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La foto de la vergüenza

Luis Suárez tiró todos sus goles por el suelo. Y también la victoria heroica de su selección, otra vez rumbo a Maracaná gracias a un gol impetuoso de Diego Godín (como en el Camp Nou con la rojiblanca puesta o en la final de la Champions, da igual con la cabeza que con el hombro porque es con el escudo con lo que remata), fútbol lo justo y una manera prodigiosa y típicamente uruguaya de competir. Luis Suárez volvió a ensuciar su talento y a distorsionar sus alrededores. No tiene remedio. Es un impresentable patológico, un agresor reincidente, un tipo que muerde a sus rivales. No lo vio el árbitro, no se dio cuenta de que le clavó la dentadura en el hombre a Chiellini, pero sí lo descubrieron las cámaras de televisión. La FIFA intervendrá de oficio y apartará al delantero uruguayo de un campeonato del que ya no es digno.

Son muchas veces ya, demasiadas, como para no considerarlo una patología. Luis Suárez muerde. Mordió a Bakkal cuando estaba en el Ajax, mordió a Ivanovic jugando con el Liverpool, mordió a Chiellini vistiendo la celeste de su selcción. En el fútbol no cabe un tío que muerde, una agresión tan reprobable como cualquier otra, pero especialmente fea e injustificada en asuntos del balón. No es la consecuencia de un acto reflejo o un exceso en la división de una pelota. Un asco. Un comportamiento que manchó todavía más fingiendo al instante que él había sido el agredido. Una suerte de trampa de la que difícilmente se puede salir con la reputación intacta por más que su seleccionador, Tabárez, en un cínico ejercicio de absurda defensa, diga que "esto es un Mundial de fútbol y no de moralidad barata".

Luis Suárez será castigado, pero no son los partidos que se quede sin jugar el mayor de sus perjuicios. Es su imagen la que definitivamente ha quedado sepultada. Por más goles que meta un tío que muerde no es presentable. Por más que llore en el siguiente gol que le toque marcar, cuando pueda volver a vestirse de corto, ya no la remonta. Luis Suárez es en Brasil 2014 la fotografía de la vergüenza. Su retrato ya queda para siempre como el tío que muerde a sus rivales.


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