La obra de Pekerman, un paladín del buen gusto. Queda por comprobar si el juego por bandera y la ilusión como motor les basta para vencer los nervios del aspirante. Hasta ahora a todos se les ha encogido el pie en el momento de la verdad.

El fútbol y su diversidad. La bronca o el entusiasmo, dos maneras de enfocar el reto de pasar a semifinales. Eso sí, con los papeles invertidos.


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